8 de agosto 2013 - 00:00

Tensa calma en el campamento que sostiene aún la fe en Mursi

Miles de simpatizantes islamistas mantienen un acampe en El Cairo como protesta por la destitución de Mohamed Mursi. El Gobierno de facto los conminó a abandonar el lugar.
Miles de simpatizantes islamistas mantienen un acampe en El Cairo como protesta por la destitución de Mohamed Mursi. El Gobierno de facto los conminó a abandonar el lugar.
El Cairo - Si uno quiere llegar al campamento de protesta de la Hermandad Musulmana en las proximidades de la mezquita Raba al Adaviya de El Cairo, debe sortear al menos cuatro "líneas de defensa". Están armadas con ladrillos apuntalados con bolsas de arena, y sus "custodios" llevan cascos de motocicleta y palos de bambú colgándoles de la cintura.

Miles de personas acampan desde hace un mes en este predio del suburbio Nasr City. El olor es fuerte, ya que los organizadores no parecen haber logrado brindar las condiciones sanitarias adecuadas a tantas personas, además de no contar con un servicio de recolección de residuos.

En cambio, sí brindan un buen servicio de comidas. En una de las cocinas provisorias están preparando sopa de tomate, mientras que de otra olla humean unas sabrosas presas de cordero que esperan a ser repartidas. "Aquí preparamos comida para 5.000 personas", cuenta orgulloso el cocinero.

El nuevo Gobierno egipcio quiere levantar cuanto antes los campamentos de protesta organizados por los seguidores del expresidente Mohamed Mursi, derrocado a principios de julio.

El predio, una mezcla de campamento de refugiados y recital al aire libre, es un estorbo para los residentes del lugar, pero al mismo tiempo evoca constantemente la resistencia que ofrece una minoría del país al golpe de Estado del 3 de julio, más allá de que quienes saludaron la irrupción del Ejército en el Gobierno nacional representen una mayoría.

El levantamiento por la fuerza del campamento pende como una amenaza sobre las carpas, en particular desde que el Gobierno de transición dio luz verde al Ministerio del Interior para actuar.

Algunos analistas temen que todo derive en un derramamiento de sangre si la Policía, que de por sí no tiene la mejor de las reputaciones, sale a actuar con violencia contra los acampantes islamistas. De hecho, las "líneas de defensa" de ladrillos no suponen un verdadero obstáculo para los eventuales tanques.

No obstante, no parece haber ninguna preocupación entre los habitantes del campamento.

"Nos quedaremos acá hasta el último instante", dice un librero jubilado de 62 años, Mohamed Megali. "Somos pacíficos, no estamos armados y no ofreceremos resistencia", asegura. Al preguntársele si, en caso de que hubiese una intervención de las fuerzas de seguridad, no estaría poniendo en riesgo su vida, responde que lo haría "por Egipto y por la democracia".

Aisha Abdelrahman Abdul Amin, un ama de casa de Alejandría, se encuentra junto con su familia, es decir, su esposo, una hija mayor de edad y su hijo Amed, de 12 años. Cuando hace unas semanas las fuerzas de seguridad mataron a más de 80 manifestantes no lejos del campamento, "vimos los cuerpos y los heridos que trajeron aquí, cuenta.

"Sabemos que en cualquier momento pueden pasarnos rozando balas", añade, y dice que le hubiese gustado enviar a casa a su hijo menor, pero que éste se negó a partir.

El campamento se expande en plena Nasr City, un suburbio mayormente habitado por ciudadanos de clase media y familias de oficiales. La mayoría de los residentes se queja del corte de las vías de circulación y del ruido, además de decir que a veces los acampantes buscan refugiarse en la sombra de los jardines delanteros de las casas cercanas al lugar.

"Se lo hemos impedido", dice el farmacéutico Mamduh al Gebi, que vive a unos 200 metros del campamento. "Sin violencia, simplemente en una pelea de tono subido. Todos los habitantes de la casa salieron, y eso surtió efecto", relata. Al Gebi dice no ver otra alternativa al levantamiento forzoso del campamento, "organizado por mentirosos que abusan del islam". La vida, asegura, debe continuar. "La gente debe poder ir a trabajar, si no, se nos vendrá abajo la economía".

Agencia DPA

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