Aunque la cámara en mano puede llegar a marear al espectador,
su elección es coherente con lo que cuenta «El
hijo»: una anécdota pequeña, pero muy fuerte a nivel
moral y hasta visceral.
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Pero en ambos casos la elección de la cámara ha sido coherente con lo que se quería transmitir: un estado de resaca espiritual en un caso, una sensación de inestabilidad emocional en el otro.Y no es para menos. El personaje con quien nos identificamos, jefe de carpintería de un centro de rehabilitación juvenil, se siente alterado ante la presencia de un nuevo aprendiz, llegado del correccional de menores. Se ve que lo conoce. Pero no sabemos de dónde, ni por qué primero lo rechaza y luego pide tenerlo bajo su control, por qué lo espía, al punto de meterse en su casa y revolver sus cosas, y cuanto más lo espía más nervioso se pone. Peor quedamos al saber la causa del problema, y mirarle la cara al pibe, que no parece precisamente trigo limpio, y, haciéndose el dormido, ya empieza a sobrarlo a su jefe.
La anécdota que surge de ahí es pequeña, pero muy fuerte, a nivel moral y hasta visceral. No corresponde entrar en detalles, pero nos perturba hasta las tripas. Ahora bien, ¿se hubiera conseguido lo mismo con una puesta más convencional? ¿o incluso se hubiera podido decir más cosas? Según sea la respuesta, los hermanos
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