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7 de febrero 2008 - 00:00

Expiación: insensatez sin mucho sentimiento

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Keira Knightley (Cecilia) y James McAvoy (Robbie), la trágica pareja en «Expiación, deseo y pecado» de Joe Wright.
«Expiación, deseo y pecado» (Atonement, Gran Bretaña-Francia,-2007, habl. en inglés.). Dir.: J. Wright. Int.: K. Knightley, J. McAvoy, S. Ronan, V. Redgrave, R. Garai y otros.

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"Expiación, deseo y pecado" es una de esas películas que se ven con menos orgullo que prejuicio. Se trata de una nueva reunión entre el director Joe Wright (cuyo ideal del yo es James Ivory, pero aún le falta mucho) y la apabullante belleza de Keira Knightley. Sin embargo, esta vez no los convoca el refinado y brumoso mundo decimonónico de Jane Austen, como en «Orgullo y prejuicio», sino la contemporaneidad de una novela de Ian McEwan, ambientada en los albores de la Segunda Guerra Mundial, y a la que el guionista Christopher Hampton le aplica, reglas del mercado, una fuerte «austenización». El resultado, en consecuencia, se asemeja a esas obras de arte falsamente antiguas, de lustre y elegancia pero escasa emoción.

Por empezar, ésta es (como su original lo indica, «Atonement») una historia de expiación. El deseo de llevar más espectadores a la salas suele imponer el pecado de estropear títulos sin pruritos. Esa expiación articula la vida de la precoz escritora Briony Tallis (interpretada, a lo largo de su vida, por las actrices Saoirse Ronan, Romola Garai y Vanessa Redgrave), quien a sus 13 años, una desdichada tarde, desde la ventana de su habitación en la residencia familiar campestre, vio lo que no debía ver, y quedó enfermizamente obsesionada: la seducción de su hermana mayor Cecilia (Keira Knightley) por parte de Robbie, el apolíneo hijo de la casera (James McAvoy).

Para la imaginación de Briony, en pleno despertar sexual, esa escena es demasiado intensa. Tanto, que cuando poco tiempo después se produce un grave incidente en los alrededores de la mansión, cuyos detalles no sería justo develar, la policía requiere su testimonio y ella no duda en acusar a Robbie, quien va a la cárcel y años después al frente inglés cuando se desata la guerra.

Hasta allí, el motor del conflicto que tendrá lúcidas derivaciones literarias (el final, en la voz y la imagen de Vanessa Redgrave, es tal vez lo mejor del film), aunque su puesta en escena adolece de una cierta asepsia en la que se advierten, inclusive, influencias de la estética de «El paciente inglés», quizá forjadas por ciertos escenarios y personajes similares: hospitales de campaña, enfermeras compasivas (la propia Briony es una de ellas, quien tiene a su cargo el consuelo de un paciente francés).

Más allá de las objeciones anteriores, hay algo que realmente no funciona en esta película: la mentada «química» entre los protagonistas de la clandestina historia de amor, Cecilia y Robbie, es virtualmente inexistente. Si entre los amantes no hay sensatez, mucho menos hay sentimientos: cada uno de sus encuentros parece más un compromiso con la línea argumental del libro que el fruto de un verdadero fuego que ponga en riesgo sus vidas y que despierte los enfermizos celos de Briony, quien termina siendo, en especial durante la temeraria escena en que pone a prueba a Robbie hundiéndose en una fuente, el único personaje con un poco de pasión en medio de tantas figuras de museo de cera.

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