En «A las 5 de la tarde» conviven la ironía, la ingenuidad, la fuerza de voluntad, la desgracia
y el patetismo de la vida cotidiana de una familia como tantas otras después de cualquier
guerra.
«A las cinco de la tarde» (Panj é asr, Irán-Francia, 2003, habl. en dari). Guión y dir.: S. Makhmalbaf. Int.: A. Rezaie, A. Yousefrazi, M. Amiri, R. Mohebi, G. Gardel, B. Asef.
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Quién sabe qué resonancia exacta tiene entre los persas el poema que García Lorca escribió en memoria de Ignacio Sánchez Mejías. En esta película iraní ambientada en la Kabul de posguerra, un poeta afgano le recita unas líneas a su amiga, y se las da, para que ella practique elocución y se anime a hablar en público. Pero hay algo de trasfondo en la elección de esos versos, que calzan de forma dolorosa en gente tan lejana. Versos que dicen, por ejemplo, «Lo demás era muerte y sólo muerte/ a las cinco de la tarde./ El viento se llevó los algodones /a las cinco de la tarde./ Y el óxido sembró cristal y níquel/ a las cinco de la tarde». Y mejor no seguir, porque luego está lo de «Buscaba el amanecer,/ y el amanecer no era». Y más adelante, «La piedra es una frente donde los sueños gimen», justo ahí, donde es todo piedra y restos pétreos de palacios que fueron, y donde alrededor yacen tantos olvidados de la historia, «como todos los muertos de la Tierra,/ como todos los muertos que se olvidan/ en un montón de perros apagados.»
La joven parece demasiado grande para ir a la escuela, pero recién está yendo, y lo hace a escondidas del padre. Y demasiado grande, también, para ser tan ilusa, pero ella quisiera ser presidenta. Primero, presidenta escolar. Después, quién sabe. El amigo la alienta, y se empeña con un fotógrafo de plaza, de esos que acá ya no existen. El perdió sus hermanos, cada uno víctima de una facción distinta. Ella espera al suyo, junto a su cuñada, que tiene un bebito malnutrido, y su padre, un viejo para quien «ahora toda la ciudad es blasfema, como si Dios se hubiera vuelto profano».
Los chicos del barrio no lo dejan hacer tranquilo sus oraciones, pegan fotos de actrices hindúes, juegan al subibaja con el ala de un avión caído, viven, y ríen, en medio de la muerte, la escasez de agua y de alimentos, la sobreabundancia de noticias fúnebres. Y su propia hija, cuando está sola, se prueba unos zapatos blancos y escucha el sonido de los tacos sobre el polvillo del Parlamento abandonado.
La ironía, la ingenuidad, la fuerza de voluntad, la desgracia, y el patetismo conviven por partes iguales en esta pintura de la vida cotidiana de una familia como tantas otras después de cualquier guerra. Samira Makmalbaf, la misma de «La manzana», muestra todo esto, y cosas peores, de un modo a veces recitado, a veces sólo bosquejado, pero impactante. Se siente la sed, el calor, la desazón, la inestabilidad, la diferencia enorme entre una mula flaca y una flotilla de helicópteros que la sobrevuela. «¡Y el toro solo corazón arriba!».
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