Barcelona (La Vanguardia) - (28/02/2001) El director de cine Luis Buñuel tenía bastante adelantado el plan de filmar, en los primeros años 40, durante su exilio americano, un film pornográfico en Nueva York. «Pero su acendrado puritanismo, que durante toda su vida pugnó con su alma de erotómano, y el miedo a las duras represalias que le deparaba la severa legislación norteamericana, dieron al traste con el proyecto.»
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Así lo explicó el profesor barcelonés Román Gubern en el congreso que se acaba de celebrar en Zaragoza como cierre a los actos realizados durante el pasado año con motivo del centenario del famoso cineasta de Calanda autor de «El angel exterminador», «Ese oscuro objeto del deseo» y «El discreto encanto de la burguesía».
Entre 1941 y 1943, años en los que Buñuel trabajó en el MOMA de Nueva York tras una infructuosa permanencia en Hollywood, el director aragonés le planteó a los artísta plásticos franceses Marcel Duchamp y Fernand Léger, que también estaban por eses tiempo viviendo en Nueva York, el rodaje de un filme pornográfico en la azotea de un edificio de la Gran Manzana. «Pero el riesgo nos pareció muy elevado: diez años de prisión», ya habia confesado el autor de «Viridiana» en su autobiografía «Mi último suspiro».
El historiador español del cine Román Gubern considera que ese deseo no culminado de transgresión erótica iba a perseguir y condicionar a Buñuel, intermitentemente, hasta el fin, en su vida personal y su trayectoria cinematográfica.
Esta frustración, que Buñuel ya había detectado en sus sueños eróticos, puede apreciarse, según Gubern, como una constante recurrente en el arco creativo que va desde «Un perro andaluz» hasta «Ese oscuro objeto del deseo».
«El proyecto de película pornográfica estaba ya prefigurado en el esbozo de «La edad de oro» («L'âge d'or»), dado que en la fase de sus preparativos Salvador Dalí le escribió: «He visto una manera de realizar tu tan soñado tornó, en perfecta coherencia freudiana, durante el exilio neoyorquino de Buñuel. El genial cineasta español supo convertir en otras más poéticas y acaso más profundas que fueron más allá de las elementales provocaciones reclamadas por Avida Dollars, nombre que daba André Bretón y sus compañeros en el surrealismo a Salvador Dali, intercambiando las con las letras de su nombre, por su impúdica forma de comerciar con su arte, sobre todo en los Estados Unidos.»