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5 de octubre 2007 - 00:00

"Inocencia salvaje"

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La trama de «Inocencia salvaje» es llamativa y ofrece varias aristas de interés, pero el público común no apreciará el estilo distante y monocorde del mesías cinéfilo Philippe Garrel.
«Inocencia salvaje» (Sauvage innocence). Guión y dir.: P. Garrel. Int.: M.B. Kacem, J. Faure, M. Subor, J. Huguet, Z. Varkonyi, M. Garrel, H. Maillard, F. Bergé, M. Genet.

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Las paradojas que presenta esta historia son realmente dramáticas. Un joven director de cine quiere rodar algo contra las drogas, en recuerdo de su novia muerta de sobredosis. Encuentra una aspirante a actriz, de belleza similar a la anterior. Pero su productor, para encontrar dinero, obliga al joven a hacerse camello. Mientras, la mujer del productor, para que la chica se sienta bien, la induce a drogarse. En síntesis, el productor introduce al joven en el cinismo moral, y la mujer introduce a la chica en la experiencia sensorial de otra clase de cinismo. Nada bueno puede salir de ese rodaje.

Cabe entenderse en estos hechos una reflexión acerca de las obsesiones que llevan a cualquier persona a vivir contradictoriamente, autodestruirse, y, peor aún, dejar que otra, a la que debía haberle dado más atención, se autodestruya. El joven debe advertir lo que está pasando, antes de que sea demasiado tarde. Pero hay un detalle, sugerido en la escena donde la joven empieza a leer «Oblomov», sabrosa descripción de un débil que se deja llevar por los demás. Y es que, si se piensa, ambos son como Oblomov.

El asunto resulta llamativo, y ofrece varias aristas de interés, incluyendo alusiones al negocio del cine e intentos de exorcisación del pasado, más o menos como ocurría en «Tres mujeres para un final», de Francois Leterrier, aquel que fuera asistente de Robert Bresson en los '50. Pero «Inocencia salvaje» resulta lo menos llamativo posible para el público común, ya que su autor Philippe Garrel decide, tanto para la película como para los actores, un estilo distante, monocorde, casi diríamos aséptico, y mecánico. A la media hora surge la propuesta de traficar drogas. A la hora se concreta su aceptación, sin que haya mayores dudas, miedos, o remordimientos entre medio. A la hora y media pasa otra cosa. Casi a las dos horas viene el desenlace, amplio y doloroso. Y en medio del desenlace, sin remate alguno, se termina la película.

Curiosamente, todo eso fascina a cierto sector de público universitario, adicto a los mandatos de «Cahiers du Cinema», que veneran a Garrel como al nuevo mesías, enviado por el cielo de la Nouvelle Vague, y en sus exégesis le atribuyen poco menos que el descubrimiento de la pólvora. Es cierto, tiene sus méritos, pero no son tantos. Se admira, eso sí, la excelente fotografía en blanco y negro del venerable Jean-Luc Coutard, hombre de gran importancia en los primeros films de Godard.

P.S.

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