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22 de mayo 2008 - 00:00

"La desconocida": heroína a la antigua en un policial moderno

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Kseniya Rappoport, la desconocida de GiuseppeTornatore. El film es atrapante, más allá de algunos huecos de guión.
«La desconocida» («La sconosciuta», Italia, 2006; habl. en italiano). Dir.: G. Tornatore. Int.: K. Rappoport, M. Placido, C. Gerini, M. Buy, P. Favino.

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A Giuseppe Tornatore lo encumbró la nostalgia y lo hundió la voluptuosidad. Después de su súbita fama mundial con «Cinema Paradiso», a fines de los '80, su obra fue siguiendo un rumbo un tanto errático hasta que, ocho años atrás, se dejó encandilar por las caderas de Monica Bellucci cuando rodó con ella «Malena», y hasta se olvidó de prestarle un poco más de atención a la historia. Debilidad humana, fracaso artístico, cuarteles de invierno.

En realidad, por más diferentes que parezcan sus películas, no cuesta reconocer en ellas un elemento común: una memoria falsa y adquirida como motor de relatos que suelen derivar, con mayor o menor intensidad, en apelaciones directas a la emoción del espectador (otro caso fue «Stanno tutti bene», en la que transformaba a Marcello Mastroianni en una especie de Luis Sandrini italiano).

En su retorno actual, Tornatore se decidió a afrontar varios temas arduos y contemporáneos: la inmigración clandestina, las redes de explotación prostibularia, la disfuncionalidad familiar, las adopciones irregulares y -entre varios otros- las fobias infantiles. El tratamiento que hace de ellos, aunque fuerte, luce realista; en cambio, que casi todos los males recaigan sobre las espaldas de la protagonista, la ucraniana Irina ( Kseniya Rappoport) resulta un tanto excesivo.

De alguna forma Tornatore, aunque intente lo contrario, no puede escaparle a la marca que diferencia a su obra: una irrenunciable pátina de antigüedad. En «La desconocida», ese tono está dado por la torturada caracterización de Irina, que la inscribe -aunque sin aquellos antiguos gestos ampulosos- en una línea de heroínas sufrientes del estilo Lilian Gish o Libertad Lamarque. A través de un relato de inspiración policial, recorrido por múltiples flashbacks, la historia da cuenta de la desesperada búsqueda de empleo como doméstica que intenta Irina en la ciudad de Trieste (llamada Valarchi en el film). Sin embargo, no en cualquier lugar sino en un departamento en particular, cuyas ventanas espía desde el suyo propio, que intencionalmente acaba de alquilar frente al otro. Allí vive un matrimonio maduro, poco comunicado, y padres de una niña con problemas de autodefensa.

A la intriga de saber por qué Irina está obsesionada con acceder a esa familia, para lo cual recurrirá a cualquier método, se suma el de terminar de conocer su pasado atroz: en esos flash backs, se la ve víctima de un violento explotador sexual llamado Muffa (Michele Placido), y tan pronto como se van intuyendo las razones que tiene para entrar en contacto con la niña, Tea, también se sospecha que el tipo de prostitución que ejercía no era el de los más tradicionales.

«La desconocida» tiene una virtud innegable, que es la de ir desplegando una trama cargada de enigmas y misterios que se van abriendo y develando en los momentos justos. Es un film que retiene la atención del espectador, y eso es bueno. Sin embargo, el complicado (aunque no confuso) andamiaje argumental reconoce más de un cabo suelto o alguna inverosimilitud. Por caso, la búsqueda que hace Irina de un documento que no tendría razón de ser si fuera cierta su sospecha, o la increíble «resurección» de un personaje, inmune a varios tijeretazos certeros en el abdomen. Y con tijeras larguísimas.

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