El director Pang Ho-Cheung fotografía a su actriz de «Exodus
», Irene Wan, en el Festival de San Sebastián.
San Sebastián - El policía medio inútil toma declaración a un hombre detenido con una videocámara en el baño de damas. El acusado se defiende, dice que está reuniendo pruebas sobre una conspiración de mujeres para matar a los hombres. Se trata, dice, de una organización que ya lleva generaciones. El policía no le cree, pero cuando el otro desaparece, junto con su declaración, las cosas se ponen interesantes. ¿Podrá ser la esposa del policía una conspiradora? ¿Qué pasa si ella le descubre alguna infidelidad? ¿Por qué las mujeres van de a dos al baño, y tardan tanto? Porque es allí donde conspiran.
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Así empieza la comedia vista ayer en competencia, «Exodus», del hongkonés Pang Ho-Cheung, en cuya anterior «I Shoot» (estrenada en Buenos Aires) las mujeres contrataban killers para sacarse del medio a los competidores comerciales y a los maridos de carne débil. Ahora directamente evitan la tercerización.
«Exodus» es aun mejor que la otra, y logra dejar perpleja a más de una espectadora. Una le preguntó al director «¿Nos está alentando a matar a los hombres traidores?», como esperando una pronta autorización. El chino contestó que eso ya lo habían hecho en un pueblo de Austria, en 1919. Cuando los hombres volvieron de la I Guerra Mundial, las mujeres consideraron que ya no los necesitaban, e hicieron un planificado control demográfico de maridos. «Yo, por las dudas, todavía no le mostré esta película a mi mujer», concluyó Pang Ho-Cheung.
La otra vista ayer en competencia,«Siete mesas de billar francés», de Gracia Querejeta, no plantea una guerra de sexos, pero también describe mujeres decididas a prescindir de los hombres, excepto, en este caso, como clientes del billar, principal legado que heredan la hija (Maribel Verdú) y la última mujer (Blanca Portillo) de un fulano que muere al comenzar la película.
Previsible, agradable, con sus dosis adecuadas de sonrisas y melancolías, será un gusto verla dentro de unos meses por el canal de televisión española.
Respecto a ese asuntito del sexo, ya pasaron en paralelas, bien aplaudidas, «Les fourmis rouges», del belga Stéphan Carpiaux, con un relato donde se bordea el incesto (con Déborah Francois, que aun tiene la carita adolescente con que vino a Pinamar hace dos años); «Ploy», de Pen-ek Ratanaruang, drama psicológico alrededor de un menage-a-trois entre tailandeses, y el apabullante «4 meses, 3 semanas y dos días», de Cristian Mungiu (ganadora de la Palma de Oro en el último Cannes en mayo, y de inminente estreno en Buenos Aires), sobre una chica que va a hacerse un aborto en una pequeña ciudad rumana, cuando esto todavía era ilegal.
«Cuando cayó Ceacescu, entre otras libertades se incorporó el aborto legal, y las mujeres lo practicaron como si fuera la píldora del día después, con una inconsciencia atroz», comentó Mungiu en una de las presentaciones de su película.
Fuera de las salas de cine, hay más vida. Muy particular fue el cóctel organizado por el Incaa, con la presencia de artistas y productores argentinos, empresarios españoles de servicios de producción y de una distribuidora, directores de una docena de festivales, entre ellos Cannes y Berlín, y camareras vascas de delantal a rayas blanquicelestes, sirviendo vino y cerveza de la Argentina, y sandwichitos de miga (que aquí no se consiguen) pero con relleno abundante y variado al gusto español, así como unos curiosos bocaditos rellenos de caracú, en vez de las albondiguitas de bacalao que hay acá en todos los demás cocteles de otros organismos. De postre, mousse de dulce de leche con champán.
Un gesto republicano: también fueron invitadas todas las chicas que trabajan en el festival, cosa que agradecieron con admiración, porque, curiosamente, Donostia nunca extiende a su personal las invitaciones a los cocteles que el mismo hace. En eso Mar del Plata es más campechano.
Ayer, la organización católica Signis celebró sus 50 años en San Sebastián, y otorgó a Volker Schlöndorff un premio especial por su emocionante drama «El noveno día», sobre un cura en un campo de concentración. En aparte con un vaso de vino, un viejo fraile recordaba una anécdota de los tiempos del generalísimo Franco. «En otra época la Iglesia quería hacer caer el festival donostiarra, e imponer el Festival de Cine de Valores Religiosos de Valladolid, pero la Ocic (antecesora de Signis) consiguió que un organismo muy vinculado a la Iglesia y al Gobierno pusiera dinero para San Sebastián». «¿Se refiere al Opus Dei?». Cara de espanto cómplice del cura: «¿Qué es esa pregunta? El Opus Dei no existe, nunca existió».
Tampoco existe (ahora) el Festival de Valores Religiosos de Valladolid, pero en estos días se han presentado los de San Roque, Albacete (con la presencia de su alcalde), Cancún, Amiens, Friburgo, Tarifa, Puerto de la Cruz (Agatha Christie Fest), Animadrid (desde este viernes, con Peter Lord y varios animadores argentinos), Huelva, Granada, Málaga, y Sevilla (los cuatro, en una jornada de cine andaluz comandada por María Barranco), y junto a todos estos también se está repartiendo folletería del próximo 1º Festival Internacional San Luis Cine, que se inicia el 16 de noviembre.
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