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19 de octubre 2026 - 11:49

La novela de una autora fantasma que Borges premió y después despreció

Aníbal Jarkowski reeditó “Luz era su nombre” (Fondo de Cultura Económica), premiada en 1961 y atribuida a una ignota profesora sin antecedentes literarios. Las pistas apuntan a la autoría de Estela Canto, el gran amor del autor de “El Aleph”.

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Jorge Luis Borges y Estela Canto en octubre de 1945.

Una de las mayores burlas de la literatura argentina ocurrió hace más de sesenta años. Su protagonista fue Silvia Moyano del Barco, autora de la novela "Luz era su nombre", que volvió a ver la luz en la Serie del Recienvenido (Fondo de Cultura Económica). Y decimos una burla porque Moyano del Barco quizá no haya sido su autora, ni se llamara realmente así. Y peor aun: ni siquiera haya existido.

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El crítico, escritor y docente Aníbal Jarkowski, nuevo editor de esa prestigiosa colección que fundó Ricardo Piglia, la eligió como primer título en su segunda etapa. Gracias a Jarkowski, quien hace doce años publicó el primer artículo periodístico que devolvió a la memoria la asombrosa historia de esta novela, hoy podemos leerla.

Aníbal Jarkowski, editor de la Serie del Recienvenido en el Fondo de Cultura Económica

Un premio complicado

En 1961 el diario "La Nación" organizó un concurso literario dotado de cien mil pesos (un equivalente a 13.000 dólares de hoy) para la mejor novela corta inédita. Las bases solicitaban originales de unas cien páginas, y el jurado lo integraban Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Carmen Gándara, Eduardo Mallea y, como representante del diario, Leónidas de Vedia. Se presentaron unas ciento ochenta novelas.

Bioy Casares recibió los originales el 20 de mayo en su departamento de la calle Posadas y empezó a leerlos con Borges, de noche, después de comer. Todo quedó registrado en sus diarios, publicados con el título "Borges", que acaban de reeditarse en dos volúmenes. El 7 de agosto dieron con "una buena novela para el concurso". Les gustó tanto que discutieron sobre sus personajes "como si fueran reales".

El 5 de septiembre el jurado, tras una breve deliberación, otorgó el premio por unanimidad a “Luz era su nombre”. Al abrir el sobre con los datos de la autora apareció el nombre de una desconocida, Silvia Moyano del Barco, nacida en San Luis en 1927, profesora de Filosofía y Ciencias de la Educación, casada, docente en escuelas secundarias y sin ningún antecedente literario. En noviembre la novela empezó a publicarse por entregas en "La Nación", y en agosto de 1962 la editorial Guillermo Kraft la publicó como libro.

Un año más tarde, en octubre, al volver de la casa de los Ocampo en San Isidro —siempre según los mismos diarios—, Alicia Jurado les contó a Borges y a Bioy, no sin espanto, un secreto. Estela Canto, la amada imposible de Borges, le había confiado que los verdaderos autores de la novela eran ella y su hermano Patricio. La habían escrito, le aseguró, apuntando a los gustos de cada jurado y, convencidos de que "por comunistas" no les darían el premio, le propusieron a Moyano del Barco que la presentara con su nombre y que, en caso de ganar, repartieran el dinero por mitades.

Jarkowski empezó a interesarse en ese libro gracias a los diarios de Bioy. "Hablaban de una novela, me dio mucha curiosidad y quise leerla, pero era inconseguible", dijo en conversación con este diario. "Anduve por bibliotecas, archivos, librerías de viejo, pero no aparecía. Entonces se me ocurrió la solución más simple y tuve suerte, un día encontré en Mercado Libre la edición de Kraft, a un precio irrisorio. Mientras la leía me resultó mucho más que una curiosidad. Yo no quería sólo un descubrimiento para reeditarla, después de tantos años, como primer título de la Serie del Recienvenido bajo mi dirección: la novela debía tener méritos en sí misma, y los tiene".

La portada de la edición de Guillermo Kraft (1962) y la actual del Fondo de Cultura Económica

Una novela a la medida del jurado

¿Se puede escribir una novela pensando en quienes van a juzgarla? Borges lo creía inverosímil y, cuando Alicia Jurado le contó lo que sabía, se burló de la idea: "una pizca de catolicismo, dos cucharadas de enigma policial", anota Bioy. Pero Jarkowski no piensa de la misma forma. "Puede parecer descabellado que uno diga 'me voy a sentar a escribir tal novela para tal jurado'. Pero es algo bastante razonable. En aquel tiempo había que hacer varios juegos de fotocopias, llevarlas a la editorial o a quien organizara el concurso; era un montón de plata y de tiempo. Y siempre aparecía una cláusula, una vez fallado el concurso, todos los originales se quemaban. Era acumular papel para después destruirlo. Por eso, la idea de pensar en el jurado no me pareció descabellada. Sobre todo, en un concurso de novelas cortas, que no suponía un trabajo de muchísimo tiempo, sino tener una buena idea y ser eficaz para desarrollarla".

Moyano del Barco no había publicado nada. Canto, en cambio, tenía cinco novelas y había ganado el Premio Municipal con la primera, "El muro de mármol" (1945). "Era una escritora capaz de armar una novela", continúa Jarkowski. "No era una primeriza que de golpe dice 'pruebo, a ver qué pasa'. Sus novelas no son muy valiosas, creo que están muy marcadas por la época. Imaginan situaciones enigmáticas, pero no tienen demasiado interés. Pero ella tenía experiencia".

Y las marcas están en el texto. Para Carmen Gándara, escritora católica, una crucecita de oro que atraviesa toda la historia y dos citas del Génesis que abren y cierran el libro, "que no parecen ajustadas a lo que pasa, ni mucho menos", dice el editor. Para Mallea, "la Argentina invisible y la visible": un muchacho que llega de Dolores a la gran ciudad. Para Bioy, "cosas medio patéticas, como esa playa horrible, que recuerda a ‘Los que aman, odian’, la novela que escribió con Silvina Ocampo. Y para Borges, entre otras cosas, el Zahir, la crucecita se vuelve una obsesión de la que el narrador no puede librarse”.

La historia la cuenta Humberto Ventozzi, un muchacho de veintidós años que llega de Dolores para triunfar en el cine y, después de cinco meses de fracasos, publica un aviso en una revista sentimental en el que dice que quiere tener una relación seria con una mujer. Lo firma con un nombre de héroe de radioteatro, Camilo Larrañaga. Entonces lo llama una agencia de dudosa reputación, la Cupidum SRL, que le presenta a Adelina Güemes, una mujer rica, mayor que él, a cambio de una tarifa razonable. Lo que empieza como una comedia de ambiciones mezquinas termina en tragedia.

En sus páginas hay una ironía tan filosa y mordaz como poco presumible en una escritora inexperta e inédita. Cuando Humberto le pregunta a Adelina si es virgen, ella le contesta: "¿Cómo querés que lo sepa? ¿Vos creés que alguien puede saber eso?". Él, por su parte, presume de una sabiduría aprendida en los libros: "No me negué a una cierta brusquedad apasionada que, como se sabe, es lo que más gusta a las mujeres". Pocas veces se puede distinguir con claridad el registro realista de la tomadura de pelo O, dicho de otra forma, al folletín romántico de un texto de Fontanarrosa.

La foto de la enigmática Silvia Moyano del Barco que publicó "Primera Plana" en la reseña del libro

El enigma sin terminar

La pregunta que permanece sin responder hasta hoy es quién fue Silvia Moyano del Barco. De ella, después de la novela, se publicó un cuento en la revista literaria "Ficción" (número 38, 1962), "La casa sin terminar". Al pie, la presentan como la autora de la novela premiada por "La Nación". Es la historia de un violador, ambientada durante el bombardeo de Plaza de Mayo de 1955. Hoy, por muchas razones. sería un cuento “cancelable”.

En el relato, en medio de las confesiones repugnantes del protagonista, hay una imagen que llama la atención porque recuerda a una de la novela. En "Luz era su nombre", la primera noche en la playa, Humberto descubre que los bichos que zumban en el aire "eran aguaciles que volaban acoplados", y Adelina se pone a llorar: "Todos vuelan así, unidos, acoplados... es asqueroso". En el cuento se lee que, durante el bombardeo, las luces que chisporrotean en la iglesia parecen "aguaciles que despiden fuego por el trasero". Dos menciones a los aguaciles, como se llamaba a las libélulas en aquella época, no deja de ser llamativo.

Jarkowski no cree que, en el caso del relato, Estela Canto sea la autora: "Ideológicamente, Estela Canto está en las antípodas de ese cuento". Y lo explica por otro lado: "Parecería que el premio le abrió la puerta, y Moyano del Barco se tomó en serio que podía ser escritora. Es un cuento casi nacido de una especie de resentimiento ideológico, pero desde el punto de vista artístico no tiene comparación con la novela, que es mucho más sutil, con una trama mucho mejor construida y sin el efectismo del cuento".

No fue el único intento de Moyano del Barco. Según Jarkowski, presentó unos poemas al suplemento literario de "La Nación", que los rechazó. Y, según los diarios de Bioy, después del premio insistió en leerle un cuento suyo. Él se negó y le sugirió a Alicia Jurado que lo leyera ella y comparara su calidad con la de la novela. Jurado no quiso. No menciona, en cambio, si ese cuento era “La casa sin terminar”.

En el número 35 de la revista "Primera Plana" (1963) apareció una reseña de "Luz era su nombre" con una foto de la presunta autora. La nota aportaba un dato más al enigma: su nombre real sería Nidia Lidia. Al final del artículo, el autor de la reseña (que no firma) se hace eco de los rumores de que la novela sería una “creación colectiva” —aunque no menciona a los Canto—, y dice que consultó a Moyano del Barco sobre el asunto. Ella, por supuesto, negó esa versión.

Desde entonces, hace 63 años, no existe ningún registro público de la existencia de la misteriosa autora ni, como se verá más adelante, herederos que reclamen sus derechos. Como si se hubiera perdido en la noche de los tiempos.

Portada de "Borges a contraluz", de Estela Canto (Emecé, 1989)

Borges y Canto

A mediados de los años cuarenta Borges se enamoró de Estela Canto. Le dedicó "El Aleph", cuyo manuscrito ella subastó el 10 de mayo de 1985, en Sotheby’s de Londres, por 25.760 dólares (aún con su autor en vida), y, según ella misma contó en su demoledor libro de memorias "Borges a contraluz" (1989), él llegó a proponerle matrimonio. La relación no prosperó por muchos motivos, entre ellos la férrea oposición de su madre, Leonor Acevedo. Jarkowski cree que la novela esconde señales que sólo Borges podía descifrar.

La primera es el título. Con poco más de veinte años, en Mallorca, Borges le escribió a un amigo que se había enamorado de una prostituta llamada Luz: "Verdaderamente he amado a esta Luz que me trataba como un niño y cuyos gestos eran de una indecencia ingenua". "Esa referencia no aparece en otros lugares. Es como una confesión entre amigos, un varón que le cuenta a otro", afirma Jarkowski. "Pero pienso que, si él hubiese confiado ese secreto a alguien, podría haber sido a Estela Canto, cuando fueron novios. Era algo que pertenecía a la intimidad, y sólo Borges podía reconocer en ese nombre un recuerdo suyo".

La segunda es una frase de Adelina: "¿Vos te creés que porque una mujer se acuesta con un hombre se convierte en su propiedad privada?". "Es una idea que fue parte de las tensiones entre Borges y Estela Canto", explica Jarkowski. "Ella era mucho más joven que Borges, y de izquierda. Ahí hay una diferencia ideológica fuerte. Hay también diferencias estéticas: ella escribía esas novelas largas que a Borges no le interesaban en lo más mínimo. Y estaba la cuestión del papel social de la mujer, que para Canto era parte de una ideología progresista de la cual Borges estaba alejadísimo. Con lo cual me parece que no sólo había indicios hacia la obra de Borges, sino también cosas que solamente Borges podía reconocer, porque eran muy personales del vínculo entre los dos. Y que tal vez no reconoció en el momento de la premiación y sí después, cuando vino la revelación por parte de Alicia Jurado".

Y hay una tercera. En la novela, Humberto espía a Adelina mientras juega y se besa con su sobrino de dieciocho años, el Chala. Estela y Patricio Canto hacían correr rumores de incesto sobre ellos mismos, para escándalo de su círculo. Jarkowski ve además un eco del cuento que Borges le dedicó a Canto: "Hay una evocación de lo que pasa en 'El Aleph', donde Beatriz Viterbo y Carlos Argentino Daneri también son primos. Hay como un ramalazo".

Cuando Alicia Jurado reveló el secreto, la reacción de Borges fue negar el rumor: dijo que era una tontería, porque nadie escribe para otro. Bioy, en cambio, lamentó que los Canto pensaran que ellos iban a rechazar una novela por las ideas políticas de sus autores. "La idea de Bioy es mucho más moderna y más sutil. La de Borges es simplemente negar con obstinación ese rumor", resume Jarkowski.

En abril de 1966 Borges le contó a Bioy que Estela Canto lo había abordado para insistir en "la confusa historia". Ella le dijo que el argumento era suyo y que la redacción había sido de su hermano. Borges le contestó que el asunto no le interesaba, que el libro le parecía "bastante malo" y que le resultaba improbable que "personas incapaces de escribir libros para sí los escribieran para otros". Olvidaba que, antes del concurso, Canto ya había publicado cinco novelas. "Entonces retrocede respecto de los elogios que había hecho sobre la novela: dice que no era tan buena y se retracta de aquellas cosas que antes consideraba meritorias", señala Jarkowski. "Todo esto fue el trabajo que me llevó a pensar la novela, a leerla con cuidado".

El recaudo legal

Reeditar la novela planteaba un problema legal: ¿a quién pertenecen los derechos de un libro de autoría dudosa? "Cuando presenté el proyecto a la editorial, les dije que era una situación bastante delicada, porque estábamos poniendo en duda la autoría", recuerda Jarkowski. En su prólogo no afirma nada, sino que presenta las hipótesis para que los lectores saquen sus conclusiones. "Yo no podía decir tajantemente que la habían escrito los hermanos Canto, porque eso sería creer en lo que dice el diario de Bioy, que también podría ser discutible".

Jarkowski buscó familiares de Moyano del Barco y no encontró a nadie. "En la editorial me dijeron que no me preocupara, que eso era trabajo de los abogados". Pero los abogados del FCE tampoco encontraron herederos, ni en San Luis ni en Buenos Aires. "Para publicarla, entonces, se apeló a un recurso legítimo: se hizo un depósito a cuenta de ganancias por si algún heredero se presentara a reclamar sus derechos". La tapa lleva el nombre de Silvia Moyano del Barco, como la primera edición de Kraft.

Hasta hoy, nadie se presentó.

Después de aquel encuentro con Canto, Borges imaginó el argumento de un cuento, que Bioy anotó en su diario: "Un escritor —pero capaz de escribir libros—, para vengarse de un amigo, sin mayor odio le regala un libro para que lo firme como propio", con la convicción de que "el otro, después, queda para siempre en una vida de continuas penurias, porque lo consideran autor, esperan que escriba sobre esto y aquello, y no puede".

Sobre la nueva etapa de la Serie del Recienvenido que inauguró esta novela, Jarkowski cuenta: "Entre los libros que Piglia eligió hay autores que él conocía personalmente; en muchos casos compañeros de generación, con los que compartió hasta la vida bohemia. Había unos cuantos elementos que comprometían a Piglia con lo que elegía. Yo quise salirme de esa estrategia y pensar en libros apoyado en mi experiencia, seleccionar novelas que tengan mérito en sí mismas. Que yo conociera o no a sus autores no era mi patrón. El patrón tenía que ser novelas que volvieran a aparecer y que supusieran algo interesante para que los lectores se acercaran a esos libros. Entonces propuse tres o cuatro títulos. Acaba de aparecer 'El cerco', de Juan Martini; a fin de año va a salir 'Nada que perder', de Andrés Rivera; y hay algunos proyectos: estoy pensando en una novela de Rodolfo Rabanal que me gusta mucho".

"La colección tiene un alcance bastante amplio", prosigue. "Yo no estaba buscando lectores especialistas en Borges, sino un lector común que pudiera decir que le interesa la trama. La trama de ‘Luz era su nombre’ va creciendo, se vuelve trágica; todo lo que tiene de medio zumbón después se vuelve trágico. Me parecía que no hacía falta un lector experto en detectar detalles, sino que la lectura fluyera y que la novela fuera interesante para quien se le ocurriera acercarse. Es como la continuación de un proyecto que realmente tiene mucho prestigio. Entonces yo busco libros valiosos que se reediten, que la gente no tenga que andar buscando alguna edición vieja sino que pueda encontrarse con ediciones nuevas de buenos libros".

"En el caso de 'Luz era su nombre'", concluye Jarkowski, "aparece, además, un tema como el del femicidio. Cuando me encontré con esta novela no estaba pensando con esas categorías, pero me dije que esta novela podía ser interesante incluso para pensar la obsesión por una mujer, y también la obsesión por salvarse económicamente. Y me parecía que tenía un perfil, impensado cuando la encontré, que es el interés que puede tener para las lecturas en clave feminista. Hay teóricas ahora, mujeres brillantes, que pueden decir: 'Esta se suma al canon de novelas que estamos viendo, donde aparecen problemas que las feministas pueden desarrollar y analizar con mucho cuidado'. Y en este caso, la haya escrito Moyano del Barco o Estela Canto, hay dos mujeres detrás de esta novela, y eso me parece interesante. Quiero decir: en un caso o en otro, es una novela pensada por mujeres. De tal manera que está el femicidio y, más aún, la libertad sexual que tiene ella".

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