«Mi mejor enemigo» tal vez daba para más, pero es un buen relato sobre la difícil convivencia entre una patrulla chilena y otra argentina en 1978, justo cuando la guerra entre ambos países parecía inminente.
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Así, cara a cara, desconfiándose mutuamente, con los prejuicios comunes listos para asomar en un insulto o una orden, pero también aguantándose parejamente el viento, el aburrimiento, y la expectación, ambos grupos tendrán que pasar más de un día. Quizá puede haber un picadito de fútbol, un intercambio de remedios o consejos, y hasta un amago de baile, pero también alguna grave desinteligencia, no sólo entre los posibles enemigos, sino entre los soldados de un mismo lado.
Quien hizo el servicio militar recordará lo que eran esas internas no sólo entre tipos de ciudad y campesinos, sino especialmente entre muchachos que sólo querían salir cuanto antes y soldaditos imbuidos de un concepto belicoso del deber y la patria.
Lo singular, y enteramente creíble, es que acá sus respectivos superiores asumen una actitud pacificadora.
Buen relato, aunque podría decirse que daba para más. Y buena perspectiva, que ha de molestar a unos cuantos que ni siquiera hicieron la colimba. Muy adecuados
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