«Luna de Avellaneda» (id., Argentina, 2004; habl. en español). Dir.: J.J. Campanella. Int.: R. Darín, E. Blanco, M. Morán, D. Fanego, S. Kutica, V. Bertuccelli y otros.
Tan hábilmente está planteada esta oposición (nobleza gaucha de antaño, corrupción de hoy) que, en el fluir sentimental del film, hasta podría llegar a pasarse por alto el hecho de que aquellos añorados clubes eran, antes que otra cosa, hervideros de escolazo, es decir, exactamente lo mismo que van a instalar ahora en el lugar de la nostálgica Arcadia. También cuevas del clientelismo político. Pero, como decían los griegos, así es el arte: engaño y placer de los sentidos, confusión de la razón.
Sin embargo, más allá de su llorona ideología, siempre al borde de la demagogia aunque sin caer del todo en ella ni ceder al habitual estereotipo (el «corrupto»
Su nuevo opus después de
Es una película cara, y como tal luce. Podría haber sido más breve, es cierto, y el debate final entre los antagonistas, de casi un cuarto de hora, más limitado, pero es innegable que se trata de una película viva, chispeante, con buenos diálogos, que desarrolla, corta y encadena escenas en los momentos exactos, manteniendo siempre vivo en el espectador el interés en lo que va a ocurrir a continuación (¿hace falta recordar que la formación de