Nostalgia de barrio pero con ritmo a la americana

Espectáculos

«Luna de Avellaneda» (id., Argentina, 2004; habl. en español). Dir.: J.J. Campanella. Int.: R. Darín, E. Blanco, M. Morán, D. Fanego, S. Kutica, V. Bertuccelli y otros.

Dos fantasmas de la cultu ra rioplatense recorren la nueva película de Juan José Campanella: la idea de que todo tiempo pasado fue mejor y, a partir de allí, la purificadora ilusión de que las ruinas de ese pasado de esplendor, y sobre todo genuino y barrial, pueden resucitarse (o, en el peor de los casos, sobrevivir noblemente como ruinas).

En los 80, la imagen final de «Made in Lanús», esa exaltación del coche destartalado al que había que empujar (símil urbano del alazán criollo, viejo y enfermo, amenazado por la maquinaria moderna), funcionaba como la virtuosa resistencia ante la humillante alternativa del exilio (esto fue antes de la década del crecimiento); ahora, el antiguo y endeudado club social y deportivo «made in Avellaneda», a punto de ser transformado en un casino, viene a representar otro frágil bastión en la batalla contra la temida «pérdida de identidad» del mundo globalizado que intenta exponer el guión.

Tan hábilmente está planteada esta oposición (nobleza gaucha de antaño, corrupción de hoy) que, en el fluir sentimental del film, hasta podría llegar a pasarse por alto el hecho de que aquellos añorados clubes eran, antes que otra cosa, hervideros de escolazo, es decir, exactamente lo mismo que van a instalar ahora en el lugar de la nostálgica Arcadia. También cuevas del clientelismo político. Pero, como decían los griegos, así es el arte: engaño y placer de los sentidos, confusión de la razón.

Sin embargo, más allá de su llorona ideología, siempre al borde de la demagogia aunque sin caer del todo en ella ni ceder al habitual estereotipo (el «corrupto»
Daniel Fanego termina siendo más razonable que el «idealista» Ricardo Darín), detrás de «Luna de Avellaneda» se reconocen de inmediato el impecable oficio de Campanella y el fértil humor de su guionista Fernando Castets, el binomio más profesional con el que cuenta el escaso cine popular nacional de estos tiempos.

Su nuevo opus después de
«El hijo de la novia» es un ejercicio de decadentismo hi tech, un Visconti de Riachuelo, que hasta incluye una espectacular escena inicial de baile de carnaval con una ingeniosa participación del personaje que representa a Alberto Castillo; un film que no malgasta ninguno de los muchos dólares invertidos en su producción.

Es una película cara, y como tal luce. Podría haber sido más breve, es cierto, y el debate final entre los antagonistas, de casi un cuarto de hora, más limitado, pero es innegable que se trata de una película viva, chispeante, con buenos diálogos, que desarrolla, corta y encadena escenas en los momentos exactos, manteniendo siempre vivo en el espectador el interés en lo que va a ocurrir a continuación (¿hace falta recordar que la formación de
Campanella es norteamericana?).

Darín
, ya el vitalicio más sólido del cine argentino, es el partisano de las causas perdidas; Fanego, convincente y sensato maquiavelo, fortalece un papel no protagónico, y Eduardo Blanco, cada vez más entusiasmado con su misión de Roberto Benigni argentino, aparece a veces un tanto sobreactuado pero siempre con el latiguillo justo (tal vez no sea del total agrado de la empresa de cable, indirectamente vinculada a esta producción, uno de los mejores chistes: cuando Blanco le cuenta a Darín que está «colgado» al cable, dice: «Mirá, 80 canales y 100 años de perdón»).

Del elenco femenino (
Valeria Bertuccelli, Silvia Kutica) la mejor es, una vez más, Mercedes Morán. Justamente, Morán y Darín protagonizan una de las mejores escenas de la película cuando, en el umbral de la casa de ella, se deciden a algo en el momento menos oportuno y más anticlimático.

Este es, indudablemente, uno de los más destacados rasgos del cine de
Campanel la-Castets: escaparle a la simple ilustración de la idea eje mediante personajes- portavoces, vicio habitual de la pantalla criolla tradicional, para arrojarlos a situaciones aparentemente accesorias y hacerlos así más densos, interesantes y creíbles.

Una película de apetencia masiva como
«Luna de Avellaneda» no podía prescindir, ni lo intenta, de un cierto sentimentalismo a veces primario, pero aun en esas escenas (como la de la muerte del personaje de José Luis López Vázquez), el buen «timing» del film permite el contrapunto exacto con su buen humor. Hacen falta, desde luego, muchas películas como ésta, si lo que se quiere es el regreso del público a las salas.

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