Tan hábilmente está planteada esta oposición (nobleza gaucha de antaño, corrupción de hoy) que, en el fluir sentimental del film, hasta podría llegar a pasarse por alto el hecho de que aquellos añorados clubes eran, antes que otra cosa, hervideros de escolazo, es decir, exactamente lo mismo que van a instalar ahora en el lugar de la nostálgica Arcadia. También cuevas del clientelismo político. Pero, como decían los griegos, así es el arte: engaño y placer de los sentidos, confusión de la razón.
Sin embargo, más allá de su llorona ideología, siempre al borde de la demagogia aunque sin caer del todo en ella ni ceder al habitual estereotipo (el «corrupto»