Pese a los lindos paisajes y a la presencia de Juliette Binoche,
el film se pierde en concursos ortográficos, trances
místicos y un abismo solemne al que no vale la pena
asomarse.
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Por suerte hay atenuantes. Digamos, lindas vistas de Oakland, Quien participa del certamen es la hija menor. Y para ella está todo bien, salvo que a los creativos de la película se les dio por visualizar algunas palabras con recursos ridículos hasta la cursilería, y porque el padre es otro cursi que se le da por meter a la piba en unos trances místicos alrededor de las palabras, que ni él pudo hacerlos cuando era joven (y el modo en que luego se representa el trance de la chica es otra ridiculez). El hombre está tan obsesionado buscando la recomposición mística de una armonía universal a través de las palabras, que no advierte la descomposición real de su propia familia. Quizá tarde en entender porqué su niña elige lo que finalmente elige, pero el público lo entiende, y en ese momento es feliz, porque además significa que se está por terminar la película. Cuyo asunto era bueno, y daba para más, pero se perdió en un solemne abismo al que no vale la pena asomarse, no sea que en el fondo haya una sopa de letras.
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