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23 de enero 2008 - 00:00

Placentero encuentro con Borges

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«Siete conversaciones con Borges» de Fernando Sorrentino. Editorial Losada. Buenos Aires, 2007. 269 págs.

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"Fernando Sorrentino conoce mi obra -llamémosla así- mucho mejor que yo; ello se debe al hecho evidente de que yo la he escrito una sola vez y él la ha leído muchas". Así ironizaba Borges acerca de estas «Siete conversaciones...», publicadas originalmente en julio de 1974, con prólogo del escritor. Sorrentino conoció a Borges por casualidad mientras caminaba por la Avenida 9 de Julio. Al ser un gran admirador de su obra, enseguida supo ganarse su confianza; a tal punto, que varios meses después tuvo el privilegio de charlar con él, durante siete tardes, en una «remota salita» de la Biblioteca Nacional. Desde luego no se trata de un libro para académicos o estudiosos de su obra, sino para aquellos que simplemente están interesados en conocer sus gustos literarios, su relación con otros autores y otros detalles de su vida.

La charla pierde un poco el rumbo cuando Sorrentino (que en ese entonces tenía 30 años) insiste en hacerlo hablar de política («¿Cómo le parece a usted que surgirá en un cerebro la idea de convertirse en un dictador?») sin advertir la torpeza de su maniobra. Episodios como la guerra de Vietnam o el asesinato de John F. Kennedy, no deparan más que comentarios inconsistentes de parte del escritor, quien además siempre se jactó de no haber leído «nunca» los diarios. En cambio, resultan de sumo interés sus comentarios sobre el tango, el truco («es un juego de gente que tiene poco o nada que hacer»), el lunfardo y muchos otros tópicos que él va repasando con destreza de enciclopedista.

Sus comentarios son muchas veces prejuiciosos y arbitrarios, como por ejemplo cuando defenestra al fútbol, y otros «deportes estúpidos» difundidos por Inglaterra o cuando echa por tierra la obra de Horacio Quiroga, Federico García Lorca y Ernest Hemingway. Pero, en contrapartida, Borges se enorgullece de haber sido el primero en editar en la Argentina un texto de Córtazar («Casa tomada»). Y también es capaz de describir con lucidez y un cierto dejo de ironía el turbulento carácter de otro escritor, Ezequiel Martínez Estrada, al que definió como: «un hombre tan inteligente que conseguía que todo elogio fuera una ironía o un ataque velado».

No deja de sorprender su manifiesta inclinación a poner en tela de juicio su propia obra narrativa o algunos de sus poemas más famosos, como «El general Quiroga va derecho al muere» al que considera «una especie de calcomanía».

Lo cierto es que más allá de sus juicios demoledores, este Borges oral, nunca agota su ingenio y picardía. Como cuando narra su encuentro con el boxeador Andrés Selpa quien comete el error de llamarlo «José Luis Borges»: «Yo me di cuenta que eso no era una equivocación, sino una corrección (.) porque 'Jorge Luis Borges' suena muy duro; en cambio 'José Luis Borges' suena mucho más atenuado. ¿Por qué repetir un sonido tan feo como 'orge'? (.) Creo que a la larga, yo voy a figurar en la historia de la literatura como José Luis Borges.»

El escritor solía burlarse de su fama o al menos buscaba distanciarse de ella: «Temo que, en cualquier momento, la gente se dé cuenta de que me han dedicado una atención excesiva, y entonces me considerarán un chambón o un impostor, o, quizás, ambas cosas a un tiempo.» Nunca sabremos si decía este tipo de por humildad o sólo era un engañoso gesto de coquetería.

Patricia Espinosa

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