Los soldados que encontraron una fortuna en dólares durante una misión, en el simpático film del colombiano (formado en Buenos Aires), Rodrigo Triana, el mayor éxito de taquilla de su país.
«Soñar no cuesta nada» (Colombia-Argentina, 2006, habl. en español). Dir.: R. Triana. Guión: J. Hiller, C.M. Ochoa; Int.: D. Cadavid, J.S. Aragón, M.J.Chávez, C.M. Vesga, V. Orozco.
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¿Quién dijo que las escuelas de cine no sirven para nada? El colombiano Rodrigo Triana, director de la serie «Pasión de gavilanes» y de «Soñar no cuesta nada», que fue el mayor éxito en la historia de su país, es egresado de la Enerc, o sea, la escuela del Incaa, sita en Salta y Moreno de la Ciudad de Buenos Aires. En verdad, cuando él egresó aquello todavía se llamaba Cerc, y estaba en un local vecino, medio andrajoso, pero ésos son detalles. Lo importante es que allí aprendió buena parte de su profesión, e hizo las buenas amistades (ejemplo, Marcelo Schapces, de Barakacine) que lo llevaron a rodar en coproducción con Argentina.
Lo otro (otra verdad) se lo enseñó su padre, Jorge Alí Triana, el mismo de la excelente «¡Bolívar soy yo!», ganadora de Mar del Plata 2002. A don Jorge lo vemos ahora, muy fugazmente, en un cameo, recibiendo un televisor de su hijo en la ficción. Y, dentro del televisor, un dinerillo, más o menos 400.000 dólares.
Es que «Soñar no cuesta nada» evoca un hecho ocurrido en 2003, cuando varios soldados encontraron en plena selva un refugio de narcoterroristas con millones de dólares, y decidieron decomisarlos para sí mismos. A fin de cuentas, decían, para que se los guarden sus superiores, bien merecían guardarlos ellos, que eran los que ponían el pecho a las balas. Lástima que no todos sepan llevar vida de pobres apenas se convierten en nuevos ricos. Sólo unos pocos saben disimular.
Es cierto, historias similares ya hubo unas cuantas, y ésta no supera una confección standard. Además, difícilmente la festejen aquí tanto como en su tierra. Pero aún así (y aunque en las escenas de cabaret Verónica Orozco nunca se desnude del todo) la obra tiene lo suyo, vale decir, acción, vigor, entretenimiento, un escenario inhabitual, y un reclamo especial: como decía el general Lucio V. Mansilla, «¿El Estado quiere buenos servidores? Que les pague.»
Placeres adjuntos, un tema similar al de «La señora del chalet», que cantaba Edmundo Rivero, pero más bailable, y uno de Los Trovadores de Cuyo («Sufro y tú lo sabes»), que se oye por la radio en una cantina perdida, ocurrencia, quizá, de alguien del equipo argentino de sonido. Argentinos son, también, el diseñador de postproducción Rodolfo Pagliere, el montajista Alberto Ponce, que se manda unos jueguitos de reiteración a lo Sam Peckimpah (pero no en las escenas de tiros sino en la del strip tease), los laboratoristas, los de composición digital, etc. Todos gente de escuela.
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