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19 de diciembre 2002 - 00:00

A la caza de los misiles de Saddam

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Pero los inspectores, armados con unas poco reveladoras 1.240 páginas sobre programas de misiles que formaban parte de la reciente declaración que remitiera Bagdad a la ONU, hicieron sus propias indagaciones, husmeando por Al-Nidaa y cuatro fábricas más. En una de ellas, los inspectores presenciaron la prueba de lanzamiento de un misil de corto alcance que pretendía demostrar que el dispositivo caía dentro del límite inferior a los 149 kilómetros permitido por la ONU. «Por supuesto que no tenemos misiles Scud, en lo absoluto», aseguró a la prensa el general Hussam Mohammed Amin, el jefe del desarme iraquí. «Y este hecho es válido desde el verano de 1991, ¿de acuerdo?»

Bueno, no tanto. Fuentes de los organismos de inteligencia estadounidenses creen que Irak ocultaba unos 24 Scuds cuando el equipo anterior de inspectores de la ONU abandonó el país en 1998. Los expertos señalan que funcionarían bien, con el debido mantenimiento.

Desde entonces, Bagdad podría haber adquirido o construido más. Los medios de comunicación han centrado su atención en los riesgos que representan la capacidad química, biológica y nuclear de Irak, pero esos peligros se multiplicarían si Irak es capaz de armar misiles con este tipo de armas y atacar a sus vecinos. En el conflicto de 1991, Irak decidió no lanzar misiles con ojivas químicas o biológicas. Pero si EE.UU. ataca a Irak nuevamente, esta vez con el propósito declarado de expulsar del poder al presidente Saddam Hussein (según las amenazas del presidente Bush), analistas de inteligencia temen que Saddam, sin nada que perder, recurra a sus armas más dañinas.

En este punto nadie es más vulnerable que los israelíes. Irak lanzó 42 misiles Scud contra Israel durante la Guerra del Golfo. Sólo un israelí pereció alcanzado por uno de esos ataques, aunque 15 murieron de ataques cardíacos, sofocados en sus máscaras de gas o como reacción a un antídoto contra armas químicas que algunos tomaron, presas del pánico. Más allá del costo en vidas humanas, a las autoridades del Pentágono les preocupa que si Saddam atacara otra vez a Israel con misiles con el deseo de desencadenar una guerra mayor que aúne a los países musulmanes contra EE.UU. e Israel Washington no podrá convencer al Gobierno israelí, como hiciera en 1991, de que no tome represalias. Si Israel contraataca, las autoridades estadounidenses temen que la ira popular empuje a los países árabes y musulmanes a un posible ataque contra Israel. De esta manera, las autoridades del Pentágono, poco confiadas de que los inspectores de la ONU logren encontrar misiles ilícitos en Irak, han concentrado sus energías en encontrar formas de neutralizar esa amenaza. Sus planes incluyen colocar grupos comando para localizar rápidamente Scuds en el terreno, desplegar tecnologías mejoradas para detectar y destruir los lanzadores y los misiles Scud y reducir la cadena de mando para las operaciones antiscud. No obstante, un análisis independiente concluyó recientemente que estos esfuerzos se quedarían cortos, sugiriendo que, una vez más, los Scuds iraquíes representarían una complicación en una posible guerra.



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