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29 de marzo 2006 - 00:00

"Buenos en revoluciones, pero malos en reformas"

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París - «Los franceses somos muy buenos para las revoluciones y muy malos para las reformas.» Lo dijo esta semana en Madrid el economista Michel Camdessus en alusión a la crisis abierta en Francia a causa del nuevo Contrato Primer Empleo (CPE), destinado a los jóvenes menores de 26 años.

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El ex director del Fondo Monetario Internacional está lejos de ser el único, aunque probablemente sí fue el más expresivo, en subrayar la incapacidad que desde hace años manifiestan los sucesivos gobiernos franceses --particularmente, los de la derecha-para imponerse a la contestación social.

Reminiscencia acaso de Mayo del 68, no hay nada que dé más miedo a los políticos que los estudiantes tomando la calle.

Resultado: numerosos proyectos de reforma han vuelto a guardarse en un cajón ante las protestas juveniles.

La firmeza demostrada ahora por el primer ministro Dominique de Villepin -decididamente apoyado por el presidente Jacques Chirac-, ante la presión sindical y estudiantil, y su negativa rotunda a retirar el CPE, pretenden romper con este estigma. Que lo consiga está lejos de ser evidente.

  • Antecedente


    No hay que remontarse muy lejos en el tiempo para encontrar el último ejemplo de renuncia. En gran medida, la mayoría de los estudiantes que hoy se manifiestan en toda Francia contra el CPE son los mismos que hace sólo un año, en febrero de 2005, forzaron la retirada de la reforma del bachillerato impulsada por el entonces ministro de Educación François Fillon.

    Bastaron unas pocas semanas y la salida de cien mil estudiantes y profesores de secundaria a la calle para que la reforma fuera enterrada.

    Hay una fecha, por encima de cualquier otra, que explica este temor a la calle: el 6 de diciembre de 1986. Ese día, en una protesta contra le ley de reforma universitaria del ministro Alain Devaquet, un joven estudiante de 22 años, Malik Oussekine, murió tras ser golpeado por la Policía. Inconsciente, nadie advirtió que padecía insuficiencia renal hasta que ya fue demasiado tarde. El impacto de su muerte precipitó, dos días después, la decisión de Chirac -entonces primer ministro-de retirar el proyecto y forzar la dimisión del ministro Devaquet.

    Pero probablemente el caso más similar al que estos días ha vuelto a focalizar la mirada del resto del mundo sobre Francia es el proyecto de otro contrato laboral específico para los jóvenes -el Contrato de Inserción Profesional (CIP)-, promovido por el gobierno de Edouard Balladur en 1994.

    El CIP, un contrato de aprendizaje que preveía una retribución de 80% del salario mínimo, levantó una gran protesta estudiantil que se prolongó por espacio de un mes.

    El 28 de marzo de ese año, sólo tres días después de que la mayor manifestación reuniera a cien mil estudiantes, el primer ministro retiró el decreto. Políticamente tocado, Balladur perdió en las elecciones presidenciales del año siguiente frente a Chirac.

    El ejemplo de Balladur habrá pesado probablemente de forma determinante en la decisión de De Villepin -cuyas aspiraciones al Elíseo son un secreto a voces-de mantenerse firme e inflexible. No en vano falta solamente un año para las elecciones presidenciales. Si se rinde, habrá dilapidado toda posibilidad de éxito. Si se impone, puede erigirse en el líder indiscutible de la derecha.

    La influencia de las movilizaciones juveniles en la política francesa -tradición obliga-es muy superior al peso electoral real de los jóvenes, que representan 15% de los votantes y tienen un comportamiento altamente abstencionista. Pero la protesta en la calle acaba condicionando la percepción de los adultos y, en consecuencia, el debate político general.
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