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20 de octubre 2026 - 07:34

Paradojas de "RIGIland": euforia en Washington por el modelo de Milei y alarma por el alcance de la ley Malvinas

El idilio de la administración de Donald Trump por el blindaje de inversiones del RIGI convive con la inquietud por las sanciones que contiene la ley Malvinas. Contorsionismo del Gobierno para surfear la presión de Estados Unidos sin pagar el costo de un retroceso en el frente interno.

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La administración de Donald Trump apunta a un apoyo irrestricto para sostener a Javier Milei de cara a las elecciones

@JMilei

“All in” es una expresión que utilizan los jugadores en el Poker para apostar todas las fichas a una sola mano. En Washington, se traduce como un compromiso completo de la administración de Donald Trump con la Argentina. La mímica quedó cristalizada en la entrega del premio a Javier Milei como “Campeón Global de la Libre Empresa”, otorgado la última semana por la US Chamber. Pero los Estados Unidos no visualizan la figura del presidente argentino como un aliado para cuidar “el patio trasero” sólo por las interminables citas dogmáticas que enhebró en su discurso, sino que sus medidas económicas representan una ventana de oportunidad única en las últimas décadas responsables de la euforia empresaria en el Norte: la vedette es el RIGI. Argentina es ahora “RIGIland”.

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Los nubarrones no aparecen, ni siquiera, ante la eventualidad de que Milei tenga un año electoral con turbulencias por los malos indicadores de la microeconomía. Estados Unidos admite estar tan consustanciado en la continuidad del modelo libertario que no vacilará en apoyar explícitamente cualquier auxilio económico que esté a su alcance, vía el Tesoro –como ya ocurrió-, como haciendo pesar su posición en el FMI moderar los incumplimientos del programa económico. Las mejoras macro maquillan cualquier inconsistencia que los analistas económicos informen sobre la composición del superávit o la ausencia de políticas de contención para administrar la transición de modelos.

Energía, minerales críticos, infraestructura, vías férreas son el foco de interés que se suma a la posición geográfica estratégica del país, sin guerras, bien posicionado en el Atlántico Sur y siendo beneficiario principal de inversiones extranjeras por parte de empresas norteamericanas. El país es una pieza fundamental del TEG mundial con China y foco de su agenda comercial. Si la derrota lo alcanzara, el paraguas del RIGI solo recortaría los plazos, pero en un escenario irreversible en términos prácticos de inversión e impensado, hoy por hoy, en Washington, que destila entusiasmo por las reformas macroeconómicas del libertario.

Preocupación por la Ley Malvinas

Pero sí existen dos temas que preocupan a la Casa Blanca. El primero es el Tratado de Cooperación en materia de Patentes (PCT) –que, mientras estaba Milei recibiendo otro premio en Estados Unidos, obtuvo las firmas que requería el dictamen de comisión para ser enviado al recinto, en el Senado argentino. Las multinacionales farmacéuticas y de tecnología agropecuaria lo aguardan ansiosas. Pero el segundo tema puede convertirse en un obstáculo más incómodo en la relación bilateral: la “Ley Malvinas”.

Mieli se embanderó con el Proyecto de Defensa de la Soberanía Nacional detrás de la creencia de que Trump había mandado señales de que estaba dispuesto a reveer su apoyo al Reino Unido en la disputa por soberanía. Con el objetivo de recuperar la centralidad de la agenda local apeló al sentimiento popular que engloba la gesta pero la redacción del proyecto en el apartado de sanciones encendió las alarmas en Estados Unidos. Es que extiende la responsabilidad legal y penal a toda la cadena de valor indirecta sobre las empresas que lideran Sea Lion. En la práctica, ya comenzaron a llover notificaciones a empresas proveedoras de servicios, contratistas, subcontratistas, intermediarios financieros, y fondos de inversión, entre otros. Muchas de ellas norteamericanas y que, además, hacen lo mismo en la cadena de valor de Vaca Muerta. Conclusión, fueron a patalear a D.C.

Contorsiones

El Gobierno queda, entonces, frente a una encrucijada. O da un golpe de timón y suaviza los alcances de las sanciones en el texto de la ley (o permite que “alguien” introduzca matices), o se expone a que Estados Unidos traslade su poder de lobby a la superficie. En el primer escenario, el retroceso le hará pagar un costo local. Es natural que el principal asesor presidencial, Santiago Caputo haya reaccionado ante la mera posibilidad de que Estados Unidos ejerza presión para proteger sus intereses en la región. Fue él quien logró convencer a Milei de que la mención de Trump al asunto Malvinas era un cambio de postura real que podría modificar el panorama respecto al reclamo de soberanía, con terreno fértil para capitalizar políticamente. En rigor, esa coordinación nunca ocurrió.

Habrá que estar atentos a si el presidente norteamericano vuelve a la carga con el tema. Ha sucedido en el pasado que el mandatario republicano declara sobre asuntos cuyas implicancias no coinciden con la dimensión de la problemática o parecen soluciones viables para una coyuntura a corto plazo, pero podrían traer consecuencias. Su administración, en la capa más burocrática, no pasa por alto esos issues.

Resulta difícil dimensionar por qué el gobierno argentino generó su propio conflicto en una relación bilateral calificada por cualquier observador como idílica e inédita. La mala interpretación de las señales en la diplomacia generan patinadas en las que resulta sencillo quedar entrampado. Ahora cualquier movimiento significará un retroceso en una materia más que sensible.

Debe sumarse otro condimento que va en la dirección contraria a la postura argentina que es la propuesta de un delegado de Estados Unidos para disolver el Comité Especial de Descolonización de la ONU, principal foro de exposición del reclamo por Malvinas. Argentina se abstuvo en una declaración formal de Rusia contra toda forma de colonialismo que se cimentaba con su estrategia para condenar las sanciones económicas que se le impusieron por la invasión a Ucrania. El alineamiento con Estados Unidos operó como una señal política sin implicancias concretas porque la disolución no se recorta en el horizonte de lo posible en una votación general en la ONU. Pero dejó un precedente que grafica el contorsionismo que deberá ejercer la administración Milei si la Ley Malvinas avanza tal cual está.

Trump y el legado

Los próximos meses serán cruciales también para la administración Trump que está, si el malestar se sostiene, a las vísperas de perder en la elección de medio término tanto la mayoría en la Cámara de Representantes como con probabilidades de perder el control del Senado también. ¿Cambiaría la política exterior? Nadie cree que ocurra, más allá de que Trump abuse de Órdenes Ejecutivas y enfrente impeachments que lo esmerilen pero que nunca lo dejen K.O. Fiel a su estilo, podría combatir el “Pato Rengo” con mayor radicalización y la mira puesta en un legado para el continente sobre el que proyecta sus objetivos.

Si se le preguntara a Marco Rubio, el jefe de la diplomacia norteamericana, ese legado podría ofrecerse de la mano de terminar de doblegar a Cuba para reinsertarla en el concierto de países capitalistas. Los más fantasiosos sueñan con la chance de coser una estrella más a la bandera que represente a la isla. Lo único cierto es que adquiere sentido que Trump arremeta contra el Comité de Descolonización de la ONU y que los catalogue como dilapidadores de recursos. Trump es trumpista, más que republicano. Pero los demócratas le envidian la visión que tuvo sobre América Latina en su política exterior.

Ya la atención no la concentra una Europa belicosa y envejecida sino la necesidad de alambrar el continente latinoamericano para contener a China. La energía y la minería se vuelven cruciales. Se reinstauraron todas las agencias de cooperación para inversiones privadas que miran el atractivo del país con ojos de enamoramiento. Allí es donde entra Argentina para Washington en una relación bilateral inédita basada en la estabilidad fiscal del RIGI que asegura hundir inversiones por tres décadas y resolverlas –si se pone difícil- en tribunales internacionales. La duda que trasunta lo que dicen los operadores en Washington es cuándo se cerrará esa ventana de oportunidad.

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