Ver la entrega de premios en la final del campeonato mundial de fútbol Sub-20 ilusionó con otra Argentina posible. Los futbolistas eran el espectáculo. La gente disfrutaba la entrega de la copa, del botín de oro a Javier Saviola y las medallas de subcampeones a los jugadores de Ghana, desde la tribuna. Nadie intentó bajar al campo, desnudar a los jugadores, llevarse trozos de césped o robarles a los fotógrafos.
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Luego el centro del campo quedó reservado a los jugadores de donde partieron a dar la vuelta olímpica. Los fotógrafos no pudieron empañar el festejo porque se los mantuvo en lugares limitados. El público jamás intentó invadir el campo de juego. Familias contemplando el fútbol hicieron pensar que hay otro país posible y que son minorías favorecidas por leyes contemplativas los que alejan a esas familias de las canchas.
El fútbol no sólo es un negocio para los clubes, lo es también para las barras bravas. El cobro de «protección» a los quioscos alrededor de las canchas, la reventa de las entradas de favor, el apriete a los jugadores para que «donen» unos pesos, la distribución de droga en las tribunas, el manejo de los cuidadores de autos, todo favorece a los delincuentes.
Público irreal
En la Argentina de todos los días no faltan los periodistas «progre», como aquel del programa de cable «El aguante» que en la emisión de «Código F» muy suelto dijo: «No me gusta el público que va al Mundial Sub-20, porque no es un público real».
Ese mismo público «irreal», conformado por familias con chicos, por gente que trabaja y no se dedica a los «negocios» de los barras bravas, se volcó en forma masiva al Obelisco a seguir festejando, en un país que hoy no parece tener demasiados motivos para celebrar nada. No hubo casi incidentes, «escruches», «pungas» o avalanchas, habituales en estas ocasiones. Afortunadamente ayer, al menos por un día, ganó la otra Argentina, la que debería prevalecer los 365 días del año.