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Para conmemorar los diez años de la asunción de Néstor Kirchner como Presidente, el Gobierno Nacional ha convocado un festejo en Plaza de Mayo, utilizando como consigna la idea de la "década ganada".
Sin dudas, estamos ante un nuevo intento del aparato de propaganda oficialista por fortalecer el relato, a partir de otra fecha supuestamente fundacional, con cuya elección no sólo agravian la gesta heroica y emancipadora de la Revolución de Mayo sino que, además, desconocen el esfuerzo que puso el pueblo argentino en encontrar una salida a la profunda crisis que se desencadenó a fines de 2001.
Una década que tiene como común denominador el signo político y el nombre de los gobernantes, pero que difícilmente puede analizarse de manera homogénea, en términos de lo que ha sido la situación nacional, el contexto internacional e, incluso, las políticas públicas que se implementaron.
Un período de tiempo que también podríamos considerar que comenzó con Duhalde, el mentor político del gobierno kirchnerista, al que le legó numerosos funcionarios públicos de primera línea, dando cuenta de la continuidad de un modelo.
No obstante estos cuestionamientos, me parece oportuno aprovechar la ocasión para realizar un balance de lo que ocurrió en nuestro país, intentando evitar la subjetividad propia de un opositor, a partir de indicadores que no dejan lugar a dudas respecto de los actores que pueden considerarse ganadores de la década.
El propio Poder Ejecutivo ha centrado su discurso en algunos de esos indicadores - como la evolución del PBI, el desempleo y el salario real - pasando por alto que en el mundo, durante los últimos años, muchos han sido fuertemente cuestionados por sus sesgos economicistas y que particularmente en Argentina, resulta imposible su utilización y comparación, producto de la intervención del INDEC ocurrida en el 2007, que desembocó en un falseamiento de las estadísticas públicas.
Por ejemplo, Naciones Unidas ya no se limita a hablar del Índice de Desarrollo Humano, sino que también propone medir la Felicidad Nacional Bruta, tomando en cuenta la promoción del desarrollo socioeconómico sostenible e igualitario, la preservación y la promoción de valores culturales, la conservación del medio ambiente y el establecimiento de un buen gobierno.
De esta forma, es insuficiente que se plantee aisladamente como logro, el dato del fenomenal crecimiento del PBI, los cinco millones de empleos formales que se crearon o los dos millones de nuevos jubilados.
Porque la realidad nos demanda analizar esos datos de la economía, sustentados muchas veces en el fuerte incremento de los precios internacionales de los commodities y los procesos de crecimiento económico registrados en otros países del mundo, en contraste con otros que el Gobierno Nacional prefiere ignorar.
Es que el Coeficiente de Gini - que muestra la desigualdad - cayó sólo un 11%, mientras el PBI se incrementó en un 83%. Y los niveles de pobreza se ubican en torno al 25%, revelando que todavía hay cerca de once millones de pobres, de los cuales dos millones son indigentes.
Dónde están los ganadores de la década, si un millón de jóvenes en Argentina no estudia ni trabaja; y si el desempleo juvenil triplica al registrado en los adultos, según datos del propio INDEC. Si el trabajo precario persiste y alcanza niveles que rondan el 40%; y si más de dos millones de los nuevos puestos de trabajo fueron creados en el sector público, a costa de un fuerte crecimiento del gasto que asfixia a las economías provinciales.
¿Se puede hablar de "década ganada" cuando la enorme mayoría de los jubilados - incluidos los nuevos - perciben haberes de hambre y sus juicios se acumulan en los tribunales, mientras los fondos de la ANSES se despilfarran en cualquier otra cosa y a ellos se les va la vida?
Una década tras la cual la inflación trepó a más de un 25% anual, funcionando como un verdadero impuesto a los sectores más vulnerables de la población que, a diario, padecen cómo este flagelo corroe el poder adquisitivo de sus escasos ingresos.
Una década en donde los casos de corrupción han estado a la orden del día y se han vuelto cada vez más escandalosos. No es casual que, conforme el Índice de Percepción que elabora Transparency Internacional, Argentina haya caído del puesto 92 - en 2003 - al 102 - en la actualidad, que comparte con Gabón y Tanzania, por debajo de otros países como Panamá, Chile, Uruguay, Costa Rica, Jamaica y China.
Lo que nos dejó el crecimiento económico es el sabor amargo de haber desaprovechado una oportunidad histórica de avanzar en la reducción de la desigualdad, combatir la pobreza y terminar con concentración económica; de sancionar una reforma tributaria integral de carácter progresivo y concretar inversiones estratégicas en áreas como la salud, la educación, el transporte y la energía.
Por eso, frente a una gestión que no tuvo la inteligencia o la voluntad política de llevar adelante las reformas estructurales que nuestro país requería para generar un modelo productivo sustentable con empleo decente para todos, sería mucho más preciso hablar del tiempo que desperdiciamos.
Un tiempo en el que los vencedores han sido los funcionarios que se enriquecieron y las grandes corporaciones que multiplicaron sus riquezas, entre otras cosas, a partir del otorgamiento de subsidios multimillonarios a los servicios públicos sin ningún tipo de control; la expoliación de nuestros recursos naturales y la cartelización de la obra pública.
Un modelo de saqueo que para subsistir exige impunidad y permanencia. Los ataques a la libertad de expresión y la reforma para controlar la justicia son un producto de esa urgencia gubernamental. La urgencia de tapar la verdad y que la Presidenta de la Nación sea reelecta a cualquier precio. Es poco lo que la década kirchnerista nos deja para celebrar.