30 de mayo 2001 - 00:00

Es un error hacer el canje con estas tasas

Es un error hacer el canje con estas tasas
El megacanje debió haber sido lanzado una vez reducida la percepción del riesgopaís por parte de los inversores. Lamentablemente, las dificultades que ha tenido el gobierno para poder lograr este resultado han transformado el megacanje en el único camino posible para reducir la incertidumbre y, por ello, la obsesión de analistas y operaciones por seguir su evolución y resultado.

Esto no es casualidad. La Argentina enfrenta la posibilidad de una cesación de pagos; no inmediata, pero sí en cuestión de algunos meses. Hay dos caminos para salir de esta situación. El primero, ganar credibilidad ante los inversores y analistas tomando las medidas necesarias para garantizar un país que se desarrolle y sea viable en el largo plazo. Como de credibilidad deviene la palabra crédito, éste se incrementará y se abre así la expectativa de que los vencimientos futuros que debe enfrentar el Estado puedan ser refinanciados. La otra vía es reducir los compromisos de pago a niveles que el país pueda enfrentar con la escasa capacidad de financiamiento disponible hoy.

En este último sentido, apunta el megacanje. Es una forma de decirles a los inversores que «patearemos» hacia más adelante, hasta 2005, parte de nuestros vencimientos de deuda. Por lo tanto, que hay más probabilidades de que podamos contar con el crédito disponible necesario para cumplir con nuestros compromisos hasta dicha fecha, porque éstos serán menores. Allí empiezan los problemas, ya que dicha capacidad de endeudamiento dependerá de la credibilidad y de las medidas que tome el gobierno para ganársela.

• Sin obligaciones

Hoy, los inversores no saben muy bien hacia dónde apunta la gestión del actual ministro de Economía. No se ha anunciado ninguna medida que avance en las reformas estructurales pendientes. Por otro lado, estas exigencias desaparecieron como metas cualitativas del acuerdo con el FMI, por lo cual el gobierno no tiene ninguna obligación expresa de llevarlas adelante.

Una vía para saber hacia dónde va el gobierno es analizar las medidas desde la asunción del ministro Cavallo. Parte de lo realizado por el Ministerio de Economía hasta ahora fue un arsenal de medidas financieras, de recortes de gasto y, principalmente, de aumento de impuestos que permiten postergar en el tiempo una eventual cesación de pagos. Sin embargo, también, podemos encontrar algunas medidas que son de largo plazo. La primera de ellas fue la decisión de ampliar la convertibilidad incorporando el euro al aval del peso, lo cual generó una gran incertidumbre entre los inversores y los consumidores. La segunda fue el Decreto 439, que avanzaba sobre la independencia del Banco Central y sobre el régimen de convertibilidad, lo cual está prohibido por la ley que dio origen a los «superpoderes» en la que se justificó su redacción. Esto elevó aun más la percepción de riesgo, sumándosele la desprolija remoción del presidente de la autoridad monetaria. Por último, están las políticas de entregar beneficios impositivos y crediticios sectoriales para dinamizar dichas actividades.

En el primer y segundo caso, las medidas fueron justificadas explícitamente como un cambio para paliar los problemas de competitividad y de presiones deflacionarias que tiene la Argentina debido a tener atada su moneda a un dólar que se apreció, lo que la mantiene en una recesión que lleva casi tres años. En el segundo, el objetivo apuntaba a liberar crédito y a más baja tasa de interés.

Lamentablemente, el diagnóstico de que la actual recesión es causada por un problema de competitividad es errado. Para ello, es bueno ver la distinta evolución de los índices de precios al consumidor de la Argentina y de EE.UU., ya que ambos usan la misma unidad de cuenta, el dólar. Como vemos en el gráfico I, mientras en la segunda los precios estuvieron creciendo continuamente, en nuestro país hay presiones deflacionarias desde la segunda mitad de 1998. La gran diferencia es que, en la gran potencia del Norte, las tasas de crecimiento económico de los últimos años han sido récord; en tanto, en la Argentina vivimos una recesión desde el tercer trimestre de 1998.

En el segundo gráfico, tenemos la evolución de la relación entre el índice de precios mayoristas, que nos muestra la evolución de los precios recibidos por los productores locales de bienes y servicios comerciables internacionalmente (cuya canasta componen mayoritariamente), y sus costos de producción, que están determinados por los bienes y servicios que no se pueden transar con el exterior (que componen mayoritariamente el índice de precios al consumidor). Esta es una buena medida de la trayectoria de la competitividad y muestra que, desde principios de 1996 hasta mediados de 1998, la economía crecía, mientras este indicador decaía. En tanto, desde principios de 1999 y hasta la actualidad, mientras la competitividad mejora, la recesión continúa.

Estos resultados son lógicos: sólo alrededor de 10% de la producción de bienes y servicios argentinos se exporta. El restante 90% es absorbido por el consumo y la inversión, los que dependen de la confianza. Si esta última decrece, el ingreso de capitales que financia la demanda interna se cae, y también lo hace la propensión a consumir y a invertir; lo cual hace disminuir la producción local.

En el segundo semestre de 1998, la Argentina tuvo que enfrentar la incertidumbre que generó la crisis rusa sobre la estabilidad brasileña. Luego, a principios de 1999, la debacle del plan real hizo pensar que arrastraría al plan de convertibilidad argentino. En el segundo y tercer trimestre de 1999, tuvimos que lidiar con un inminente recambio de gobierno y de partido político en el poder, cuando históricamente estos procesos habían sido traumáticos en nuestro país. A finales de ese año, la sumatoria de la apuesta de consumidores e inversores al éxito de la futura gestión del nuevo gobierno de la Alianza impulsó el ingreso de capitales privado, el gasto interno y la producción. Lamentablemente, esto duró poco, ya que el gobierno no logró transmitir la imagen de ejecutividad y liderazgo que permitiera generar la confianza necesaria para sostener el nivel de actividad creciendo.

En el tercer gráfico, podemos ver el efecto negativo que tuvieron, sobre la percepción de riesgo-país, las medidas de largo plazo tomadas por este equipo económico (ampliación de la convertibilidad, proyecto que sería recomendable que sea retirado del Congreso o rechazado mayoritariamente por el Senado y Decreto 439), ya que se basaron en un diagnóstico equivocado. Recién a partir de los rumores sobre el megacanje y su posterior anuncio, hubo una disminución de la incertidumbre.

Sin embargo, debemos ser conscientes de que el megacanje es una forma cara de comprar tiempo. Por lo tanto, debemos aprovecharlo para mostrarles a los inversores que el poder político está convencido de que tiene que avanzar en el rumbo correcto, es decir, reforma del Estado, el sistema previsional, el régimen de salud, el perverso e ineficiente sistema de subsidios, la forma en que se relacionan fiscalmente las provincias y la Nación (coparticipación y ATN). Lo ideal sería que se anuncie la voluntad de avanzar en ese sentido antes o con el «megacanje» para poder aprovechar la mayor confianza que esto generará para incentivar un mejor resultado de esta refinanciación voluntaria de deuda.

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