Atrapante thriller veloz y alucinado

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Horacio Castellanos Moya «Baile con serpientes» (Bs.As., Tusquets, 2012, 169 págs.)

Todo ocurre en apenas tres días con un vértigo que deja sin aliento. Eduardo Sosa es un sociólogo tan desempleado que se dedica a haraganear en casa de su hermana y su cuñado. Un día ve estacionado ahí no más un Chevrolet amarillo destartalado, de los años 50, donde vive un huraño harapiento que repugna a la gente decente y los comerciantes del barrio.

Sosa que considera que la sociología ya no sirve para nada, se dedica a fastidiarlo buscando charlar con el indigente. Y el tipo, un día que sale a recoger basura que vende para vivir, cede y le cuenta que se llama Jacinto Bustillo. Van a un bar a charlar y llenarse de alcohol, pero un enano contrahecho intenta tener sexo con Jacinto y lo muerde allí donde más duele, y Jacinto lo mata de un certero botellazo. Eso hace que Sosa desenfunde su sevillana y degüelle a Jacinto para asumir su personalidad. Así se instala en el auto amarillo donde, para su sorpresa, hay cuatro serpientes amistosas y charlatanas que le hacen saber que Jacinto era contador de una gran empresa y perdió todo por una infidelidad, por la venganza del marido de su secretaria, jefe de Inteligencia y Combate de Antinarcóticos.

Comienza una intensa amistad, que llega al amor de Eduardo Sosa con las que llama sus «muchachas», que por azar irán provocando un orgía de sangre, una masacre desaforada e inconcebible, que llega a hacer tambalear al gobierno y a crear entre los marginales un comité de solidaridad con «las justicieras».

Si a esto se cruza la intervención de un investigador policial y de una periodista de un diario sensacionalista que quiere conseguir la nota que la consagre, se tiene una novela tan curiosa como atrapante. Un thriller veloz y alucinado. Un sarcasmo nihilista y un broma negra a las candideces del realismo mágico, hasta con un final buñueliano donde todo vuelve a la siempre aparente normalidad. El lector siente que esconde una burla feroz del poder que provocativamente siempre está diciendo más de lo que se lee.

«Baile con serpientes» parece surgida del Grand Guiñol, ese teatro efectista, violento, sangriento, que sacudió a París a fines del siglo XIX, y fue amado por los surrealistas. Tiene mucho del realismo delirante que inventó el gran escritor argentino Alberto Laiseca. Es por momentos unos de esos cross a la mandíbula del lector que demandaba Roberto Arlt. Mientras se lee irrefrenablemente se piensa que Eduardo Sosa es un Patrick Bateman, protagonista de «American Psycho», latino y subdesarrollado. Que si fue inspirada tras la visión de la «Pulp fiction» de Quentin Tarantino puede a su vez haber inspirado a Guillermo Arriaga para escribir «Amores perros».

A Horacio Castellano Moya que nació en Honduras, es considerado por tradición familiar y vital, el mejor escritor salvadoreño, aunque por lo común esta radicado en el D.F. de México. Esta novela es una excepción en una obra que utiliza el humor más negro para enjuiciar la sociedad latinoamericana. Lleva publicados 18 libros donde hay novelas que lograron premios internacionales, libros de cuentos, de ensayos y de poemas. «Baile con serpientes» se publicó originalmente en 1966, pero recién ahora llega a la Argentina.

M.S.

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