Avistajes espectaculares en la costa del Golfo Nuevo

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«Austral» por el hábitat, «franca» por su confianza. Para los angloparlantes, «the right whale», o «la ballena correcta». Los ejemplares que cada año brindan en Península Valdés un espectáculo único en el planeta le deben ese nombre a su facilidad para acercarse a las embarcaciones, sin atisbos de temor. Pero por entonces no eran animales para ser contemplados, más bien eran presa fácil de los pesqueros que se disputaban su grasa. Ese comportamiento por poco no costó la extinción de la especie, un extremo que hoy es combatido gracias a distintos programas de protección.

Una caravana de turistas ansiosos caminan las dos cuadras que separan las agencias de turismo del pueblo de Puerto Pirámides (a 77 kilómetros de Puerto Madryn) hacia la orilla, desde donde parte el bote que los adentrará en las aguas del Golfo Nuevo. Los guías advierten: «Esto no es un zoológico, es su ecosistema natural, por lo que no está garantizado que las ballenas hagan piruetas». «No puedo dar una orden y hacerlas saltar», explicó Ernesto Iván Ricci, directivo de la Asociación de Guías Balleneros.

Una vez embarcados y tras unos diez minutos de navegación, el capitán Pablo Martín baja la velocidad y apunta con el dedo. Los pasajeros hacen silencio. A menos de 50 metros se observa una aleta, gira y aparece la tan buscada cola. Están los adultos que se emocionan y lloran, los niños que estallan en carcajadas o los que observan en silencio.

«No está sola, hay una hembra y cuatro machos», indica Martín. «Lo que estamos viendo es un acto de copulación», confirma, mientras el mar se mueve en remolinos. De acuerdo con los investigadores, las hembras dificultan la labor de copulación colocando su sexo hacia la superficie, por lo que el macho debe forzarla para que gire, tarea para la cual cuenta con la colaboración de otros de sus pares, que también buscan fecundarla. La «batalla» puede prolongarse por horas.

SONIDOS

Si bien parecieran no necesitar intimidad, la embarcación da un paso atrás. A una distancia corta, otro ejemplar capta la atención de los guías. «Miren ahí, no dejen de mirar», desliza Martín. De repente una mole de 40 toneladas y quince metros de largo se abre paso de punta al cielo para luego dejarse caer, y, por fortuna, dos ejemplares la copian en el horizonte. Los sonidos por el impacto de las caídas en el agua rebotan en las paredes de los acantilados y juntos conforman una orquesta natural única e irrepetible. Después, una ballena y su «pequeña» cría se aproximan a centímetros del barco. Tienta tocarlas, pero el contacto está completamente prohibido.

La temporada de avistaje comenzó a mediados de junio y se despide a mediados de diciembre, cuando los cetáceos, después de haber permanecido por meses en cercanías de Península Valdés, tanto para reproducirse como para parir y amamantar, se adentran al mar para ingerir krill, su único alimento. La experiencia de avistaje dura una hora y media y el éxito está ligado tanto a cuestiones climáticas como a la voluntad y predisposición de las ballenas.

Por otra parte, de la cantidad de excursionistas depende la embarcación que se utilice. Puede ser un catamarán con capacidad para más de 40 pasajeros o un gomón semirrígido. Esta última opción es mucho más conveniente para los que deseen tener un acercamiento «cara a cara» con los animales.

Otra posibilidad de avistaje se da en la zona de El Doradillo, ubicada a 13 kilómetros de Puerto Madryn, donde los cetáceos pueden verse desde la orilla, en tierra firme.

EXCURSIONES

Además de toda la actividad relacionada con la ballena franca austral, en la Reserva Natural Península Valdés pueden disfrutarse otras propuestas de aventura, tales como kayak por los golfos Nuevo y San José. Además, se ofrecen excursiones con bicicleta, cuatriciclos y pesca deportiva. Esta tierra, muy rica en fauna, también permite a quien arribe la posibilidad de encontrarse en cualquier época del año con otras especies, como delfines en otoño e invierno; pingüinos en primavera y verano, y orcas.

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