Bellísimo documental para ver y admirar en pantalla grande

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«¡Vivan las antípodas!» (id, Leven van de antipodes, Arg.-Alem.-Hol.-Chile, 2011, habl. en esp., rus., ingl. y otros). Documental.

El viajero ruso Victor Kossakovsky, un pan de Dios, tiene una suerte de decálogo para documentalistas, que dice, por ejemplo, «No trate de salvar al mundo. No trate de cambiar el mundo. Es mejor que su película lo cambie a usted», «La vida es irrepetible e impredecible. Recuerde que las mejores tomas capturan momentos irrepetibles de la vida», «Piense, en primer lugar, lo qué sentirán los espectadores», «Trate de seguir siendo humano».

Aconseja el desarrollo de la intuición, de la percepción, el descubrimiento del mundo, y como décimo mandamiento concluye: «No siga mis reglas. Encuentre las suyas propias. Siempre hay algo que sólo usted puede filmar». Lo que él filmó en esta película, por ejemplo, quizá también pueda hacerlo otro. Pero cómo lo filmó, y lo hilvanó, con ese particular humorismo, su sentido de las asociaciones, la pericia que tiene para registrar paisajes impresionantes y situaciones singulares, y recordarnos sin decir nada nuestro propio asombro, cuando de niños descubrimos la gran belleza del planeta, eso es difícil que otro lo haga tan agradablemente como él.

«¡Vivan las antípodas!», coproducción germano-holando-argento-chilena, se ve con placer y admiración. El hombre nos descubre ocho lugares geográficamente opuestos pero a veces singularmente parecidos: la cabaña de un ovejero en Torres del Paine, frente a la cordillera, y la de una mujer junto al lago Baikal, una playa de Nueva Zelanda donde la gente acompaña la agonia de una ballena, y la gran peña de Miraflores de la Sierra donde viven en soledad pequeños invertebrados, una isla de Hawai y un villorio de Botswana, cuyos habitantes hacen vida normal mientras ahí cerca brama un volcán o pasan elefantes y leones al por mayor. Y el gran contraste: la vieja balsa a maroma San Justo, sobre el Gualeguay, atendida por dos hermanos, frente al puente de 16 kilómetros de largo sobre el Yangtsé, junto a la populosa y sucia Shanghai.

Estremece ver, y escuchar, como nunca la lava ardiente de un volcán derramándose sobre el camino, o seguir el vuelo de un cóndor, uno de los varios que cuando cae la nieve se refugian en los huecos de las paredes rocosas vecinas al ovejero. Fascinan los paisajes, divierten los hermanos, con sus comparaciones criollas y la pachorra propia de quien tiene la vida resuelta con muy poco. Sorprende el recurso excelente de girar la cámara para ponernos de cabeza en una antípoda, tal como imaginan los niños, y la selección de temas musicales, donde un chamamé acompaña el tránsito por una autopista china, una canción hawaiana la tarde en el arenoso pueblo africano, un valsecito criollo el recorrido por un barrio que parece Villa 31 pero está al otro lado del mundo. Es que el mundo está más unido de lo que parece.

En resumen, una película original, tranquila y hermosa, para apreciar en pantalla grande, gozar, y agradecer. Unico defecto, la balsa a maroma está tomada en días de mucha bajante, de modo que no la vemos funcionando, sino como simple puente más o menos fijo. Todo no puede ser.

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