"Soy un escritor agnóstico que intenta averiguar en qué creen exactamente los cristianos actuales", declara Carrère. De pronto se ve "rezando el credo: 'Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra'. Ustedes creen en Él, pero ¿cómo lo ven? ¿Como un barbudo encima de una nube? ¿Como una fuerza superior? ¿Como un ser a cuya escala la nuestra sería la de unas hormigas? ¿Cómo un lago o una llama en el fondo del corazón? ¿Y en Jesucristo, su único Hijo, que subió a los cielos y 'desde allí va a venir a juzgar a los vivos y a los muertos y cuyo reino no tendrá fin? Háblenme de esa gloria, de ese juicio, de ese reino. ¿Creen que resucitó realmente?" Podría parecer el comienzo de una retahíla lanzada por alguien que se declara ateo. Pero es parte de la estrategia literaria de Carrère, que empieza su libro contando cómo dejó de participar en el guión de la serie "Les revenants", sobre resucitados que aparecen en un pueblo, y que le sirve de disparador para hablar de Jesús, el Resucitado.
A partir de su extraordinario libro "El adversario", donde trata de un impostor que para cubrir su engaño asesina a toda su familia, Carrère ha hecho de la entrevista con el protagonista parte central de la historia. Una historia donde él mismo participa narrativamente a partir de ese dramático encuentro. En "El Reino" se trataba de encontrar un católico, un ferviente católico, y descubre que lo tiene muy cerca, fue él mismo. Fue un niño católico por tradición familiar que pronto se aleja de la religión. Regresa más tarde, en medio de una crisis personal, profesional, matrimonial, alcohólica, es un reencuentro con el Salvador, auspiciado por una madrina mística. Vuelve con la apasionada fe de los conversos. Deja de pensar con Borges que la teología es una rama de la literatura fantástica. Se vuelve un fundamentalista, un anacoreta, abandona la literatura, escribe una biografía de Philip K. Dick, guiones para televisión, acepta sólo "trabajos alimenticios". Es de misa diaria. De leer los Evangelios con devoción porque desde allí Dios le habla. "Y no bastaría la vida entera de un cristiano para agotar un modesto versículo". Lleva un cuaderno diario (serán ocho en total) donde busca entender la fe. Admira a Juan, ése al que entre nosotros el cura Leonardo Castellani llamaba El Apokaleta. Confronta a Pablo con Lucas, son el Quijote y Sancho Panza. Pablo el converso, el de la Revelación que de lapidar cristianos pasa a propagar "la buena nueva" que trastorna los valores, y así forjará una comunidad que no dejará de crecer, de ser Iglesia.
Lucas es el cronista (al que Carrère parece sentirlo su alter ego) que pone en presencia de Jesús. Desde "El adversario" Carrère ofrece novelas extrañas sobre seres extraordinarios. En "El Reino" mezcla ensayo, novela histórica, investigación de los Evangelios, confesión personal que no ahorra intimidades, pasa de la ironía a la polémica, de lo superficial a lo trascendente. Y finalmente relata su desconversión, su retorno a la seriedad del agnosticismo. El agnosticismo del que fuera un hombre de fe y que tal vez los sigue siendo, "porque el verdadero cristiano es el que no sabe". Carrère tiene algo del sociólogo Roger Caillois y el filósofo René Girard.
En su libro "Poncio Pilatos, el dilema del poder" Caillois sostiene la ucronía de que el prefecto romano en Judea deja en libertad a Jesús, que sigue predicando hasta la vejez con reputación de sabio. En la siguiente generación ha sido olvidado y el cristianismo no existe. Lo real es que dos mil años después el cristianismo es un organismo vivo, por más que "haya traicionado el mensaje del rabino Jesús de Nazaret, el más subversivo que jamás haya vivido sobre la tierra", según Carrère. Y frente a los chivos expiatorios, a lo sacrificial en el mundo, parece sostener con Girard, la solución en ese Reino que hace comunidad, pacto amoroso. Carrère concluye "soy un hombre inteligente, rico, de posición; otros tantos impedimentos para entrar en el Reino. Con todo, lo he intentado", y se pregunta si su obra "traiciona al joven que fui, y al Señor en quien creí, o si, a su manera, les ha sido fiel. No sé. Uno de los mayores escritores actuales de Francia ofrece un libro sorprendente, deslumbrante, y por momentos abrumador.
| Máximo Soto |



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