- ámbito
- Edición Impresa
Charlas de Quincho
Confesiones de invierno en Olivos: el ex presidente le dijo al gobernador bonaerense que se limitará a ocupar una banca en Diputados, pero nada de encabezar bloques o comisiones; el gobernador, a su turno, aseguró que sólo aspira a una reelección en su cargo, no a competir por la presidencia. Un café privado con fuertes definiciones políticas en la quinta presidencial. Otro café (la gripe recorta las reuniones más grandes), en el que kirchneristas porteños -esa especie en extinción- se juramentaron a impedir el ingreso al PJ del alcalde porteño. Quizá también por la gripe, sólo 30 invitados para el cumpleaños de célebre ex ministro de Economía que lanzó una inquietante profecía. En cambio, hubo nutrida concurrencia para homenajear a un canciller visitante, sin vino ni carne. Veamos.
Daniel Scioli
De ese encuentro en Olivos, previo a la partida sorpresiva del jueves a la mañana de Kirchner a El Calafate (esperó allí a Cristina de Kirchner el viernes, que venía de Asunción del Paraguay), salió todo lo que se ha visto y se verá en el oficialismo, como Scioli junto a José Pampuro (tercero en la sucesión presidencial, que sueña algún día con firmar los billetes que imprime el Banco Central) aguantando en la Rural las críticas al Gobierno de los activistas de la Mesa de Enlace con la sola respuesta que todos entienden: Soy el mismo Daniel de siempre, no se olviden». Para los de la Rural significa una sola cosa, que pueden llamar cuando quieran y que él llevará los pedidos del campo hasta el despacho presidencial (hoy) pero que después ya no depende de él. También escuchó lo mismo Kirchner de boca del gobernador: Ya sabés cómo me he portado con todos los que me ayudaron en política. Vas a escuchar que van a decir que nos peleamos, que me abrí, pero acordate que soy el mismo Daniel de siempre.
No le dijo Kirchner que él es el mismo Néstor de siempre; el ex presidente ve con fruición -al menos por el relato de esta reunión que hizo a sus íntimos- esta imagen que busca imponer de extremo renunciamiento, hasta de sus convicciones. Escuchó la dramatización que hizo Scioli ante él de la necesidad de que la gestión en la provincia sea un éxito porque de eso depende la suerte del Gobierno nacional. Para eso, expuso, hay que reconocer en los hechos la derrota en Buenos Aires y avanzar en una captura de todo el peronismo que se pueda, esté donde esté, en el oficialismo, la disidencia o la oposición. Scioli le explicó a Kirchner el clima que había recogido en sus charlas con todos los sectores: todos quieren colaborar, todos dicen necesitar a todos. La picardía de esta estrategia se apoya en lo que el peronismo es para sus militantes: una forma de estar en la nómina salarial. Por eso mañana, cuando reciba a Francisco de Narváez y a Felipe Solá en su despacho de La Plata en el primer round del diálogo político a nivel local, va a abrir la grilla de cargos. ¿Cómo? Desde un ministerio hasta sillas en el directorio del Banco Provincia. No hay peronista que aguante un cañonazo semejante, imaginó en Olivos esa dupla de Kirchner-Scioli que se han llevado siempre mucho mejor de lo que quieren mostrar (fueron el ticket de 2003 y 2009, pueden serlo en 2011). El mensaje a estos opositores a los que Scioli no tiene ningún prejuicio en halagar -es su método de sumar todo; lo demostró el cariño con el cual saludó el jueves a Felipe Solá por su cumpleaños 59- es éste: ¿Son peronistas? Sí. Si son peronistas, ¿quieren gobernar? Sí. Entonces acá están los cargos; si no los aceptan ustedes, se los doy a los disidentes que ustedes dejaron afuera de las listas, los de la línea Osvaldo Mércuri-Carlos Brown. La oferta seguro que va a conmover a estos opositores de ocasión, como conmovió al «Momo» Venegas la noticias de que pasó el invierno y que puede recuperar los cargos que gente de él tenía en la administración provincial hasta que se le ocurrió a sumarse a aventuras opositoras. ¿Cuánto puede durar esta oposición de los disidentes si se le ofrece lo único que los mueve a hacer política, que es tener cargos en cualquier gobierno?
Scioli improvisó ayer en su casa de La Ñata (partido de Benavídez, Luján, sobre el río Luján) una reunión de asesores, funcionarios y entornistas para atornillar lo que hará hoy (visita a solas a Cristina para trasladarle reclamos del campo que cree hay que escuchar) y mañana (cita con los punteros de PRO), dos ocasiones que necesita no fracasen porque son la antesala de su gran gesto; estar el sábado en la inauguración de la Rural, sitio en donde cree puede lanzar un armado que lo ponga en posición de pelear a las otras bancas que van armando dentro del oficialismo. Una, que mira también con recelo Kirchner desde Olivos, es la que tiene a Alberto Fernández como consultor, aunque no estratega, y trata de juntar a gobernadores de la línea generacional como Jorge Capitanich, Sergio Urribarri y Juan Manuel Urtubey. La consigna de este grupo -que tiene poder en sus distritos- se resume en la palabra «diferenciación». Del Gobierno, por supuesto, lo mismo que aspira a transmitir Scioli. Estos movimientos tienen un referente tácito y cuyas decisiones determinarán el rumbo final hacia 2011, que es Carlos Reutemann. El senador ha pasado a la clandestinidad hasta fin de año. Atiende teléfonos -Duhalde, José Pampuro- y explica que sostiene el proyecto presidencial para el próximo turno pero que no hará nada hasta el año que viene. Lole ya se ha diferenciado del oficialismo pero no hará nada afuera del peronismo. Este grupo de gobernadores y Scioli lo tendrán como socio si éste cumple con resignar la pelea presidencial y trata de repetir como gobernador, algo que es toda una jugada, ya que si no lo logra tendrá que irse a su casa para empezar de nuevo. Nadie imagina a un Scioli que no sea ascendiendo; por eso el torneo de miradas y recelos que provoca cada gesto del gobernador.
Por eso no extraña el piedra libre que ha dado a sus hombres para que operen en todas las trincheras, hasta las más riesgosas, como el almuerzo de cumpleaños (63) de Domingo Cavallo, a quien su esposa Sonia le preparó una mesa con menú exigente, ultralight -impropio de grandes comilones, como los amigos del ex ministro- para prevenirlo de colesteroles y otras sustancias que arruinan la salud. Con paciencia escucharon los pronósticos apocalípticos de Cavallo en el salón de la calle Balcarce al 900 de la Capital Federal dos sciolistas del Banco Provincia como Guillermo Francos (presidente) y Carlos Magariños (director), quienes se mezclaron con compañeros de ruta de viejas luchas como Haroldo Grisanti, Marcelo Regúnaga, Carlos Bastos, Ricardo Gutiérrez, Tomás Ferrari, Alfredo Castañón, Eduardo Oderigo (patrocinante en Tribunales del ex ministro en las infinitas causas que le complican la vida), Horacio Liendo, Jorge Asís, Atilio Alimena (defensor adjunto del pueblo de la Ciudad de Buenos Aires), el puntero cavallista porteño Martín Grynblat, José Luis Giménez (ex secretario privado), Elías Baracat (ex subsecretario de Comercio), Adrián Gómez (ex vocero), Pancho Rotta (ex compañero de la Universidad de Córdoba), Carlos Tombeur (ex Legal y Técnica del ministerio), Néstor Grancelli (que fuera funcionario de Arturo Frondizi), Luciano Laspina (economista del Banco Ciudad) o el compañero de Cavallo en sus caminatas atléticas por los bosques de Palermo (a las mañanas, no en esas noche turbias pobladas de traviesos, de los que huyen los políticos, que se sienten con la exclusividad en el ejercicio del travestismo). Como en toda corte en el exilio, hay jerarquías. Al ex Banco Provincia Ricardo Gutiérrez, por ejemplo, se le reconoce el rol de descubridor de Cavallo en los años 70, cuando era funcionario de una intervención en Córdoba y llevó al «Mingo» como secretario de Desarrollo Económico, primer cargo público que tuvo. Sin temor a reproches de setentismo -el otro, no el de los insurgentes de café con leche que ellos dicen gobiernan hoy- rieron Gutiérrez y Cavallo relatando historias viejas que pocos entendieron. Tampoco entendió mucho la mesa las quejas del ex embajador Ferrari, que viene de ser representante argentino en Vietnam durante nueve años. Ya se creía un vietnamita más y dice no comprender lo que pasa en el país. Esa larga embajada se parece a otras que, si el Gobierno se enterara, cesaría, como las de Rodolfo Gil en la OEA o la de Jorge Remes Lenicov en Bruselas, que se parecen a aquellas embajadas del Renacimiento que eran vitalicias y los emisarios de un rey envejecían en tierras extrañas, olvidados hasta para enviarles las rentas para sobrevivir, cuyos gastos debían pagar de su bolsillo. Estas embajadas interminables las explican en la Cancillería en que los gastos de traslado son tan altos que a veces es preferible dejar al embajador allá lejos. Ferrari hizo sonreír a algunos con anécdotas de su costosa readaptación a la vida criolla (y gris) en un despacho de la Cancillería. A Rossi el conjunto le reconoce el papel de ser una especie de delfín de Cavallo; éste lo llena de elogios cuando lo presenta y cree en todo lo que éste le cuenta de política exterior, expertise principal de este ex militante de Acción por la República.
Lo extenso de la mesa confinó a los 30 invitados -ojo, ninguna mujer, ni Sonia, que había controlado la dieta de los presentes- a coloquios cerrados con su compañero de silla. Sobre el final quisieron escuchar algún diagnóstico o pronóstico del cumpleañero, quien los sorprendió con esta profecía: el Gobierno de Kirchner va a tratar de remontar en popularidad anunciando alguna forma de nacionalización de los recursos naturales. Con eso piensa generar un gran debate en la sociedad, aprovechando el efecto que tuvo la campaña de nacionalismo básico de Pino Solanas en la Capital Federal. Kirchner, según esta especulación, aprovechará el respaldo que da siempre el público en todos lados a las reivindicaciones de la propiedad de los recursos y, de paso, podrá atraer hacia el oficialismo a muchos solanistas que no se conforman con el resultado de la elección porteña y pueden soñar, como otros peronistas, en acelerar el regreso a los puestos públicos. Varios de quienes estaban en la mesa juraron haber escuchado de directivos de Repsol que nunca han recibido de parte del Gobierno oferta alguna de compra por parte del Estado. Varios de ellos son abogados y discurrieron ante los legos de la mesa sobre las restricciones de la Constitución reformada para nacionalizaciones de recursos porque les pertenecen a las provincias. Si algo saben los cavallistas, es qué piensa Kirchner, que fue socio de ellos durante muchos años; conocen su pensamiento crítico de esa cláusula de provincialización que le parece nefasta porque los Estados provinciales, cree, terminan siendo siempre cautivos de los intereses de las empresas concesionarias -por algo lo dirá, él que fue gobernador de Santa Cruz, una de las principales provincias petroleras-. Esa idea alimentó más la especulación sobre alguna apropiación de los recursos por parte de la Nación, no tanto para sacárselos a los concesionarios, sino a los gobernadores.
Tanta munificencia kirchnerista para abrir el juego tiene sus límites, primero a quienes quieran hablar de proyectos presidenciales -nadie tiene resto para hacerlo- y menos si vienen de la vereda de enfrente. Eso se llama Mauricio Macri, a quien debe el oficialismo divorciar del resto del peronismo. Ésta es una batalla casi vecinal que se libra en la Capital Federal. El sello PJ está descabezado porque la militancia no reconoce la presidencia formal de Alberto Fernández y lo maneja una «orga» de militantes que se ha propuesto una sola cosa, no dejar lugar a un ingreso del macrismo al partido. Curtidos en derrotas electorales -salieron cuartos en el distrito-, los últimos restos del kirchnerismo porteño se reunieron para ponerle algún freno a la intención de peronistas del macrismo (Cristian Ritondo, Juan Manuel Olmos), que creen que es imparable el proyecto de los seguidores de Mauricio Macri de participar de una elección interna del partido y quedarse por lo menos con la minoría en la conducción. «¿Quiere Macri tener un pedazo de peronismo para decir que su proyecto presidencial tiene apoyo del PJ? Que se lo dé Ramón Puerta en Misiones, pero no nosotros», bramó Eduardo Valdés, uno de los fundadores del kirchnerismo porteño. Lo escucharon con entusiasmo Rafael Bielsa, Guillermo Oliveri, Jorge Telerman y Andrés Rodríguez, pero no encontraron ningún argumento para justificar esa pretensión. No los ayuda la desprolijidad de un Kirchner que autoriza todas las martingalas partidarias imaginables cuando le conviene a él, pero que los condenaría a las tinieblas exteriores si ellos autorizasen ese ingreso del macrismo. Tampoco tienen mucho que ofrecerle desde esa oposición casi desde las catacumbas a una militancia que ya fue siempre escasa, sin tener poder desde cargos u otras dignidades que justifiquen seguir pegados a un PJ que en las elecciones llevó a un extrapartidario como el comunista Carlos Heller, que tampoco les sirvió para aumentar en votos.
Más entusiasmado por estos reacomodamientos se mostró otro que busca espacios en el distrito, aunque se gana el sustento lejos de la Capital: el gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey. Se presentó después de la reunión con Cristina de Kirchner, en un asado que le había organizado en su provincia el lote de operadores que tiene en la Capital Federal. Fue en el quincho La Juntada, del que participaron el operador en las sombras de Urtubey, Moisés «Chino» Sánchez, Francisco Durañona, presidente del PJ de San Antonio de Areco y uno de los pocos «sin tierra» que ganaron la elección en territorio bonaerense, Agustín Castillo, dirigente que responde al intendente Humberto Zúccaro, Guillermo Piuma, Francisco Cafiero, Mariano Pinedo y Agustín Freixas. También participó de la cena Dalmacio Mera, flamante diputado nacional electo por el pueblo catamarqueño en histórica elección del 35%. Cuando ya se terminaba el «cuchi» asado (como nombran los salteños al chancho), Urtubey explicó su plan de armar una nueva plataforma con los gobernadores ganadores, pero tratando de seducir a los disidentes, buscando la unidad necesaria para competir en 2011 en elección que, dicen, será compleja ante el crecimiento de la figura de Cobos que concentrará a la UCR y todos los sectores opositores a la posibilidad de un nuevo Gobierno peronista. Acerca de su charla con la Presidente -sobre quien a veces desliza reproches por la falta de apoyos en momentos clave, como en las elecciones-, Florencio Randazzo y Aníbal Fernández, dijo haberles llevado un pliego con varios puntos que dice comparte el grupo de los gobernadores de la línea «generacional»: primero, una nueva política económica hacia las provincias porque el país ya no está en un período de expansión económica -es decir, pidió plata-. Segundo, postergar la pelea por nombres hasta nuevo aviso. Este punto torna irrelevantes las cuestiones de nombres -o sea, un pedido de tiempo para que alguno de los «generacionales» pueda estar en una candidatura presidencial en 2011, preferentemente él. Por último, trabajar en todos los sectores para que en esa elección presidencial el peronismo esté todo junto, algo que no comparte mucho un Néstor Kirchner que ha dedicado todos sus esfuerzos para distinguir a peronistas buenos y peronistas malos. «¿Nosotros somos buenos o malos?», preguntó un temulento que despertó las risas de todos. La chanza abrió el capítulo de la nostalgia y el simbolismo, algo que atrae mucho en los peronismos del Norte. Por ejemplo, se destacó el debut de Urtubey -que juntó a los congresales del PJ para desplazarlo del partido a Romero, una señal para que los Kirchner, dice, no lo ayuden más en elecciones- en el desfile del aniversario de Güemes. El gobernador, por primera vez, encabezó la marcha de los gauchos de Güemes empilchado para la ocasión con todos los atributos de primer mandatario provincial. Urtubey montó en Tío Julio, potro peruano bautizado en claro homenaje a Julio Mera Figueroa, padrino político y tío de sangre de Juan Manuel y Dalmacio Mera.
Para cortar con tanto folclore, hacemos un paso por la política internacional según se la vio la noche del jueves, en donde los invitados a una cena de postín en el hotel Alvear se inquietaban en estos términos: «¿Por qué no sirven vino? ¿Por qué no hay ningún plato de carne?». La pregunta se la hacían gentiles y judíos en el condumio organizado por la Cámara de Comercio Argentino Israelí en honor del canciller Avigdor Lieberman. (La respuesta, religiosa, más adelante.) Otra pregunta tuvo una respuesta menos unánime: ¿por qué Lieberman, que suele disparar fuego y azufre desde sus discursos, se limitó a un «speech» formal, en el que ni siquiera mencionó los dos atentados sufridos por la comunidad judía en la Argentina? «Estaba cansado...», justificó un alto funcionario de la Embajada de Israel. En la comida estuvieron el embajador israelí Daniel Gazit y el embajador argentino en Jerusalén, Atilio Molteni, los empresarios David Sutton (dueño del hotel), Lili Sielecki (Laboratorios Phoenix), Héctor Méndez, Osvaldo Rial y Rodolfo Acchille (Unión Industrial), Mario Montoto (su grupo es uno de los principales financistas de la Cámara), Maira Magenheim (Bank Leumi), Miguel Steuerman. También Aldo Donzis (presidente de DAIA), Guillermo Borger (titular de la AMIA), Carlos Frauman (Organización Sionista Argentina). Como se ve, nula asistencia de funcionarios del Gobierno, algo que se repitió durante toda la visita de Lieberman a Buenos Aires. La excepción a esta reticencia oficial para mostrarse con el canciller la hizo el gobernador bonaerense, Daniel Scioli, que ese mismo día por la tarde anunció la firma de un contrato para que una firma israelí construya una planta potabilizadora que dará agua corriente a dos millones de habitantes del Gran La Plata. Scioli es considerado por los israelíes como uno de los mejores amigos que tienen en la Argentina. En la mesa que había comprado Montoto, el politólogo Carlos Escudé explicaba su reciente conversión al judaísmo (que incluyó el ritual del «brit milá», o circuncisión). «Mi nuevo nombre hebreo -el que recibe todo judío al momento del «bautismo» quirúrgico- es Najmán Ben Abraham Avinu», relataba. «Najmán por Najmánides, un famoso rabino de Girona (toda mi familia es de allí), y Ben Abraham Avinu porque todos los conversos somos hijos del Patriarca Abraham». También relató que para fin de año envió a todos sus amigos una salutación ecuménica, por Navidad para los cristianos y por Janucá para los judíos. «La firmábamos con mi mujer: 'Los Escudé, matrimonio mixto'».
Para demostrar que el cambio de casaca en la política no es patrimonio de los «Borocotó» locales, en una de las mesas se acomodaba Ruhama Avram, una bella y muy llamativa diputada israelí. Esta muy linda dama había comenzado su carrera como secretaria-asistente del actual premier Benjamín Netanyahu, y hubo algún que otro escandalete alrededor de ella, que suele cambiar de color, largo y estilo de cabellera con mucha frecuencia. Tiempo después, siempre en el partido Likud de Netanhayu, logró ser electa diputada, pero cuando esa fuerza se partió, migró con armas, bagajes y banca al flamante Kadima de la ex canciller Tzipi Livni. Y perdió. Sin embargo, Liberman la eligió como una de los tres legisladores (una por su partido Israel Beiteinu, otro por Likud) que lo acompañaron en la gira. El tema en las mesas con los dirigentes comunitarios era la polémica provocada por el nombramiento del comisario Jorge «Fino» Palacios al frente de la Policía porteña, y también por el acto «espontáneo» del sábado pasado frente a la AMIA para homenajear a las víctimas del atentado. «Al 'Fino' lo acostó el Gobierno porque le ofrecieron dos veces ser jefe de la Federal y no aceptó. La segunda vez lo llamó la propia Cristina», decía un empresario con buenas conexiones en las fuerzas de seguridad. «No es cierto: nunca le ofrecieron nada», respondía un dirigente comunitario. Antes de retirarse, uno de los invitados perplejos recibió la respuesta al menú de crepes de verdura, combinación de salmones y tuille de chocolate blanco con frutos rojos: «Estamos viviendo los 17 días de duelo previos a Tishá Be Av (9 del mes de Av), fecha que marca las dos destrucciones del Templo de Jerusalén; en este período está prohibido comer carne y tomar vino».
Vamos a terminar con un chiste tuerca. Un hombre viene manejando su desvencijado Fiat 600 por el Acceso Norte rumbo a la Capital cuando el vetusto auto se rompe. El hombre se para al lado de la ruta a hacer señas pidiendo solidaridad. Y -sorpresa- se detiene un auto alemán, de lujo, convertible. Su conductor se ofrece a remolcarlo hasta la próxima estación de servicio, y el otro acepta encantado. Pero pone una condición:
-Mire, le pido que, como me imagino que esa máquina debe levantar velocidad sin que uno se dé cuenta, si veo que va demasiado rápido para mi auto, le hago luces para que aminore.
El conductor del auto alemán acepta, engancha el «fitito» y parte por la Panamericana. Pero a poco de andar se le aparea otro auto alemán, también de lujo, también convertible. Los conductores se miran, y sin necesidad de más, se lanzan a una carrera loca. Los autos van a 190, 200, 210 km por hora... y el conductor del «fitito» empieza a hacer luces desesperado. Pasan por un puesto policial y el agente acciona el radar, que marca 270 km/hora. El policía llama al puesto que está algunos kilómetros más adelante, para pedirles a sus compañeros que los detengan. Le preguntan marca y características de los vehículos, y el policía responde por la radio a sus colegas:
-Muchachos: son un Mercedes y un Porsche convertibles que vienen corriendo a 270 por hora. Y aunque no me crean, se los juro por la salud de mis hijos: un Fiat 600 viene atrás de ellos ¡haciéndoles luces para que lo dejen pasar!

