Cruce de los Andes por la senda del general San Martín

Edición Impresa

El pelo duro y revuelto, la piel resquebrajada y la vestimenta saturada de tierra. Faltan pocos kilómetros para culminar con la ardua travesía de seis días, y esa descripción se adapta a la totalidad de los expedicionarios, un combo de autoridades, periodistas, gendarmes, médicos y diplomáticos. «Vamos, Juanita», alienta Patricia Gómez de la revista El Federal a su agotada mula minutos antes de llegar a Manantiales, departamento de Calingasta, donde ya suena la diana y los aplausos comienzan a multiplicarse. Fue el mismo paraje del que habían partido una mayoría de jinetes novatos y habitués del asfalto, ahora convertidos en amateurs de la montaña.

Todo había comenzado una semana antes. Una mochila con dos mudas de ropa, protector solar y una buena reserva de hojas de coca para prevenir el «soroche» (mal de altura) formó parte del equipo personal, indispensable para hacerle frente a la Cordillera de los Andes. Ni bien culminó el trayecto en 4x4 que atravesó un sinuoso camino desde San Juan capital, fueron asignados las mulas y los caballos que acompañarían a cada protagonista de la experiencia. Los animales estaban identificados con números, pero en cuestiones de segundos fueron bautizados por sus propietarios temporales: Ramona, La Rubi, Juanita y Malena, entre otros. Sándwich de milanesa en mano y a rodar. «¡Viva la Patria!» grita Rulo, cantautor y futuro agitador de las noches de campamento. «¡Viva!», responde una columna exaltada. La expedición, organizada por sexta vez consecutiva por el Gobierno de San Juan, busca imitar la audacia del general San Martín previa a la batalla de Chacabuco, en Chile. Hoy sólo son 74 los protagonistas, entonces fueron 5.000 soldados y más de 10.000 mulas.

La jornada de cabalgata brinda una geografía de paisajes rojizos y pastizal espinoso. Desde la cúspide de las montañas aún medianas, tímidos guanacos vigilan el avance de los intrusos que a tranco lento van hacia Trincheras de Soler, también conocido como Las Frías, donde el equipo pasará una noche helada en la carpa. La dureza de la Cordillera se hace carne en tres de los aventureros, que deben ser asistidos por los doctores Mariano Cisterna y Sebastián Carvajal por cuadros de deshidratación. Sus tratamientos -sueros mediante y paciencia- son exitosos.

«¡Arriba!», grita el comandante mayor de Gendarmería, Jorge Hogalde, entre aplausos. Son las 6 de la mañana y espera una de las marchas más largas y agobiantes. El contexto es hostil, no existe vegetación, sólo un río de deshielo que sirve de guía hasta El Espinacito, a 4.825 metros de altura. Sin el equipo necesario, la supervivencia humana en ese escenario sería imposible. «No te asustes, flaca», aconseja paternal el gobernador José Luis Gioja a una de las periodistas que iba rígida ante la desobediencia de su transporte. Es duro, una mula y un caballo no pueden con el esfuerzo y abandonan en pleno camino a quienes los montan.

La cumbre regala uno de los cuadros más grandiosos del recorrido, la Cordillera toda queda al alcance de la mirada del hombre, minúsculo an-te la inmensidad. A kilómetros, el Aconcagua emerge nevado y perpetuo, al tiempo que los cóndores realizan círculos sobre las cabezas de los expedicionarios. Todavía resta el empinado descenso y 7 horas más de trayecto.

El sol lastima la piel, la combinación de viento arremolinado y arenilla obligan a cerrar los ojos, aun con la protección de lentes. Se suman a esos factores caminos de ripio y precipicios resbaladizos. De a uno por vez. Despacio y tranquilos, con toda la confianza puesta en el animal, que, según garantizan los conocedores, está entrenado para estas cumbres y sus desniveles. Pero el temor no cede. El próximo destino es el valle Los Patos, territorio en el que fue construido el refugio Sardinas. Vuelven el verde, la fauna silvestre, los mates. «¿Y qué más que esto se necesita para vivir?», se pregunta una periodista enamorada de la sábana de estrellas que protege su carpa. Es noche de guiso, serenatas, vino tinto y de las improvisaciones de Rulo. Todos bailan: el embajador de Canadá, Tim Martin, su esposa Fátima; los gendarmes Gamberale, Quiroga y Pineda. El tercer día será un merecido descanso.

Recuperados y ansiosos los expedicionarios parten temprano rumbo al límite con Chile, donde se producirá un esperado encuentro con ciudadanos del país vecino. Allí, donde en los mapas culmina el territorio nacional, la columna forma un abanico cargado de banderas argentinas. Suena la diana y todos los participantes emprenden un emotivo galope hacia los hermanos chilenos. Surgen los abrazos, el llanto. Se quiebra hasta el más duro. Luego del acto comienza la despedida, ya es hora de emprender el regreso.

El camino de vuelta es similar en gran parte del trayecto, pero con otra sorpresa vertiginosa: La Honda. Llegar a su cima (4.300 metros de altura, con glaciar incluido) y su posterior descenso son travesías más duras que el Espinacito, reflejo de ello son los cadáveres de animales que rodean el territorio. «¿Viste la mula muerta?», le pregunta Lucía Álvarez del diario Miradas al Sur a una de sus colegas que tambaleaba sobre su caballo en una pendiente peligrosa.

El último día no hay ropa que aguante, varios parecen haber salido de trabajar en una mina de carbón. Sin embargo, ni el sacrificio permanente ni la falta de una ducha son razones suficientes para querer dejar los Andes. Son los minutos previos antes de llegar a Manantiales, muchos se van despidiendo de sus caballos o sus mulas y hasta dejan caer lágrimas. Es la última mirada a la Cordillera libre, dura, magnífica.

* Enviada Especial

Dejá tu comentario