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Del vértigo al reposo en las playas del norte brasileño

La propuesta de recorrer el litoral de Río Grande do Norte en buggy, además de ser divertida, es completa, sobre todo para quienes visitan Natal y no cuentan con tiempo, pero sí con muchas ganas de conocer playas semisalvajes, algo alejadas de la ciudad. La aventura combina mar, extensas lagunas y el toque vertiginoso que aportan las dunas de más de 30 metros de altura de la playa de Genipabú, 25 kilómetros al norte del centro urbano.
Entre las asombrosas maniobras, el «bugueiro» sumergió la excursión playera en un escenario de telenovela (y no es una metáfora, ya que el infinito paisaje de arena simuló un desierto marroquí en el rodaje de la recordada «El clon»). Un paseo en dromedario en las dunas movedizas -con turbantes incluidos- es una buena alternativa para los viajeros más lúdicos. Y para los que buscan todavía más emoción, hay otros juegos: «esquibunda» (sandboarding sentado sobre una tabla) y «aerobunda» o «tirolesa» (una bajada por cable carril en la Laguna de Jacumá).
Las playas
Natal es la capital del estado de Río Grande do Norte y es la puerta de entrada a Brasil desde el Este.
La ubicación geográfica resulta determinante para los deseos de los amantes de los largos días de playa, que deberán madrugar mucho, por la longitud, ya que anochece temprano, y por la marea, que sube por la tarde y deja entonces apenas una franja de arena.
A lo largo de toda la vía costera, frente al mar y próxima al centro, se encuentra la red de hoteles.
Con diversas ofertas y estilos, todos cuentan con una buena vista de la ciudad y del Morro de Careca, que abraza Ponta Negra, la playa más famosa de Natal. Menos popular, la playa elegida por los surfers y los kitesurfers, por ser más ventosa y garantizar grandes olas, se llama Miami y le debe su nombre a los edificios que la rodean que le dan un marco similar a la costa de la Florida.
La preferida por los lugareños es conocida como «la de los artistas», y está apartada del centro.
Historia
La ubicación de Natal, en el punto del continente más cercano a África y en el más próximo a Europa de América del Sur, marcó su historia. Los portugueses la eligieron estratégicamente para defender el territorio de otros conquistadores, construyeron el Fuerte de los Reyes Magos en 1598 y, un año después, fundaron la ciudad. Además de su valor histórico y su llamativa arquitectura en forma de estrella, la visita a la fortaleza regala una vista panorámica de la privilegiada Natal.
Algunas costumbres previas a la conquista portuguesa también se preservan. De hecho, todos los nacidos en el Estado actualmente se reconocen como «potiguares», que significa «el que come camarones» y así se autodenominaban los primeros habitantes. Sin dudas, el nombre no pierde vigencia, ya que es el destino ideal para quienes se deleitan con los mariscos. La cocina nordestina sorprende gratamente con combinaciones de sabores y exquisiteces que habitualmente no se encuentran en la costa brasileña.
Otro imperdible es el baile del «Forró com turista» en la noche natalense. En el patio del Centro Turístico, casi todas las noches los «potiguares» les enseñan a los visitantes los atractivos pasos de la tradicional danza. Las artesanías y productos regionales se concentran en el Shopping do Artesanato Potiguar.
Pipa bohemia
A unos 90 kilómetros al Sur, se localiza Pipa, que encaja perfectamente con el itinerario y ofrece lo que, quizás, por ser una ciudad tan grande, no se encuentra en Natal. Por ejemplo, la infraestructura es diferente: en vez de grandes hoteles, hay más posadas, que se ajustan al toque bohemio de la aldea. También cuenta con un amplio menú gourmet. Y para la noche, hay varias opciones de bares y discos en la calle central, con musicales en vivo y una vasta carta de tragos con exóticas frutas.
Hacia el sur, se puede hacer otro recorrido en buggy: desde los acantilados Chapadão hasta la Bahía Formosa, la última playa antes del límite con el Estado de Paraíba, pasando por Mata Estrela y la Lagoa do Araraquara, más conocida como «la laguna de Coca Cola» por el color del agua, que tiene alta concentración de hierro.
Los surfers se atribuyen el descubrimiento de las playas pipenses, que han sabido ganarse un lugar en el podio de las mejores de Brasil. Sólo hay que tener en cuenta que para acceder hay que bajar entre 100 y 200 escalones porque se emplazan en una zona de acantilados. Un día en Bahía dos Golfinhos, que es una pequeña bahía a 3 kilómetros del centro, con aguas tranquilas, rodeada por altos peñascos de arena roja, es un antídoto contra el estrés sin fecha de vencimiento. Más difíciles son las comparaciones si además, con suerte, se logra apreciar un show de saltos de delfines. La Praia do Amor encabeza la lista de las más bravas, atributo que la engalana como una de las preferidas por los surfers.
* Enviada Especial



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