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“El fin de mis libros es postular otra historia”
Luis López Nieves inauguró, en «El silencio de Galileo», un formato de novela epistolar acorde con los tiempos actuales: el relato procede por e-mails.
Periodista: ¿Cómo planeó sumar historias diversas en «El silencio de Galileo»?
Luis López Nieves: Si bien hay varias historias, la principal es la de la historiadora francesa Ysabeau de Vassy, profesora de la Sorbona, a quien una amiga, una vizcondesa cuyo padre, un conde que se está muriendo y quiere confirmar que desciende de Galileo, le pide que encuentre pruebas de su presunción. Ysabeau, como favor, comienza esa investigación histórica. Y allí surge otro tema: quién inventó realmente el telescopio, porque hay datos que cuestionan que fuera Galileo. La novela a medida que indaga sobre los descendientes de Galileo hasta nuestros días y sobre quién realmente inventó el telescopio, me permite hacer surgir otros cuestionamientos que llevo haciendo hace muchos años y que tienen que ver con los que llamo «historia trocada».
P.: ¿Qué implica la fórmula «historia trocada» que le ha servido de base a las cinco novelas que lleva escritas?
L.L.N.: Jugar con la historia, cambiar cosas de tal forma que cuando el lector termine el libro no sepa qué es cierto y qué no lo es. Con esa forma de trocar, de cambiar, indago la diferencia entre la historia y la literatura, porque yo planteo que la historia es un género literario. Eso le molesta a los historiadores. Pero recuerdo, por ejemplo, que si se lee historia de Roma, Julio César puede aparecer como un gran héroe y hombre admirable; en otro es un gran villano, y en otro que tenía cosas buenas y cosas malas; todo depende de quién escriba la historia.
P.: ¿Cuándo comenzó con esta línea?
L.L.N.: Con mi primera novela, «Seba», donde cuestiono el mito de que recibimos la invasión estadounidense con los brazos abiertos y aplaudiendo. Muestro que esa leyenda ha sido fabricada. Mi cuarta novela, «El corazón de Voltaire» comienza con una conversación en Brasilia, donde el presidente de Brasil le cuestiona a la embajadora de Francia la autenticidad del corazón de Voltaire que está en una urna en la Biblioteca Nacional de París. Cuando se entera el presidente de Francia, se escandaliza de que se haya puesto en duda esa reliquia nacional, y le pide a un investigador académico que confirme ante el mundo que ese es el auténtico corazón de Voltaire.
P.: ¿Esa propuesta literaria lo lleva a hacer revisionismo histórico?
L.L.N.: No hago revisionismo. El revisionismo revisa para plantear una versión nueva. Yo hago otra búsqueda. Cuando leemos «La República» de Platón o la «Poética» de Aristóteles, estamos leyendo libros que han sido copiados y vueltos a copiar por siglos. Cada vez que las copias se iban poniendo viejas, se hacía una nueva. Podemos sospechar que en cien años un hombre muy fanático haya hecho un pequeño cambio, sacó una frase que le molestaba. Recuerdo que tiempo después de haber publicado «El corazón de Voltaire» hubo amigos que me llamaron porque había salido en los diarios que al estudiar el ADN de los huesos de Juana de Arco, que habían sido venerados por siglos con peregrinaciones a los restos de la santa, resultó que eran huesos de gato. El engaño viene de lejos. El negocio de las reliquias fue enorme. En la Edad Media, cada iglesia tenía un pedacito de la verdadera Cruz. Juntándolos se podría haber hecho un edificio de 5 pisos. Un poco al estilo de la «tabla rasa» de Descartes comencé a cuestionarme todo. ¿Por qué no puedo pensar que un conserje descontento con el trato y el salario tiró el corazón de Voltaire y puso otro? Después de Voltaire, el primer pensador moderno, decidí que la siguiente novela sería sobre el primer científico moderno, Galileo.
P.: Y el telescopio será como el corazón de Voltaire, lo que le lleva a cuestionar las versiones de la realidad.
L.L.N.: En 1608, en Holanda, el alemán Hans Lippershey pide una patente para el telescopio. Diez días después el holandés Zacarías Janssen que vivía en la misma ciudad pide la patente para el telescopio. Casi de inmediato, su vecino, el holandés Jacobo Metius pide la tercera patente por lo mismo. Los historiadores se sorprenden de la casualidad que todo eso haya ocurrido en el mismo momento, en el mismo lugar, y piensan que «la idea estaba en el aire». ¿Casualidad entre gente que se conocía? La «historia trocada» no tiene que ver con si Hitler murió en Paraguay o en la Argentina, si tuvo 20 hijos. No es plantear conspiraciones, ni imponer nuevas versiones, es tomar las cosas con una pizca de sal y ser menos crédulos.
P.: A eso agrega forma innovadoras. En «El silencio de Galileo» parte de la actualidad para narrar por momentos históricos, realizando una investigación retroactiva que se cuenta solamente a través de e-mails.
L.L.N.: Mis primeros tres libros remiten a la novela epistolar, porque me gusta el formato de las cartas. Eso, básicamente, por un repudio a la narrativa ampulosa, sobrecargada, con tanta descripción, tanto detalle innecesario. Lo que me provee la carta es un modo de ir directamente al grano, de no andar con rodeos. Es personal y directa casi como el teatro, se ve a los personajes actuando sin que haya ese narrador que a mí me molesta. Cuando llevaba escritas 40 páginas de «El corazón de Voltaire», donde se cruzaban cartas tradicionales, tuve la revelación, que no fue que se abriera el cielo y aparecieran ángeles, sino que me dije: ¿cuánto hace que no escribo una carta? ¿Cuánto hace que no me pongo frente a un papel, escribo, lo doblo, lo ensobro, le pongo una estampilla? ¿Quién las escribe hoy, que no sean las comerciales? Tengo que contar esta historia a través del correo electrónico. Reescribí todo y al llegar a la página 60 entré en una auténtica euforia porque sentía que había descubierto algo nuevo. Y la forma actuaba sobre el contenido afectando el ritmo. En «El corazón de Voltaire» había personajes en Francia, en Argentina, en México. Con las cartas hubieran pasado semanas entre lo que se preguntaba y la respuesta, con el correo electrónico todo pasaba en segundos. Hay momentos de siete intercambios en un día, eso acelera la novela de una forma imposible antes. El formato es de una enorme flexibilidad, lo que da una libertad absoluta. Puedo poner una frase: «llámame esta noche», o enviar en diez páginas datos de diversos documentos históricos. Cuando descubrí ese procedimiento, me surgió de inmediato el desafío de escribir la novela completa con correo electrónico.
P.: Ese desafío en la forma recuerda al de, entre otros, Julio Cortázar en «Rayuela» y Georges Perec en sus novelas.
L.L.N.: Hay críticos que han sostenido que «El silencio de Galileo» es la primera novela escrita con e-mails, y también que he hecho desaparecer al narrador, que si se mira bien la novela no existe porque todo pasa en el ciberespacio con correos que se cruzan sin personajes. Mi desafío era, al no tener un narrador, lograr la caracterización de los personajes de forma indirecta,darle a cada personaje una voz particular. Y que a través de los correos se desplegara el conflicto.
P.: Y siembra incertidumbres sobre a quien creó el telescopio.
L.L.N.: Paternidad que durante 400 años estuvo en disputa, y al que apliqué el juego narrativo de «historia trocada». Los historiadores sostienen que Galileo no inventó el telescopio; yo planteo que sí, y siembro la duda en el lector. Mezclo datos ciertos con otros ficcionales. Se llega a un momento en que no se sabe que cosas son verídicas y cuales creación mía. Se toma como ciertas cosas que son fantasía, y otras es a la inversa. Cuando digo que había un cuerpo de traductores en Venecia, lo invento, pero es posible y verosímil porque Venecia era el centro comercial del Mediterráneo y llegaban barcos de todas partes, y tendría que haber algún medio para comunicarse.
P.: ¿Qué relación tiene la literatura del Estado Libre Asociado de Puerto Rico con la literatura estadounidense?
L.L.N.: Lo de Estados Libre Asociado es un nombre que no significa nada, somos una colonia, definitivamente. Somos un país latinoamericano, y nuestra relación es con la literatura latinoamericana. La literatura de puertorriqueños de los Estados Unidos es la de una minoría pobre de ese país, de la misma manera que los escritores chicanos son los mexicanos que escriben en inglés y participan de la cultura norteamericana. Están en proceso, como pasó con los italianos, de convertirse en estadounidenses. Hay, claro, escritores puertorriqueños que viven en Estados Unidos como exiliados y mantienen el español y nuestra cultura. El puertorriqueño de Nueva York, que habla inglés y se siente americano, como Jennifer López, quiere ser estadounidense. Los de Puerto Rico no aceptamos que se nos considere una minoría de Estados Unidos, porque somos un país colonizado pero enteramente latinoamericano, y no nos deben confundir. Junot Díaz nació dominicano, pero está integrado a los Estados Unidos y su cultura, es profesor del MIT, escribe inglés, es en definitiva un escritor norteamericano.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
L.L.N.: Postergué una novela sobre Napoleón, la tercera de la trilogía histórica de Voltaire y Galileo, para escribir una muy diferente que se llamará «Toda la sangre del mundo», que por una superstición no contaré de ella nada más.
Entrevista de Máximo Soto


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