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El vigor de “1984” revivió con algunas sombras en escena
En boca de unos magníficos actores, el texto de George Orwell despliega toda su fuerza descriptiva, sus tonalidades poéticas, su urgente denuncia social, sus chispazos de humor negro y sus desgarradores conflictos humanos.
El actor y director Tim Robbins («Sueños de libertad», «Mystic River», «La vida secreta de las palabras») también es conocido, a nivel mundial por su activa militancia contra la ocupación de Irak y otras gestiones no menos ríspidas de la política norteamericana. Coherente con su postura ideológica, en 1992 escribió y dirigió el film «Ciudadano Bob Roberts» (un falso documental donde encarnó a un candidato a senador) y desde 2006 gira por los escenarios del mundo con «1984», gran sátira política basada en la famosa novela de George Orwell. Robbins la estrenó en Los Angeles con la misma compañía que acaba de ofrecer tres funciones en el San Martín, con localidades agotadas.
La adaptación de Michael Gene Sullivan (actor, director y dramaturgo ligado a un teatro social) condensó la trama original con notable claridad y buen manejo de la intriga. Eliminó muchas peripecias e hizo que algunas escenas simplemente fueran evocadas a través del relato de cada uno de los personajes.
En boca de estos magníficos actores el texto desplegó toda su fuerza descriptiva, sus tonalidades poéticas, su urgente denuncia social, su carácter alegórico, sus chispazos de humor negro y sus desgarradores conflictos humanos (como la malograda historia de amor que vive el protagonista con la sensual Julia).
Pese a estos méritos, la puesta de Robbins resultó demasiado narrativa, en líneas generales, y con un escaso aprovechamiento del espacio escénico. Por lo pronto, la acción transcurre en el centro de tortura (el eufemístico «Ministerio del amor») adonde es llevado el protagonista en la tercera parte de la novela tras fracasar su intento de rebelión. Hubo pocos signos visuales en el escenario y en dos horas de espectáculo el atractivo de la puesta se opacó. Sólo el intenso compromiso físico de los actores permitió evocar otros episodios de la novela, difíciles de imaginar con un marco escenográfico tan estático y poco iluminado.
«1984» resultó un espectáculo de intensa oralidad. Por un lado fue placentero volver a conectarse con la rica imaginería de ese mundo dominado por telepantallas, y a la vez fue imposible no estremecerse ante la vigencia de su alegato.
Orwell se inspiró en el sanguinario régimen estalinista para dar forma a esta ficción. Pero, para Robbins (lo ha dicho en varios reportajes) ese Gran Hermano que manipula la información y lava el cerebro de sus ciudadanos convenciéndolos de que todo está bien mientras diseña guerras que cambian de enemigo según convenga a sus intereses, hoy no es otro que el gobierno de Estados Unidos. Y en el reportaje que le hizo este diario declaró: ««1984» siempre tiene algo que decir. En Hong-Kong los chinos estaban paralizados de asombro, esa obra les hablaba de un sistema que conocían de cerca. En Madrid, Bilbao, Barcelona y otras ciudades españolas, les revivía recuerdos del franquismo. La variedad de reacciones fue impresionante».


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