13 de mayo 2010 - 00:00

Filmar con indígenas, calor y cocodrilos

Rolf de Heer: el director de «El rastro» tiene vasta experiencia en rodajes complicados (incluyendo uno con el temperamental Miles Davis).
Rolf de Heer: el director de «El rastro» tiene vasta experiencia en rodajes complicados (incluyendo uno con el temperamental Miles Davis).
«Jindabyne», sobre tres pescadores que no interrumpen lo suyo ni para avisar a la policía el descubrimiento de un cadáver, «The Home Song Stories», con Joan Chen en una historia de marinero y cabaretera, y «Mi padre Romulus», integran entre otros la nueva Muestra de Cine Australiano que comienza hoy en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín, donde se destaca por derecho propio «Ten canoes», singular historia de nativos que presenta su propio autor, Rolf de Heer («El rastro»), quien dialogará hoy y mañana con el público. Antes, dialogamos con él.

Periodista: Acá lo conocemos como director de indígenas, pero usted ya lleva quince títulos muy variados.

Rolf de Heer: De hecho, no me especializo en indios. Me gusta cambiar. Alterno aventuras, dramas, ciencia ficción, comedias, humor negro, obras chicas y grandes, siempre con muchos exteriores. Solo «Alexandras Project» (la venganza de una esposa resentida) la filmé en interiores, prácticamente en una habitación. Un día encontré 20.000 pies de película medio vencida. Difícil ponerle sonido. Entonces hice una comedia muda, «Dr. Plonk». Eso describe mi forma de trabajo: me gusta tomar las dificultades y convertirlas en ventajas.

P.: ¿Cómo surgió «El rastro» («The Tracker», que acá se estrenó en pleno verano)?

R. de H.: Venía de una pesadilla, «The Old Man Who Read Love Stories», sobre novela de Luis Sepúlveda, filmada en la Guyana Francesa con Richard Dreyfuss. Los actores fueron maravillosos, pero el productor principal, un francés, insoportable. Pensé que nunca más tendría ganas de dirigir. Entonces hice «El rastro», con pocos personajes (el fugitivo, el baqueano, el fanático perseguidor, no mucho más), una obra fácil, hermosa, y recuperé el entusiasmo.

P.: Además, uno de los mejores trabajos del actor nativo David Gulpilil. ¿Cómo lo conoció?

R. de H.: Él es la combinación más maravillosa de instinto e intelecto que yo conozca. Bastan pocas palabras, y ya capta el concepto, lo internaliza, y «es» el personaje que uno pide. Pero el primer encuentro fue catastrófico. No le entendía una palabra, no hallaba una conexión cultural, ¿cómo podría dirigirlo? Hasta que me invitó a visitar su tierra tribal. Invita a todos, generalmente nadie va. Yo fui. Ahí empecé a entenderlo.

P.: Usted es un hombre de ciudad.

R. de H.: No crea, nací en Heemskerk, Holanda pero de niño viví en la selva de Sumatra y en las afueras de Sidney, a cien metros del monte (hablo de kilómetros de monte). Pero nunca había hablado con aborígenes. En mi infancia, los niños nativos no iban a las mismas escuelas públicas que nosotros. Sólo sabíamos de ellos por unas láminas escolares donde aparecían como seres sonrientes acampando bajo los árboles. Recién en los últimos veinte años empezó a difundirse el maltrato que recibieron de los blancos, desde los colonizadores hasta los 70, cuando se abrogó la ley que imponía quitarles los niños a las familias para «educarlos» en la civilización blanca. Aún hoy, la mayoría de los australianos jamás tuvo ocasión de hablar con un nativo, y muchos niegan esos datos de crueldad.

P.: Hoy usted es su intermediario.

R. de H.: Ellos me eligieron. Pero «Ten canoes» sólo surgió porque Gulpilil insistió reiteradamente en hacerla, con su gente, en su tierra.

P.: Habrá sido difícil rodarla, con indios sin experiencia actoral, en zona pantanosa, de mosquitos y calor húmedo.

R. de H.: Calor húmedo, mosquitos, moscas, jejenes, sabandijas, arañas, cocodrilos. Y para llegar se tarda tanto como tardé en llegar a la Argentina. Pasé un año y medio hasta ganarme la confianza de ellos para actuar ante las cámaras. Eso sí: la primera toma salía muy bien, la segunda no tanto, la tercera era mala y la cuarta horrible.

P.: En la web se puede bajar «Twelve canoes», que parece la historia del continente australiano desde el punto de vista indígena.

R. de H.: Le explico. Luego de «Ten» surgió el proyecto «Eleven», para enseñar a los nativos el uso de las cámaras, y representarse a sí mismos. «Twelve» lleva mi firma pero la verdadera producción, dirección, y labor creativa es de Molly Reynolds, mi esposa. Ahí recopilamos historias para uso docente, sobre distintos aspectos, porque ellos querían contar todo. Luego fue una exposición de pinturas, canoas, vajillas, etc. hechas por ellos mismos. Ya vamos por el 18° proyecto, es un proceso en marcha. Terminamos el rodaje en 2005, y seguimos trabajando juntos. Estuve ahí en noviembre último.

P.: ¿Qué otra cosa hizo últimamente?

R. de H.: Como mi hija estaba terminando la secundaria quise pasar más tiempo con ella, así que me puse a escribir para otros, tranquilo en casa. Fue una época maravillosa, ¡pero ahora mi hija ya está en la universidad, se muda al Canadá, y yo debo salir del escritorio!

P.: ¿Cómo fue trabajar con Miles Davis? (en «Dingo», sobre un jazzmen de provincia que logra tocar con Davis en Paris).

R. de H.: Tuve mucha suerte. Él debía tocar de acuerdo a una grabación, pero como gran jazzman jamás tocaba lo mismo dos veces, ¡tocaba contramelodías de sí mismo! Pero como sabía leer las notas, otro actor músico hizo la transcripción de la partitura, intercalando anotaciones como «ahí aparece Fulano», «ahí se acerca la cámara». Le mostré esa transcripción destacando las intercalaciones, pero él pensó que yo también estaba leyendo las notas, y me dijo, admirado, «¡Fuck! ¡Vos sabés de todo!», y a partir de ahí fue como un corderito. Su manager me contó que jamás había sido tan colaborador en una película. Como ve, fue todo suerte.

Entrevista de Paraná Sendrós

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