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Heller-Lopes: “Me gusta hacer clásicos con twist”
«Me gusta un ‘Rigoletto’ con cambios, pero no ambientarlo en el Planeta de los Simios, como alguna vez se hizo», dice el puestista André Heller-Lopes.
Periodista: Su llegada a la régie es bastante atípica. ¿En qué momento decidió abocarse a esta disciplina?
André Heller-Lopes: Alrededor de 1995 yo cantaba como tenor, o más bien «Spieltenor», empezaba a hacer papeles breves, pero no estaba conforme con mi técnica. Entonces decidí dejar de cantar por un año para mejorar, dado que tenía una cátedra de Interpretación en una universidad. Pero al fin de ese año creamos con algunos colegas una compañía de ópera con planteos muy locos, y así empecé. En 1996 y 1997 me pregunté por qué seguir cantando, porque ya no me era posible seguir haciendo las dos cosas, y pensé que era mucho más útil como régisseur que como cantante. Yo tenía una profesora que decía que lo importante era vivir de la voz, sin importar el campo de acción, y yo vi que me comunicaba mucho mejor como director de escena.
P.: ¿Cuál es su aproximación a «Rigoletto»?
A.H.L.: Me gusta hacer los clásicos con «twist». Creo que es un desafío mucho más grande cambiar algunas cosas que es posible cambiar sin traicionar la estructura de la obra que por ejemplo hacer «Rigoletto» en «El planeta de los simios», como se hizo. Me contaba Diana Damrau, la Gilda de esa producción, que para ella era muy difícil mirar al Duca, que era Ramón Vargas, y decirle «Tamo, tamo», no tenía sentido. Habrá otros que lo hagan, a mí me atraen otras cosas. En esta ópera me interesaba volver a la obra de Victor Hugo, que el libreto de Piave sigue muy fielmente. El universo de Victor Hugo es, al igual que la música, decimonónico. En determinado momento pensé en un «Gattopardo-Rigoletto», una atmósfera que me encanta, y pensé en cuadros de la vida, como esos salones como el de Victor Hugo en París llenos de pinturas. Pensé en un palacio que fuera un salón, con hombres de la burguesía o de la nobleza y artistas, con pinturas que representaran el ambiente de la obra de teatro, es decir el Renacimiento francés, escenas de orgías y demás.
P: ¿En ese contexto, qué perfil da a los personajes principales?
A.H.L.: Muchas veces se ve a Rigoletto como un padre opresor, obcecado en no permitir que su hija salga, pero la verdad es que en la primera oportunidad que ella tiene obedece a su propio albedrío, en este sentido Gilda es un poco adelantada a su tiempo. Su madre amó al hombre deforme al que nadie le gustaba: ¿era una forma de perversión o qué? No conocemos esa historia, pero sabemos que fue contra lo que la sociedad marcaba. El personaje del Duca es muy interesante para mí: es un cínico, una criatura que hace mal sin saber, una especie de Dorian Gray de una época anterior, con la diferencia de que no tiene un retrato. Volviendo a Rigoletto, no pienso que sea un villano: es una víctima de la naturaleza y la sociedad, y de su carácter diferente. Es un padre amoroso, pero que cuida lo único que tiene, y piensa: «Por qué el Duca tiene derecho de hacer lo que quiere y yo no», lo corroe ese sentimiento. El tema de aceptar al otro es inmortal, y hoy en día tiene una gran vigencia.
P.: ¿El régisseur debe ser un intérprete o un creador?
A.H.L.: Es un canal de comunicación. Somos intérpretes, sí, y la interpretación es una forma de creación. Y si yo me emociono y lloro en el final de «Rigoletto» o «La Walkiria», quiero que el público también se emocione y llore. No puedo llegar y dar una explicación académica y filosófica limitada, pero con una puesta en escena sí se puede alcanzar esa meta. Por eso el arte es esencial, y como decía Chaliapin, puede pasar por períodos de decadencia pero es inmortal, y es sobre todo un acto de entrega. Lo que hago puede funcionar, pero es mi emoción y mi idea, y a la noche me duermo con la tranquilidad de haber hecho todo lo que pude.
Entrevista de Margarita Pollini


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