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Interesante rareza de Esteban Sehinkman

Lo primero que se puede decir de este cuarto disco de Esteban Sehinkman es que resulta raro; sobre todo para quien ya lo conoce por su obra anterior. Ha estado asociado al ámbito del jazz, y allí lo hemos visto y escuchado en distintos clubes de música y en discos anteriores. Ahora, pese a haber convocado a dos jazzeros para grabar con él: Daniel «Pipi» Piazzolla en batería y Matías Méndez en bajo, Sehinkman se mudó al terreno de la música electrónica, del minimalismo, de una estética hipnótica de músicas circulares más apuntadas al «aquí y ahora». El músico piensa su material en el contexto de sus dos álbumes previos. Dice que «Búfalo» (2005) representa la tierra y que «El sapo argentino de boca ancha» (2008) es el agua. A «Pájaro.» lo ubica en el lugar del fuego. Sin dudas, sería muy difícil -por no decir imposible- deducir estos pensamientos de la mera audición y sin esta referencia. Visto desde afuera, lo más lógico parece ser considerar este disco como un producto impecable en su factura, con un Sehinkman que ofrece siete títulos originales y una relectura de una obra de Saint-STMens, y que maneja los teclados a su antojo, con un Piazzolla que es una máquina de producir ritmos, y con un Méndez que es la base necesaria y perseverante para este discurso. Quienes conocían como jazzero a este compositor y pianista que está presentando su material en diferentes lugares, tendrán que esperar un poco para reencontrar esa veta. Pero este «raro» es sin dudas interesante.
Ricardo Salton


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