5 de septiembre 2012 - 00:00

Kossakovsky: un viaje al otro lado del mundo

Víctor Kossakovsky: «La vida del documentalista es esperar, y estar en el momento oportuno».
Víctor Kossakovsky: «La vida del documentalista es esperar, y estar en el momento oportuno».
El director ruso Víctor Kossakovsky anda sorprendido por el mundo, como un niño grande, y tiene la cualidad de sorprender también a sus espectadores. Documentalista, de él puede verse en Youtube un cortito delicioso, «Svyato», captando las reacciones de su propio hijo al verse por primera vez en un espejo. Y desde mañana, en los cines, un largo que también es una delicia: «¡Vivan las antípodas!», registro de ocho lugares antagónicos, y antológicos, del planeta, que filmó en coproducción germano-holando-argentino-chilena. Dialogamos con él durante el último Festival de Mar del Plata, inaugurado precisamente con «¡Vivan las antípodas!» (el autor pensaba volver para el estreno, pero un accidente cardíaco se lo ha impedido).

Pregunta: ¿Cómo se le ocurrió hacer semejante viaje por el mundo?

Víctor Kossakovsky: No tengo gran creatividad a la hora de fantasear. Pero todos la tuvimos cuando niños. Y este es un pensamiento, una pregunta, que conservo desde mi infancia: ¿quién estará del otro lado del mundo? Años atrás vine a Buenos Aires para una retrospectiva de mi obra, y aproveché a hacerme una escapadita a Entre Ríos. Estaba junto a un arroyo, había un hombre pescando, y reapareció en mi mente aquella vieja pregunta, ¿quién estará del otro lado del mundo? Me comuniqué por mail con un conocido que vive en la China, le pedí que fuera hasta tales coordenadas, a ver que había, y me respondió: «hay una mujer vendiendo pescado».

P.: ¿Ese fue el germen de la película?

V.K.: Aunque usted no lo crea. Como en nuestro planeta predomina el agua, no hay muchas antípodas habitadas. Tras un año de investigación, y otro para conseguir financiación (finalmente me ayudaron Alemania, Holanda, la Argentina y Chile) elegí cuatro pares de antípodas, que registré a lo largo de dos años: un paraje de la Patagonia chilena haciendo pareja con el lago Baikal de Rusia, Nueva Zelanda con España, Hawai con Botswana, y un rinconcito sobre el Gualeguay con la ciudad de Shanghai. Acá viven dos hermanos a cargo de una pequeña balsa-puente, y allá viven 20 millones de personas y están construyendo un puente de 16 kilómetros de largo sobre el Yangtsé.

P.: La pasó bien con los hermanos.

V.K.: Muy simpáticos, muy tranquilos, me cayeron mejor que nadie. La gente de zonas rurales suele ser amable, pero ellos además eran divertidos, sabían de qué trataba la película, y colaboraban con sus charlas. Solo había que esperarlos. Pero la vida del documentalista es esperar, y estar en el momento oportuno. Yo pasaba justo por una playa de Nueva Zelanda cuando vi una ballena encallada. Trataban de sacarla, o acompañarla en su agonía. Eso tenía que filmarlo. ¿Pero qué habría del otro lado? Un asistente investigó: «Solo una piedra». Viajé a verla. Si, es una roca antigua, pero nos dice algo. Sobre ella no hay una ballena, sino una oruga, una mariposa recién nacida, hormigas. Habitantes del mismo planeta que nosotros. Pienso así, un gusanito, un cóndor, un ser humano, tenemos la misma importancia.

P.: Le faltó emparentar el Polo Norte con el Polo Sur.

V.K.: Estuve a punto de ir. Hace treinta años fui asistente de cámara en una expedición al Polo Norte. Uno de los científicos que la integraban tenía a su novia en el Polo Sur. Entonces no había comunicación satelital ni nada de eso. ¿Cómo mantener el amor a semejante distancia? No soy romántico, pero con el tiempo descubrí que las personas son mejores de lo que yo pensaba. La productora Gema Juárez, por ejemplo. Muchos productores se encargan de frustrar los pedidos del director. Ella, en cambio, me conseguía todo lo que le pidiera en cualquier parte del mundo.

Entrevista de Paraná Sendrós

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