Elecciones clave en noviembre de 2016 para definir al sucesor de Barack Obama, que aún no bendijo candidato.
Hillary Clinton sueña con llegar, en noviembre próximo, a la Casa Blanca de la mano del voto de los demócratas.
Nadie objeta que la exsecretaria de Estado Hillary Clinton, adalid de una de las familias hegemónicas en los Estados Unidos, será la abanderada del Partido Demócrata para las elecciones de noviembre del año próximo. No obstante, la irrupción de nuevas figuras en las antípodas de los candidatos tradicionales y tropiezos respecto la transparencia en su administración personal, añadieron suspenso a una carrera que parecía anunciada.
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Su presentación coincide con un viraje en la mentalidad de los votantes: el público desconfía de las dinastías y se muestra amistoso con las caras de la antipolítica, una tendencia que replica con mucho más fuerza en el Partido Republicano y que hasta ahora parece haber dinamitado la posibilidad de que Jeb Bush, hijo y hermano de George H. W. Bush (1989-1993) y George W. Bush (2001-2009), respectivamente, sea el tercero de su cepa en llegar a Washington.
Desde la irrupción de los movimientos populistas en 2008, la oposición republicana se corrió a la extrema derecha y se tornó camaleónica. No hubo sesión en el Congreso en el que sus legisladores no se rebelaran frente a los propios compañeros de bancada, al punto de haber forzado la renuncia de John Boehner, el respetado jefe de la Cámara de Representantes, el último septiembre.
Y aunque el Capitolio es un ecosistema aparte, la situación se duplica en la carrera hacia la Casa Blanca. Republicanos radicales, algunos de ellos sin experiencia en administración pública, lideran las tendencias de intención de voto. De acuerdo con el último sondeo de la cadena CNN, el millonario Donald Trump obtiene un 36% de apoyo, nueve puntos más que en el estudio anterior. En segundo lugar, con un 16%, aparece Ted Cruz, y muy cerca se sitúan el neurocirujano retirado Ben Carson, con un 14%, y el senador Marco Rubio, con 12%. Jeb Bush sólo cosecha el 3%.
Los cuatro líderes simpatizan o son miembros activos del Tea Party, un conglomerado de agrupaciones liberales en lo económico y ultrarreligiosas en lo valórico, unidas por su oposición a la agenda de Barack Obama. Todavía es muy pronto para adelantar si alguno de ellos conseguirá la nominación a la Casa Blanca, pero sí es seguro que los republicanos continúen con el control de alguna de las dos cámaras del Congreso, es decir, se extenderá la actual situación de parálisis que hizo imposible que las propuestas del Ejecutivo fueran aprobadas.
En todo caso, el amplio abanico de aspirantes radicales favorece al oficialismo, que se muestra unido y consolidado detrás de la ex primera dama. Hasta ahora, Hillary Clinton ganó por amplia diferencia los dos debates demócratas, y quien hubiese sido uno de sus principales rivales, el actual vicepresidente Joe Biden, descartó presentarse a la contienda. Empero, Hillary aguarda la bendición explícita de Obama, una ausencia que ya despertó los viejos rumores de enemistad.
Poco antes de oficializar su lanzamiento en marzo, Clinton criticó abiertamente la moderación de su exjefe, que oscila, según ella, entre el apuro por intervenir y su empeño por mantenerse como un espectador más frente a determinadas crisis. "Las grandes naciones necesitan principios organizativos y 'no hagas estupideces' no es un principio organizativo", aseguró Clinton.
También salió en octubre al cruce del recién firmado tratado de libre comercio del Pacífico (TPP), suele reprochar el récord de deportaciones de inmigrantes, se sitúa a la izquierda de la política medioambiental oficial y además es una férrea crítica de la actual estrategia para combatir la amenaza del Estado Islámico (EI).
CAZA DE VOTOS
Vinculada al "establishment" político y financiero de Estados Unidos y bajo la lupa por el origen de las donaciones para la Fundación Clinton, dedicada a la filantropía, la ex primera dama intenta reforzar sus cartas progresistas.
Es cierto que el voto de centro es fundamental para ganar las elecciones generales, pero también lo es el de izquierda, sobre todo en las elecciones primarias que arrancan en febrero y Clinton está dispuesta a conseguirlo.
Su comportamiento tiene que ver con el vertiginoso ascenso de Bernie Sanders, senador por el estado de Vermont y calificado por Obama como un "socialista fumador de marihuana". Sanders consiguió movilizar al electorado más joven y sus mítines se han visto desbordados por la afluencia. Entre otras cosas, quien fue el "tapado" del Partido Demócrata se jacta de haber iniciado una campaña a favor del matrimonio homosexual cuando su debate era aún un tabú, votó en contra de la guerra en Irak, aboga por el aumento del salario mínimo y es un enemigo declarado de Wall Street.
Con todo, el tímido giro progresista de Clinton y el distanciamiento con Barack Obama no deja de ser arriesgado, en el primer caso porque al largo plazo podría desdibujar su verdadera agenda electoral y por el otro, el presidente salió del pozo de la impopularidad y sus acciones son cada vez más reconocidas por electorado.
Martin O'Malley, exgobernador de Maryland y exalcalde de la ciudad de Baltimore, y Lincoln Chafee, exgobernador de Rhode Island, de 62 años, son quienes completan el cuadro de precandidatos oficialistas, aunque con respaldos mínimos. No obstante, Hillary no se fía de su favoritismo: durante gran parte de la campaña de 2008 lideró las preferencias electorales y tenía amplio apoyo de su partido, pero otro precandidato con menor fama y prestigio le arrebató el liderazgo (y al día de hoy cursa su segundo mandato).
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