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La insoportable levedad de la mirada paródica
La aparición por una sola noche de Angela Gheorghiu y Roberto Alagna le devolvió al Colón algo de esa antigua magia, pero tan fragmentariamente como los trozos que eligieron como programa: el esplendor estaba allí, aunque sólo afloró por ráfagas. Ambas voces, sin duda muy bellas, parecían sin embargo no alcanzar con sus cuerpos la plenitud de lo que representaban, y ya en los pasajes iniciales de «Adriana Lecouvreur», como lo señala Margarita Pollini en su crónica, desconcertaron al público con un híbrido inaceptable de actuación y lectura de partitura.
Si muchas veces se parodió a la ópera como aquel espectáculo en el que dos amantes se declaran su amor durante media hora y a voz en cuello, jamás se pensó que esos dos amantes llegaran al extremo de mirar de reojo la partitura y desentrelazar sus manos para pasar las páginas. Si en la representación de una ópera eso es inadmisible, ¿por qué hacerlo en la «versión de concierto»? Pero esa no es toda la cuestión: como parte inseparable del show, Gheorghiu y Alagna también juegan a los intercambios de caricias para escenificar su condición de ex matrimonio recientemente reconciliado, con lo cual el efecto se vuelve más extraño aun. En todo caso, muy poco afortunado. Fue como una rutina casi cómica, a la que revistieron con las poses propias de un dúo de cantantes populares que representan su propia historia amorosa a través de canciones, pero que en este caso opacó y distrajo del imaginario propiamente operístico. La insoportable liviandad, quizá, de la mirada paródica contemporánea sobre la tradición de la ópera, en este caso desde el lugar de un «show internacional».
«Tosca» fue mejor, sin duda. Aunque aquí hay que apuntar que, si bien el primero de los dúos fue muy satisfactorio, el segundo, correspondiente al desenlace del tercer acto, dejó un regusto de corte abrupto. ¿Por qué, si en el magnífico «E lucevan le stelle» (lo mejor de la noche), Alagna cantó toda la introducción pese a la ausencia del personaje del carcelero, en el final Gheorgiu privó al público, y se privó a ella misma, del clímax de la invocación final a Scarpia y la caída al vacío? Fue un Puccini interruptus.
Tanto, como la falta de los bises que todo el teatro, atronando en ovaciones, estaba esperando. Esos que se pedían desde distintos lugares: el «Nessun dorma», o «Vissi darte», o cualquier otro clásico de repertorio. Y no las «melodías ligeras» con las que casi todos los cantantes líricos internacionales insisten en torturar al público. Como si Roger Waters hiciera «Una furtiva lacrima» como bis.


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