Curiosa situación la de un instrumento que nació en la música popular y que alguna vez se hizo clásico sin abandonar jamás sus orígenes. Pero que sí desarrolló distintas técnicas, diferentes toques y maneras de interpretación, según ser tratara de uno o de otro género. De tal modo, no es extraño que los guitarristas clásicos -es decir, los formados en los conservatorios y universidades- se sientan en algún momento tentados a atravesar la línea y, en el caso argentino, a hacer zambas, cuecas, chacareras, tangos o milongas. En nuestro país, sin dudas el festival "Guitarras del mundo" ha tenido mucho que ver en fomentar más aún los cruces, los intercambios, las uniones, de repertorios y de técnicas que han permitido nublar al extremo los límites.
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Máximo Pujol es un caso típico. Formado en el Conservatorio Juan José Castro y con maestros como Abel Carlevaro, Miguel Ángel Girolet, Alfredo Gascón, Horacio Ceballos o Liliana Ardissone, cuando empezó a hacer la que es hoy una importante carrera, en nuestro país y en el exterior, no dudó en jugar en todos los frentes, aún como compositor.
Este nuevo álbum suyo es una muy buena muestra de su búsqueda y de su talento. Conserva la sutileza de toque de su herencia clásica pero comprende y comunica con swing popular cuando interpreta piezas de Juan y Eduardo Falú, Yupanqui, Moscardini, Heinze, Ernesto Méndez o de su propia cosecha, como las inspiradas "Caserío" y "Nocturno".
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