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Murió en Madrid el actor más porteño: Alberto de Mendoza
Alberto de Mendoza, una trayectoria inmensa: 151 películas, teatro, y la estampa inolvidable de «El Rafa» en la televisión.
«Estudiaba, me comía la vida. Desde la parte más alta del Colón vi dirigir a Toscanini, a FurtwTMngler, al maestro Panizza. Fui bailarín de boite, integré el Ballet de Mecha Quintana, entré de comparsa en el Colón, a lo más que llegué fue a hacer el oso de Petrushka», recordaba el año pasado en charla con este diario, y seguía evocando:
«Empecé teatro en La Cortina, nos dirigía Mané Bernardo. Hacíamos Ibsen, ONeill, Coward, Reynaud. Luego entré de meritorio al Cervantes, para tener carnet de actor profesional. La primera vez que salí a ese escenario y vi la enorme sala llena de público me quedé paralizado. Tuve que rogar por otra oportunidad. También empecé a aparecer en cine, y seguía aprendiendo. Nuestra escuela fue ver a unos actores que jamás nos animaríamos a tutear, como Nicolás Fregues y Miguel Faust Rocha, más el sainete, el teatro gauchesco, y los que venían de la Comedia Francesa, los belgas, los alemanes, que con mi mujer veíamos desde lo alto del Odeón. Han tirado el Odeon, estos bestias. ¡Y Vittorio Gassman! Le vi hacer Seis personajes en busca de autor cuando era un dios».
Ya para entonces, de Mendoza era una figura. Lo consagró Tita Merello al darle el papel de hijo suyo en «Filomena Marturano», éxito teatral que luego llevaron al cine con Guillermo Battaglia, el supuesto padre. Pero su primer gran protagónico, «El jefe», vendría mucho después. Dos figuras lo han caracterizado: el porteño canchero que se lleva todo por delante, personaje que él detestaba y que encarnó admirablemente en «Ellos nos hicieron así», «Barrio gris», «El jefe», «Primero yo», etc., y el porteño noble y algo melancólico de sus preciosos papeles de madurez: «El Rafa», «Noches sin lunas ni soles», «Cleopatra», la brasileña «Bossa nova» y la española «Tapas». También hizo gustosamente los antihéroes vencidos por el fracaso propio y la maldad ajena de «El infierno tan temido» y «Memorias del subsuelo», y el abuelo manejador, refinado, quizá perverso de «La mala verdad», excelente trabajo con el que coronó una trayectoria de exactamente 151 películas.
Instalado en España desde comienzos de los 60, la mayor parte de su filmografía es europea. «Hice de todo, drama, simples comedias, románticas, terror, westerns, bélicas, espadachín, jinete, películas alimenticias con el mismo respeto que a las otras, y he conservado una línea de conducta: no me dejo seducir por el éxito ni por el fracaso. Ambos son incómodos. Uno duele porque ha puesto sus ilusiones en algo que resultó incomprendido. El otro engaña, como engañan esos tipos que van navegando por la vida con cara de éxito. Conozco bastante a cada uno», decía en aquella charla, y recordaba también éxitos y fracasos teatrales. «Amo el telón bajo, los tres golpes, el silencio, y el telón que sube».
Admiraba a Alfredo Alcón, veneraba a Vittorio Gassman, aclarando que nunca fue su amigo, ni su discípulo, aunque tenían ciertos recursos en común, y una estampa envidiable. «Lo visité en Roma, en Firenze me dejó ir a sus clases. Yo le decía maestro, Cazzo, io non sono maestro di nessuno! me replicaba». Tampoco de Mendoza fue maestro de ninguno, incluso llegó a estar subvalorado, pero sería bueno que unos cuantos actores empezaran a estudiarlo.
En los últimos años recibió tres merecidos premios a la trayectoria: el Cóndor, que debieron llevarle a Madrid por la enfermedad de su esposa, el Martín Fierro, y el de la Asociación de Intérpretes que congrega a los artistas españoles. Mucho antes, recibió una inesperada alegría: «Al pasar los años llego a La Fenice de Venecia, como miembro de la representación española a la Bienal de Teatro. Llevamos Divinas palabras, yo comenzaba el diálogo. Terminamos ovacionados. Yo pensaba, si me vieran los muchachos de la Real, venirme desde Talcahuano y Corrientes hasta La Venice. Al otro día tocan a mi puerta, una señora, vos eras comparsa del Colón. Yo te hice dar el papel de oso. ¡Era Margarita Wallmann, que estaba de directora coreógrafa de La Scala de Milan! Charlando horas, me felicitó por todo lo que había hecho».


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