12 de septiembre 2012 - 00:00

Riera: crónica de una conversión

Riera: crónica de una conversión
Daniel Riera «Ventrílocuos. Gente grande que juega con muñecos» (Bs.As., Tusquets, 2012, 324 págs.)

Cuando hace unos cuatro años el escritor y periodista Daniel Riera se dedicó a investigar personas, lugares e instituciones raras, curiosas o sorprendentes para su libro «Buenos Aires bizarro», no sospechó que, como lo ha advertido más de una vez de la literatura fantástica y de terror, uno de esos lugares lo atraparía al punto de convertirlo en parte de sus incondicionales. En esa guía turística que lleva a recorrer los hitos de lo extraño en el territorio porteño, Riera ofrecía datos de alguien que hace reiki para mascotas, de quien saca fotos del alma, de dónde uno puede subirse a un tour que lleva a recorrer lugares donde se cometieron crímenes atroces, indica cómo visitar el monumento al dedo gord o a la pelota, o a ver nuestro minimonumento de la Estatua de la Libertad y, entre tantas otras cosas, como descubrir la existencia de un Círculo de Ventrílocuos Argentinos.

El dato sobre ese lugar de encuentro de los practicantes de la ventriloquia hizo que llegaran a esa institución tanto personas interesadas en el antiguo arte de dialogar con muñecos como quienes querían contratar a ventrílocuos. Para agradecer esa inesperada notoriedad, el Círculo, en su cena anual, entregó a Riera una estatuilla y un diploma de agradecimiento. Pero, sin que nadie lo imaginara, los hados se habían instalado en el número para un sorteo que le habían dado a Riera al entrar, número que le hizo ganar al periodista un muñeco de ventrílocuo que inesperadamente lo convertiría en componente de esa peculiar grey.

Como en alguna de las películas que tratan del tema, silenciosamente el muñeco se apoderaría de Riera, le daría una nueva profesión, lo ligaría a una hermandad que si bien estuvo ya entre los antiguos egipcios, hebreos y griegos tomaría su nombre de ventrilocuos, de «los que hablan con el vientre», en el tiempo en que los romanos se deleitaban con sangrientos circos. Todo se confabuló para que Riera mutara en «Paco» que dialoga con su muchacho (acaso le molestaría que se lo llame marioneta) que bautizó como Oliverio, en homenaje al poeta Girondo, y pasaría de la computadora del narrador a la escena.

El libro de Riera sobre «gente grande que juega con muñecos» es mucho más que una notable investigación periodística, lleva por cómo se forma alguien que quiere ser ventrílocuo, revela secretos y explica misterios que intrigan a quienes se han deslumbrado ante un arte que entre nosotros hizo memorable el dúo de Mr. Chasman (Ricardo Gamero) y Chirolita. A medida que Riera va detallando las etapas que lo van haciendo ventrílocuo, informa de artistas del pasado y el presente, de cómo con ese juego entre una persona y un muñeco se puede alcanzar una ilusión, esa clave sensorial del arte, que conmueva o divierta a quienes estén expectantes a un diálogo que nunca deja de ser animado, porque se ha dado un ánima a un muñeco, como bien lo supo el periodista Carlo Collodi cuando se aventuró con su Pinocho.

Es fascinante como Riera comienza narrando como periodista la crónica de su conversión en artista del espectáculo, registra charlas, da informes, coloca fichas y datos históricos, para poco a poco irse dejando arrastrar por la pasión del creador, por el indiscutible amor hacia sus criaturas.

M.S.

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