14 de diciembre 2011 - 00:00

Siri Hustvedt encontró su voz

Siri Hustvedt encontró su voz
Siri Hustvedt, «El verano sin hombres» (Bs.As., Anagrama, 2011, 218 págs.)

Cuando están por mudarse una casa más amplia, el científico sesentón Boris le dice a Mia, su mujer, con la que lleva casado 30 años, que se va a tomar una pausa en su matrimonio. Y Mia, 55 años, una hija que decidió ser actriz, descubre que la «pausa» de su marido es francesa, castaña, de pechos notables y auténticos, no operados, mente excelente y 20 años más joven. Mía es internada por un «Trastorno Psicótico Transitorio». Cuando le dan el alta se refugia en Boden, la ciudad de su infancia, donde se toma una pausa veraniega de género.

Son días sin hombres y con mujeres de diversas generaciones. Es el reencuentro con su madre y sus compañeras del geriátrico, que le permiten saber de los padecimientos de las mujeres en el pasado. Es el reencuentro con la poesía, en un curso que como poeta premiada dicta a un grupo de adolescentes, en las que ve que otro tipo de mujer está en marcha. Está su vecina, que tiene dos hijos y un marido que la maltrata. Y está su hija Daisy, con la que gracias a esa pausa tambien se reencuentra.

Hasta ahora los cuentos y novelas de Siri Hustvedt eran tan serios y densos que nadie dudaba que la estadounidense se había doctorado en Literatura Inglesa en la Universidad de Columbia (con tesis sobre Dickens). Hasta ahora había contado historias de y desde hombres, donde se busca descifrar un secreto, clave de toda tragedia.

Esas obras le otorgaron un respetable lugar en las letras internacionales. Pero no dejaba de decirse que era «la escritora, esposa del famoso novelista y cineasta Paul Auster». Y no es que Auster y Hustvedt no sigan siendo uno de los matrimonios más celebres del mundo literario, pero con esta novela la autora de «Todo cuanto amé» arrojó por la ventana los ropajes narrativos que venía usando y logró un voz propia, desinhibida, que se permite mezclar fórmulas clásicas con juegos posmodernos, referencias intertextuales con guiños autorreferenciales. Juega a construir una «comedia feminista» y logra por momentos una «comedia pirada», al estilo de esas «screwball comedies» de Hollywood que hicieron las delicias de muchos con los disparatados enredos amorosos de Cary Grant o Katharine Hepburn.

Esta novela comienza citando la emblemática película «La pícara puritana», que cuenta de una pareja separada, como la de las páginas que siguen, y tienen ritmo cinematográfico. Un poco pesado al comienzo, tipo nouvelle vague, al punto que a la mitad del libro (pág. 112) la autora se echa un párrafo con el lector, avisándole que pronto vendrá la acción, que espere que los personajes van a hacer cosas, y termina dándole besos para que siga leyendo. Y cuando la acción se desencadena es para concluir en un clásico, y sarcástico, happy end, tras un trayecto sembrado de melancolía, humor, citas literarias y cuestiones teóricas, pasando de Emily Dickinson a Kierkegaard, de Freud a la neurobiología.

Hustvedt ha logrado su propósito: «un libro sobre como jugamos en la vida dándoles magia e insuflando imaginación en la banalidad».

M.S.

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