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Teotihuacan, el lugar donde los hombres se convierten en dioses
La Pirámide del Sol es la preferida por los turistas (arriba y abajo). En la zona, los habitantes aún trabajan la piedra de obsidiana como lo hacían sus antepasados (derecha).
Teotihuacan fue el nombre con que los aztecas designaron los vestigios de esta enorme ciudad. Significa «El lugar de los dioses» o «Donde los hombres se convierten en dioses» y sus orígenes se remontan hasta el siglo II antes de Cristo. El predio abierto al público consta de dos grandes centros ceremoniales -la Pirámide del Sol y la de la Luna-, además de templos, plataformas y residencias distribuidas a los costados de la mal denominada Calle de los Muertos. En un principio se creía que las construcciones eran tumbas, pero investigaciones recientes demostraron que se trataba exclusivamente de viviendas.
Fue en el año 500 d.C. cuando este lugar alcanzó su máximo esplendor. Entonces la ciudad abarcaba unos 20 kilómetros cuadrados y en ella habitaban entre 120 mil y 250 mil personas, lo que la convirtió en el centro poblacional más importante de Mesoamérica y una de las cinco ciudades más populosas del mundo de entonces.
El edificio mayor, la Pirámide del Sol, tuvo en su apogeo una altura superior a los 75 metros, pero hoy sólo alcanza los 64. La base de esta construcción es de 46.000 metros cuadrados, lo que la convierte en uno de los edificios más grandes del México precolombino y similar a «sus primas» egipcias.
Recorridos
De acuerdo con los exploradores, una fuente importante de riqueza de esta civilización fue el comercio de artesanías con piedras semipreciosas y el trabajo en cerámica, una actividad que aún persiste entre los habitantes de la zona. Incluso dentro del complejo turístico, en un taller se exhiben y se venden trabajos realizados en obsidiana, jade y plata 975. Esta visita es interesante desde el punto de vista informativo, ya que allí explican los distintos mecanismos que se aplican sobre los materiales, al tiempo que realizan una pequeña demostración sobre los usos de la planta de maguey, materia prima del tequila.
Esta cultura creció hasta alrededor de 750 d.C., cuando empezó un proceso de decadencia: la ciudadela fue saqueada, quemada y destruida. Se cree que un período largo de sequía llevó a este pueblo a la extinción, aunque no se descarta que haya estallado una suerte de guerra civil o una batalla con un pueblo mucho más poderoso. Finalmente, cuando los aztecas llegaron a la zona, en el siglo XV, lo bautizaron Teotihuacan y lo adoptaron como propio.
El área está habilitada para que los visitantes la recorran libremente. Aunque en conjunto las ruinas de esta cultura son atractivas, la que se lleva todos los aplausos es la Pirámide del Sol.
Los turistas más inquietos no se conforman con verla desde abajo y asumen el reto de subir sus casi 365 amplios escalones.
Sin embargo, la altura del lugar (2.300 metros sobre el nivel del mar) obliga a que el ascenso sea tranquilo y pausado. Es común que en la cima muchos de los visitantes mediten, realicen ejercicios de yoga y respiración, ya que de acuerdo con algunas creencias, se trata de uno de los centros energéticos más poderosos del mundo. «Es increíble, me siento poderosa aquí arriba», afirma cansada María Ángeles Fernández, oriunda de Guatemala. La joven de 26 años hacía fila para llegar a tocar una pequeña chapita, presumiblemente de oro y ubicada en el centro de la pirámide, que, según las creencias, «carga y renueva la energía de quien la toque». Pisotones, empujones y arañazos, a la orden del día.
Un poco más lejos y directo por la Calle de los Muertos, también impacta la «sede» de la Luna. Si bien es más pequeña que su hermana del Sol, regala una vista más amplia de la ciudadela, un manjar para fotógrafos aficionados.
En las inmediaciones de la Pirámide de la Luna está el Palacio de Quetzalpapalotl, aparentemente la residencia de algunos de los sacerdotes de la población. En sus columnas se aprecian deidades talladas, algunas de las cuales conservan sus colores originales.
También se destacan por su diseño los palacios de Quetzalmariposa y el de los Jaguares, así como la ciudadela y los barrios circundantes de Tetitla, Tepantitla, Zacuala, Yayahualco y Atetelco.
«Estoy agotadísimo, vengo de subir la del Sol; ahora ésta, pero sí que vale la pena», relata Felipe Zanco, un español de 30. «Vengo de dar un recorrido por la península de Yucatán, he disfrutado de la playa, pero esto no tiene comparación, es increíble», dice mientras retrata el paisaje.
En los últimos años, no sólo aumentó el número de turistas a la zona, sino también la presencia de vendedores ambulantes. Hace un tiempo estaba prohibido su ingreso a la zona arqueológica y abordaban a los visitantes en el ingreso, pero las limitaciones parecen haber mermado. Aunque no se note a simple vista, muchas de las piezas que ofrecen son falsas -lo que no garantiza su durabilidad-, además de que la actividad de estos comerciantes perjudica a los verdaderos artesanos de la zona.
Saberes y sabores
El premio por el mérito de haber recorrido la ciudadela de pies a cabeza es una parada en alguno de los restoranes de la zona, en muchos de los cuales se ofrecen diversas comidas típicas e incluyen coloridos shows y danzas tradicionales. Un buen almuerzo en una de esas casas de comida cuesta entre los u$s 15 y los u$s 20.
De esta manera, el extenso recorrido por Teotihuacan llega a su fin. Aun así seguirán abiertos miles de interrogantes sobre esta cultura, llena de vacíos y puntos oscuros, aunque con construcciones magníficas que delatan su magnificencia en tiempos pasados.
* Enviada Especial a México


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