La larga travesía desde Siria, Afganistán o Irak hacia Europa, que los refugiados e inmigrantes hacen en parte a pie, es agotadora para los hombres que huyen de la guerra, la persecución y la pobreza, pero es especialmente dura para familias y mujeres con niños pequeños.
Amina, de 28 años y originaria de Alepo, viajó con su esposo y su hijo de un año desde Siria y ahora acampan en una carpa improvisada en un paso subterráneo, esperando abordar un tren hacia Alemania. Hay algunas canillas de agua para los cientos de migrantes, y grupos de ayuda civiles entregan alimentos, bebidas y ropa.
Amina dice en su balbuceante inglés que su casa fue bombardeada en Siria y muestra orgullosa a su hijo diciendo que es tan fuerte como su padre.
El niño tuvo fiebre durante el viaje, pero se recuperó. Cuando se le preguntó cuál fue la parte más dura de la travesía hasta ahora, dijo con una leve sonrisa: "Difícil caminar con un bebé... y sin higiene".
Frente a un centro médico temporal, levantado por civiles y manejado todo el día por médicos y enfermeros voluntarios, hombres y mujeres esperan pacientemente, la mayoría de ellos con niños.
Kathleen Leak, una enfermera de la localidad inglesa de Doncaster, estuvo trabajando en el lugar por ocho días. Visitaba a su hija que estudia en Budapest y decidió quedarse a ayudar.
"Tuvimos un par de niños con ataques de asma, les dimos esteroides y los subimos al tren lo más rápidamente posible", comentó. Añadió que los problemas más frecuentes en los niños son diarrea, vómitos y fiebre.
Para las mujeres, uno de los principales problemas es mantener la higiene personal durante la larga travesía. Pero también nacen bebés y ocurren abortos espontáneos.
En la estación del lado este de Budapest, varias mujeres entraron en trabajo de parto, fueron llevaras a hospitales y tuvieron bebés sanos, dijeron trabajadores humanitarios.
Pero ahora la temperatura cayó a unos 6 a 9 grados durante la noche y el frío empeoró la situación para miles de migrantes que cruzan la frontera serbia cada día.
Maria Veres, una pediatra retirada, trabajó incansablemente por casi cuatro semanas en la estación ayudando a los niños.
El centro médico es pequeño, con tres colchones en el suelo, y la doctora debe arrodillarse para examinar a los bebés. Pero está bien provisto de medicinas, donadas por los húngaros y extranjeros.
"Ahora que llegó el tiempo frío tenemos muchos casos de niños con resfríos y fiebre", dijo la doctora.
| Agencia Reuters |


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