6 de febrero 2008 - 00:00
"A precios de hoy, no haría este film"
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Gugliotta: «Aunque nos apoyaron una productora alemana y otra norteamericana, lo bueno y lo malo del film es enteramente nuestro».
P.: ¿Cómo empezó todo?
S.G.: Con un premio en efectivo de la World Cinema Fund al mejor proyecto presentado en Berlín. Ahí nos contactó una productora alemana, y más tarde una norteamericana, que por suerte respetaron enteramente nuestras decisiones artísticas. Lo bueno y lo malo del film es exclusivamente nuestro.
Claro que, por una cuestión de respeto, me interesa muchísimo la opinión de quienes nos apoyaron, a quienes considero verdaderos amantes del cine.
P.: Cuénteme algo sobre las actrices.
S.G.: De Ana Celentano fue verla y decirme «es ella, es la persona que estaba escrita en el guión». La cara, la materia, pero no solo el cuerpo, sino que también es actriz, y muy dúctil, con voluntad de trabajo, y energía espiritual como para sostener un protagónico. Y Natalia Oreiro es una profesional impecable, muy inteligente, de un talento muy fuerte, increíblemente generosa. Para mí fue como tener una invitada de lujo.
P.: A la que hizo actuar de cara lavada.
S.G.: Sí, porque en el film construye un personaje de mujer dependiente, apagada, que vive a la sombra del marido. Es decir, todo lo contrario de la auténtica estrella que es en la vida real. Había que ver el revuelo que causaba en Calafate. Pero cuando debíamos trabajar, era una más dentro del equipo.
P.: La obra tiene buen acabado formal, parece costosa.
S.G.: Parece, solamente, y estoy orgullosa de su factura, pero creo que ahora sería imposible hacerla. Los precios han subido mucho. Nosotros, organizados como empresa familiar (la producción estuvo a cargo de mi esposo Víctor Cruz y mi hermano Juan Pablo), logramos hacerla en 35 milímetros, filmando tres semanas en el lugar más caro del país, Calafate, doblaje en estudio (de puro obsesivos que somos), cuatro meses a pleno trabajando el sonido, un año entero de montaje.
P.: ¿Por qué tanto tiempo?
S.G.: Hay cosas muy sutiles, como la luz, escenas que provocan distintas sensaciones según los ruidos o la música que las envuelvan o antecedan, etcétera, cosas que requieren su tiempo, para que todo se abra a distintas lecturas y luego cierre debidamente. La película tiene su juego, propone distintas miradas y sostiene la posibilidad de cada una de esas miradas: lo que pasa está en la cabeza de la protagonista, y no está, depende cómo la interprete cada espectador. Trabajamos mucho con el director de fotografía Lucio Bonelli (que se inspiró en «Nieve sobre los cedros» y en la rusa «El regreso», que también tiene partes abiertas), los sonidistas de Loredo y D'Elía (los mismos de mi primer film, «Un día de suerte»), el montajista Eduardo Di Bitonto, y especialmente el músico Sebastián Escofet ( colaborador de Gustavo Santaolalla en «21 gramos»). El sabe muy bien dónde hacer repercutir casi físicamente un clima sonoro en el espectador, para inducirlo sutilmente a determinada percepción. El asunto era vincular música, ruidos y diálogos, que además debían parecer algo enrarecidos, porque, ciertamente, ésta no es una película realista. La idea es que remita a otras películas, que las actrices remitan a otras películas (por ejemplo, en el sur nadie se viste como ellas), que la acción misma remita a ese mundo de películas como las que veíamos antes, cuando casi no había celulares, por ejemplo.
Entrevista de Paraná Sendrós




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