5 de octubre 2007 - 00:00

André: "Los monstruos sagrados ya no existen"

Arnaldo André: «Lo de las cachetadas fue algo que no sepensó bien. Hoy sería tremendamente impopular. Ya no podríapasarme 132 capítulos abofeteando a una mujer... ni anadie».
Arnaldo André: «Lo de las cachetadas fue algo que no se pensó bien. Hoy sería tremendamente impopular. Ya no podría pasarme 132 capítulos abofeteando a una mujer... ni a nadie».
Acaba de filmar dos películas y esta noche debuta en el teatro Broadway con la obra de Jean Cocteau, «Los monstruos sagrados», bajo la dirección de Rubén Szuchmacher. En ella, Arnaldo André interpreta a Florent, un prestigioso actor de la Comedie Française, casado con una actriz tan admirada y glamorosa como él (papel a cargo de Claudia Lapacó). La pareja protagónica disfruta del lujo y de la fama del público hasta que la llegada de una jovencita lo trastoca todo.

André llega a la entrevista con la última novela de Michael Cunningham bajo el brazo y luciendo un nuevo corte de pelo, herencia del policía que interpretó en el film «La confesión» de Juan Manuel Jiménez. «Sí, ya me dijeron que me da un aire más juvenil. Más adelante voy a dejarlo crecer más para poder taparme la cara», ironiza sin complejos. Hace tiempo que el protagonista de «Piel naranja» y «Amo y señor» -entre otras tantas telenovelas que hicieron época-tomó la decisión de dedicarse más al teatro y al cine, y este año lo logró por partida doble, ya que también protagonizó el film de Fernando Díaz «La extranjera» (ganador del premio Signis en el Festival de San Sebastián). Las dos películas que rodó se estrenarán en 2008. «No quise ver el material, prefiero verlo ya terminado y en pantalla grande», dice.

  • Vigencia

  • En relación a la obra de Cocteau no tiene más que elogios: «Es un texto muy rico en contenidos, con muchas alusiones al mundo del teatro. A pesar de haber sido escrito en 1941, su visión del amor es muy vigente y está teñida de un humor muy particular, que a veces bordea el absurdo. Eso hace que la gente se divierta». Florent y Esther son dos grandes personalidades del teatro parisiense de esa época y se mueven en un ambiente muy elegante, hasta que de pronto una chica de 20 años ocasiona la crisis.

    Periodista: ¿Usted eligió a su partenaire?

    Arnaldo André: No, pero ¿qué actor no querría trabajar con Claudia Lapacó? Es un placer estar arriba del escenario y mirarla a los ojos, acariciarla y, por qué no, besarla...

    P.: No me va a decir que también le da un cachetazo, como hacía con Luisa Kuliok.

    A.A.: Ah, no. No a ella.

    P.: ¿A quién, entonces?

    A.A.:
    A alguien que se lo merece, y no digo más.

    P.: Dicen que Cocteau acuñó la expresión «monstruos sagrados» en tren de comparar a los artistas con los dioses del Olimpo, que sin ser mejores que el resto de los mortales, disfrutan de muchos privilegios.

    A.A.: Eso ya no existe hoy. Cualquiera se puede colar en una fiesta, cualquiera es una estrella de televisión, cualquiera está en la calle Corrientes. Ya no existen los monstruos sagrados.

    P.: ¿Habría que remontarse a la época de las mellizas Legrand y Zully Moreno?

    A.A.: Exacto, y sobre todo a doña Lola Membrives.

    P.: Pero, ¿le parece que Lola Membrives era glamorosa?

    A.A.: Yo estoy hablando a nivel profesional, de artistas que eran toda una institución, que tenían su propia compañía y hasta su propio teatro. Antes eso era posible, terminaban de ensayar una pieza y ya estaban pensando en la siguiente. Para el resto de los actores era muy importante formar parte de una de esas compañías.

    P.: Usted no vivió esa época.

    A.A.: No, pero tuve la suertede que Daniel Tinayre, en 1970, me convocara para «Cuarenta kilates» junto con Mirtha Legrand.

    P.: ¿Es cierto que se arrepentió de su carrera televisiva? A.A.: Sí, y cuando lo digo muchos me retrucan: «Pero no te fue nada mal». Pero, insisto, yo vine a la Argentina a los 17 años pensando en el cine y en el teatro, no en la televisión. Pero la televisión me fue absorbiendo y me dio una popularidad enorme. Cuando empecé a hacerme conocido la productora Aries me ofreció un contrato para filmar tres películas. ¡Hoy nadie hace eso! Y yo rechacé esa oferta por una cuestión de ego. Como no me podían asegurar un protagonismo absoluto me retiré del proyecto. Ahora me arrepiento, porque yo amé el cine desde siempre, como espectador, y ahora que filmé dos películas ya puedo decir que también lo amo como actor. No lo cambiaría por nada del mundo, salvo por el teatro.

    P.: ¿Cómo sobrellevó su pico de popularidad en los '70 y '80? Todo el mundo veía sus novelas y muchísimas mujeres suspiraban por sus besos y cachetadas.

    A.A.: La fama me gratificó siempre porque soy una persona a la que le gusta el buen trato, la sonrisa, el gesto amable. Y todo eso se obtiene mucho más fácilmente cuando uno es famoso, No debería ser así, pero lo es. Yo trato a todo el mundo con la misma cordialidad.

    P.: Salvo con las cachetadas.

    A.A.: Eso fue algo que no se pensó bien. Imagínese lo impopular que sería ahora. Ya no podría pasarme 132 capítulos golpeando a una mujer... ni a nadie. Pero en aquel entonces, año 1984, recién empezaba la democracia. Después de tantos años de dictadura la gente estaba en plan destape. Así fue como empezó a haber cachetadas en «Amo y señor» y chicas bailando arriba de las mesas. Los tipos me decían: «Eh, ¿de dónde sacan esas minas?» Era la primera vez que en una telenovela mostraba chicas en minifaldas con la cámara enfocándolas desde abajo. Las escenas transcurrían en un bar de pueblo llamado «Puerto caliente».

    P.: Me enteré que hay un futbolista paraguayo que lleva su nombre, el defensor Arnaldo André Vera.

    A.A.: Sí, ya me contaron. Todavía me sigo cruzando por la calle con chicos de 22 ó 23 años que llevan mi nombre o el de alguno de mis personajes. Hay muchos Ariel por mi personaje en «Pobre diabla» o chicas que, como la secretaria de mi kinesiólogo, se llaman Aldana por la novela que hice con Soledad Silveyra, «Mi hombre sin noche». Yo creo que eso se debe a que antes repetíamos más los nombres de los personajes, por eso la gente se acuerda. Tal vez fue un hábito que heredamos de los radioteatros. Eso se nota mucho en esta obra de Cocteau. Mi personaje repite cada dos por tres: «Esther, Esther». No suena muy natural por eso suprimimos las repeticiones. De todas maneras, me sigue sorprendiendo la memoria de la gente. Hace poco alguien me dijo: «En 'Rolando Rivas, taxista' vos te llamabas Juan Marcelo Echenique». Estamos hablando del año 1972 ¿Cómo pueden acordarse?

    Entrevista de Patricia Espinosa

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