8 de febrero 2006 - 00:00
Biografía de Hearst analiza su real influjo en el siglo
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Hearst con la actriz Norma Shearer. El libro "The Chief" señala que la cuna rica del magnate de la prensa fue más un peso que un beneficio, porque siempre detestó las costumbres de la clase alta (arriba). Con su amante Marion Davis, que fue una buena actriz y no
la fracasada cantante de ópera que intentó reflejar Orson
Welles en "Ciudadano Kane" (abajo).
Nasaw tuvo la posibilidad de partir de cero, y basar su estudio en los cientos de miles de cartas, telegramas, apuntes, transcripciones de mensajes telefónicos, artículos y editoriales que Hearst escribió o que trataron sobre él. Esta investigación titánica difícilmente podía originar un libro ligero, menos aún cuando Nasaw reconoció que descubría un Hearst «infinitamente más fascinante que el que había esperado encontrar».
Nasaw, sin embargo, hace un esfuerzo expositivo, le da al lector un infinito aparato de citas y documentos, para dejar que hablen los testigos de los hechos, las personas protagonistas, muchas de las cuales, como Marion Davies, su amante durante décadas, escribieron o dictaron sus propias memorias o autobiografías. Aporta fragmentos de artículos de Hearst y sus detractores. Pasa del estilo indirecto al directo continuamente y no deja que su fascinación por el magnate-traspase la objetividad de su narración.
Es en su infancia donde aparece la obsesión coleccionista de William, en un viaje a Europa con su madre. En una época en que saltaba de una escuela a otra, de un piso de alquiler a otro, el niño decidía rodearse de objetos que nadie podía tocar como «un antídoto contra los continuos trastornos de la vida cotidiana». Setenta años después, la colección de arte y antigüedades que fue subastándose en lotes poco a poco para sanear las cuentas de las empresas de Hearst, podían haberse catalogado en 250 volúmenes.
La mastodónica red de negocios e inversiones inmobiliarias que fue levantando durante décadas, se vino abajo por culpa de una compulsión que no pudo contener jamás en su vida: comprar sin freno.
En 1877 George Hearst invirtió en unos terrenos en Dakota y constituyó la Homestake Mining Company. Este negocio haría a los Hearst inmensamente ricos. Después invertiría en las minas de Anaconda: George Hearst fue catapultado a los primeros puestos de la lista de los increíblemente ricos. Hubieran podido vivir como reyes. Pero no lo hicieron. El padre de W. R. «sentía un desdén casi visceral por los gustos de la clase alta».
Su hijo, que ya había nacido entre algodones, vestía y tenía los modales de un joven caballero, pero como su padre, se movía por los márgenes de la sociedad de San Francisco. Sus años de formación universitaria fueron poco importantes, y aunque consiguió moderar su afición a la holgazanería y a las fiestas, no llegó a acabar sus estudios en Harvard.
Esa automarginación de la alta sociedad le costaría a la larga ser víctima del desprecio de los poderosos cuando quiso consolidar sus ambiciones políticas. Partidario del partido Demócrata desde joven, William Hearst aspiró a la alcaldía de Nueva York y hasta a la candidatura a presidente. No se pueden leer sino con amargura las prolijas páginas que relatan con detalle los vaivenes políticos de Hearst, duramente maltratado por una sociedad clasista que no consentiría tanta ambición en el hijo de un minero.
Hearst, que ya había consolidado su poder como empresario editor, volvió a estrellarse en su carrera política varias veces. Años después, cuando ya no tenía ambiciones de cargo alguno, se había convertido en una figura tan fundamental de la vida nacional que Roosevelt lo invitó a la Casa Blanca para conocer las impresiones de Hearst tras su encuentro con Hitler. Con su multitud de diarios hacía tiempo que podía dirigir el país, apoyando la carrera de un político u otro. Había dado el salto a Nueva York, competido duramente con Pulitzer y extendido su imperio hasta poseer 26 periódicos.
Cambió el rostro del periodismo estadounidense. Estableció una agenda progresista en sus primero años, y declaró siempre sus opiniones políticas, abiertamente partidista. El periodismo del futuro acusó su influjo: la línea de «The New York Times» de la defensa de la objetividad terminaría autocuestionándose.
Hubo quien escribió una vez que Hearst fue el último periodista estadounidense que dominó su medio, y que sus sucesores sólo fueron «mecanismos bien aceitados». Pero la debacle de su imperio fue efecto directo de esa política editorial.
Churchill, que estuvo una semana en el castillo de San Simeon con Hearst, captó el flujo de opinión que vendía la imagen del magnate como un diablo. Sin embargo fue un periodista bastante íntegro, y un buen jefe, capaz de sostener siempre la caballerosidad y la elegancia en el trato con los demás. Respetó siempre la vida privada de sus competidores y enemigos, a diferencia de sus detractores, que no dudaron en desprestigiarlo recurriendo a airear su relación extramarital con la actriz Marion Davies, quien, por cierto tenía talento, no como la patética Susan Alexander que Orson Welles puso a cantar ópera en «Ciudadano Kane».




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