Una de las obras de Juan Carlos Distéfano atesoradas por
Hugo Sigman, quien, como todo verdadero coleccionista, no
las guarda para sí ni especula con lograr beneficios.
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Acaso esté ahí el germen de Pasaron siglos hasta que el mecenazgo se vio emancipado de la exaltación personal del protector y de sus méritos y hazañas, para que aquéllos y éstas consistieran en la elección del poeta, el músico o el pintor al que se auspiciaba. Una verdadera competencia se entabló entre príncipes y reyes por sostener a los artistas más importantes: así nacieron las colecciones nacionales de pintura y escultura, futuros museos públicos del XIX. Faltaba el paso decisivo: que el auspicio se otorgara sin otra intención ni meta que fomentar al artista por sí y por su aporte a las creaciones estéticas y a la cultura del país. Ese paso lo dieron los Estados en la Europa del siglo XIX y XX, con limitaciones y favoritismos, y lo imitaron los particulares, democráticamente, en la Norteamérica de principios del siglo XX, desde donde irradiaron sus creadores hacia el mundo entero.
El coleccionismo, casi tan antiguo como la humanidad, es una de las vías esenciales del mecenazgo artístico. Pero no siempre recordamos que el término latino praemium, del cual deriva la voz española premio, designaba al botín de guerra, a los objetos saqueados al enemigo tras la victoria. Sin embargo, de este modo se formó, según los historiadores, el primer museo de que hay memoria, el de Susa, capital del Reino de Elam (Irán), inaugurado hacia 1176 a. C, con objetos robados a los Babilonios. Casi tres mil años después,
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