3 de enero 2006 - 00:00
El museo y sus orígenes: una guía para turistas
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En la entrada de la Fundación Cartier para el arte contemporáneo,
el artista norteamericano Richard Artschwager se
pregunta por el sentido de los museos.
Musas: ¿De dónde viene la palabra «museo»? Del griego Macen, y a través del latín museum, «Templo de las Musas», que en la mitología griega eran las datadas de las artes y las ciencias, entre ellas, Clío, de la Historia; Talía, de la Comedia y Terpsícore de la Danza. Presididas por Apolo, el dios de la belleza, la claridad, las artes y la adivinación, las nueve Musas habitaban en el Monte Parnaso. Pero no estaba allí el Mouseion, sino en la ciudad de Atenas.
En la Edad Media -fines del siglo V a fines del siglo XV d.C.-, los objetos de valor artístico se concentraron en las iglesias y los monasterios pero también en los castillos, aunque el auge de las ciudades, a partir del siglo XIII, llevó a los comerciantes ricos a señalar su creciente poderío social por medio de la reunión de obras y objetos preciados.
• Renacimiento
El museo del siglo XV: empresarios ricos, banqueros y políticos fueron los Médici, de Florencia. Uno de ellos, Cosme el Viejo (1389-1464), quien gobernó allí desde 1429 hasta su muerte, fue el primero en la historia de Occidente en dar el nombre de «museo» -a comienzos de la segunda mitad del siglo XV- a su colección de manuscritos, curiosidades, obras y objetos de arte. La pinacoteca y el tesoro quedaron así fusionados, pero el tesoro no contenía ofrendas a los dioses sino al arte.
Con Cosme el Viejo nos hallamos en pleno Renacimiento, un brillante período de la cultura europea que alcanzó su máxima expresión en las artes visuales, entre 1430 y 1530. Nacido en Italia, se difundió hacia el Norte y el Oeste. Fue el Renacimiento el que transformó el coleccionismo en una actividad erudita, guiada ya no por el deseo de ostentación sino por el espíritu crítico y el impulso histórico.
Con el Renacimiento, se afianzó la figura del mecenas (por el estadista romano Cayo Clinio Mecenas, siglo I a. C., protector de las letras y las artes), que apoyaba y sostenía a los creadores: Cosme de Médici fue uno de los más importantes de su tiempo. Otro Médici, Cosme I, Gran Duque de Toscana (1519-1574), cuyo gobierno se extendió desde 1537 hasta su muerte, encargó hacia 1560 la construcción del Palazzo degli Uffizi, que puede considerarse el primer edificio diseñado para museo, pues las colecciones de arte estaban ubicadas en el primer piso, y las oficinas administrativas de Florencia en la planta baja.
El público pudo visitar las colecciones a partir de 1582. Hizo lo mismo hace veinte años, el arquitecto Jean Nouvel con la Fundación Cartier en la avenida Raspail de París. Menos de dos siglos después, en 1743, el acervo de los Médici fue donado al Estado. El Palacio de los Uffizi atesora una de las colecciones de arte más portentosas del mundo. Pero, a pesar de Cosmeel Viejo, no se le llamó «museo» sino «galería», nombre dado en Italia, desde el siglo XVI, tanto a las colecciones de obras de arte como al lugar donde estas se encontraban, palacios y residencias, y que hoy pervive para designar a las salas comerciales de exposición y venta de pinturas y esculturas, aunque también nombra a algunos museos de arte, según sucede en Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Austria y otros países.
El Louvre, modelo definitivo: el modelo italiano de las grandes colecciones de pinturas y esculturas se diseminó por toda Europa y fue imitado por reyes y nobles; también por los papas y las altas jerarquías eclesiásticas. Así, durante los siglos XVI, XVII y XVIII se fueron formando los acervos del Vaticano, Francia, España, Hungría, Austria, Holanda. Aunque se permitía al público visitar algunas de estas colecciones, el acceso era extremadamente restringido, tanto como la idea de público, limitado a escritores, filósofos, artistas y estudiosos del arte.
Sin embargo, a mediados del siglo XVIII, la necesidad de «abrir» los museos de arte empezó a ser defendida en toda Europa. Fue la Revolución Francesa de 1789 la que llevó adelante esa apertura al fundar el museo moderno, que es exclusivo de obras de arte. Y nace el público: el Museo del Louvre, donde fueron reunidas, entre 1791 y 1793, las colecciones de la realeza y la aristocracia abolidas, así como las de templos y monasterios, podía ser visitado, entonces, tres días por «década» ( semana de diez días establecida por el calendario republicano de 1793).
El Louvre -que fue más tarde reapropiado por la Monarquía y vuelto a nacionalizar, tras la revolución de 1848-, planteó, en cambio, una oferta no condicionada para convertirse en algo más que un depósito de pinturas y esculturas: un centro de enseñanza y un órgano de acción cultural. Hoy, como entonces, es uno de los museos de más rico y variado patrimonio, sobre todo a partir del reciclaje realizado por el arquitecto Ieoh Ming Pei, a pedido del presidente François Mitterrand, el faraón de la arquitectura francesa. Con el tiempo, y aún en vigencia de las monarquías, estos acervos pasaron al dominio de las Naciones, y son las atracciones democráticas más grandes de la gente de la cultura y de los turistas de todas las clases sociales.




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