3 de enero 2006 - 00:00

El museo y sus orígenes: una guía para turistas

En la entrada de la Fundación Cartier para el arte contemporáneo,el artista norteamericano Richard Artschwager sepregunta por el sentido de los museos.
En la entrada de la Fundación Cartier para el arte contemporáneo, el artista norteamericano Richard Artschwager se pregunta por el sentido de los museos.
Los lectores viajan. Sobre todo en esta época. Por eso, en esta sección, brindaremos un servicio para aquellos que van a visitar museos. Para que en Londres, San Petersburgo, Buenos Aires, París o Roma, antes que los lectores de este diario suban las escalinatas de los museos conozcan el origen de estas instituciones.

Musas
: ¿De dónde viene la palabra «museo»? Del griego Macen, y a través del latín museum, «Templo de las Musas», que en la mitología griega eran las datadas de las artes y las ciencias, entre ellas, Clío, de la Historia; Talía, de la Comedia y Terpsícore de la Danza. Presididas por Apolo, el dios de la belleza, la claridad, las artes y la adivinación, las nueve Musas habitaban en el Monte Parnaso. Pero no estaba allí el Mouseion, sino en la ciudad de Atenas.

Sin embargo, en el sentido que nos interesa, el término fue utilizado para designar una especie de centro cultural levantado en la ciudad de Alejandría, en el siglo III antes de Cristo, por Tolomeo II, uno de los reyes helenísticos de Egipto.

Corresponde ahora ocuparnos de otras dos voces griegas relacionadas con los museos: pinakotheké, pinacoteca, y thesaurós, tesoro. En la Acrópolis de Atenas, antigua fortaleza convertida en santuario bajo el gobierno de Pericles (siglo V a.C.), donde se alzaba, entre otros templos, el Partenón -cuyas ruinas subsisten-, había un edificio dedicado a albergar una importante colección de pinturas con temas históricos y mitológicos, además de estandartes y trofeos: era la Pinacoteca (en griego: depósito de pinturas).

• Tesoro

La palabra «Tesoro», designaba las abundantes colecciones de exvotos -ofrendas a los dioses-, contenidas en templos y edificios especiales en la Grecia antigua. Los tesoros consistían en objetos de oro, plata y otros metales, así como pinturas y esculturas de grandes artistas. Las colecciones, minuciosamente inventariadas, podían ser visitadas.

En Olimpia, la ciudad consagrada a Zeus, dios supremo de los griegos, donde se realizaban los Juegos Olímpicos de la Antigüedad (desde 776 a.C. hasta 394 d.C.), había doce tesoros. Con la pinacoteca y los tesoros surgió la base del futuro museo: el coleccionismo. Esto significa que hubo museos mucho antes de que los llamáramos así. Suele mencionarse, como el más remoto, el de Susa, ciudad del reino de Elam (en el Sudoeste de lo que hoy es Irán), inaugurado en 1176 a. C. y donde se expuso el botín de guerra tomado a los babilonios. El coleccionismo de los griegos fue heredado por los romanos, con la diferencia de que entre ellos dejó de ser un hecho público para convertirse, salvo excepciones, en privado.

En la Edad Media -fines del siglo V a fines del siglo XV d.C.-, los objetos de valor artístico se concentraron en las iglesias y los monasterios pero también en los castillos, aunque el auge de las ciudades, a partir del siglo XIII, llevó a los comerciantes ricos a señalar su creciente poderío social por medio de la reunión de obras y objetos preciados.

• Renacimiento

El museo del siglo XV: empresarios ricos, banqueros y políticos fueron los Médici, de Florencia. Uno de ellos, Cosme el Viejo (1389-1464), quien gobernó allí desde 1429 hasta su muerte, fue el primero en la historia de Occidente en dar el nombre de «museo» -a comienzos de la segunda mitad del siglo XV- a su colección de manuscritos, curiosidades, obras y objetos de arte. La pinacoteca y el tesoro quedaron así fusionados, pero el tesoro no contenía ofrendas a los dioses sino al arte.

Con
Cosme el Viejo nos hallamos en pleno Renacimiento, un brillante período de la cultura europea que alcanzó su máxima expresión en las artes visuales, entre 1430 y 1530. Nacido en Italia, se difundió hacia el Norte y el Oeste. Fue el Renacimiento el que transformó el coleccionismo en una actividad erudita, guiada ya no por el deseo de ostentación sino por el espíritu crítico y el impulso histórico.

Con el Renacimiento, se afianzó la figura del mecenas (por el estadista romano Cayo Clinio Mecenas, siglo I a. C., protector de las letras y las artes), que apoyaba y sostenía a los creadores:
Cosme de Médici fue uno de los más importantes de su tiempo. Otro Médici, Cosme I, Gran Duque de Toscana (1519-1574), cuyo gobierno se extendió desde 1537 hasta su muerte, encargó hacia 1560 la construcción del Palazzo degli Uffizi, que puede considerarse el primer edificio diseñado para museo, pues las colecciones de arte estaban ubicadas en el primer piso, y las oficinas administrativas de Florencia en la planta baja.

El público pudo visitar las colecciones a partir de 1582. Hizo lo mismo hace veinte años, el arquitecto
Jean Nouvel con la Fundación Cartier en la avenida Raspail de París. Menos de dos siglos después, en 1743, el acervo de los Médici fue donado al Estado. El Palacio de los Uffizi atesora una de las colecciones de arte más portentosas del mundo. Pero, a pesar de Cosmeel Viejo, no se le llamó «museo» sino «galería», nombre dado en Italia, desde el siglo XVI, tanto a las colecciones de obras de arte como al lugar donde estas se encontraban, palacios y residencias, y que hoy pervive para designar a las salas comerciales de exposición y venta de pinturas y esculturas, aunque también nombra a algunos museos de arte, según sucede en Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Austria y otros países.

El Louvre, modelo definitivo:
el modelo italiano de las grandes colecciones de pinturas y esculturas se diseminó por toda Europa y fue imitado por reyes y nobles; también por los papas y las altas jerarquías eclesiásticas. Así, durante los siglos XVI, XVII y XVIII se fueron formando los acervos del Vaticano, Francia, España, Hungría, Austria, Holanda. Aunque se permitía al público visitar algunas de estas colecciones, el acceso era extremadamente restringido, tanto como la idea de público, limitado a escritores, filósofos, artistas y estudiosos del arte.

Sin embargo, a mediados del siglo XVIII, la necesidad de «abrir» los museos de arte empezó a ser defendida en toda Europa. Fue la Revolución Francesa de 1789 la que llevó adelante esa apertura al fundar el museo moderno, que es exclusivo de obras de arte. Y nace el público: el Museo del Louvre, donde fueron reunidas, entre 1791 y 1793, las colecciones de la realeza y la aristocracia abolidas, así como las de templos y monasterios, podía ser visitado, entonces, tres días por «década» ( semana de diez días establecida por el calendario republicano de 1793).

El Louvre -que fue más tarde reapropiado por la Monarquía y vuelto a nacionalizar, tras la revolución de 1848-, planteó, en cambio, una oferta no condicionada para convertirse en algo más que un depósito de pinturas y esculturas: un centro de enseñanza y un órgano de acción cultural. Hoy, como entonces, es uno de los museos de más rico y variado patrimonio, sobre todo a partir del reciclaje realizado por el arquitecto
Ieoh Ming Pei, a pedido del presidente François Mitterrand, el faraón de la arquitectura francesa. Con el tiempo, y aún en vigencia de las monarquías, estos acervos pasaron al dominio de las Naciones, y son las atracciones democráticas más grandes de la gente de la cultura y de los turistas de todas las clases sociales.

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