19 de enero 2006 - 00:00

"Los productores"

Nathan Lane devora a un poco creíble Matthew Broderick como Pinti a Francella, y UmaThurman no da el papel de ingenua en un film irreprochable, aunque sin la magia de laescena.
Nathan Lane devora a un poco creíble Matthew Broderick como Pinti a Francella, y Uma Thurman no da el papel de ingenua en un film irreprochable, aunque sin la magia de la escena.
«Los productores» («The Producers», EE.UU., 2005; habl. en inglés.). Dir.: S. Stroman. Guión: M. Brooks y T. Meehan. Int.: N. Lane, M. Broderick, U. Thurman, W. Ferrell, R. Bart, G. Beach.

El origen de «Los productores» se remonta a 1968, fecha del afortunado debut cinematográfico de Mel Brooks con esta brillante comedia que se llamó, en la Argentina, «Con un fracaso, millonarios», y que contaba con dos actores irrepetibles, el fallecido Zero Mostel y Gene Wilder. El musical original de Broadway basado en ella (cuya versión local continúan representando Enrique Pinti y Guillermo Francella), data de 2001, con un elenco prácticamente igual al de su traslación al cine, incluyendo a la directora Susan Stroman.

Si bien la idea de reflotar y transformar en musical aquella película, que ni siquiera llegó en sus tiempos a ser demasiado popular, fue la más redituable de Broadway de los últimos cinco años, su nueva y casi literal reencarnación en la pantalla no parece tener, en principio, el mismo destino. Esa sensación puede deberse al hecho de que hoy el género musical en cine, aunque se trate de títulos que hayan permanecido años en cartel en teatro, es riesgoso (no hay más que ver los estrepitosos fracasos de «Evita» y, más recientemente, de «El fantasma de la ópera»), o tal vez porque, en este caso, las canciones añadidas y los cuadros coreográficos no produzcan sobre la platea el mismo efecto, o la misma «magia», que sí logra la escena.

El asunto básico y las peripecias de «Los productores» son lo suficientemente atractivos y humorísticos de por sí al punto tal de que, en cine, la sucesión de canciones y lo propiamente musical (con excepción, desde luego, del número central «Springtime For Hitler», que ya formaba parte del viejo film) pueden llegar a hacerse, a veces, un tanto fastidiosos para el desarrollo de la acción: ese efecto tan bien parodiado por Woody Allen en «Todos dicen te quiero», cuando en medio de un conflicto alguien se ponía a cantar. En realidad, y para quien conserve recuerdos del original de 1968, o lo haya vuelto a ver hace poco, todo lo musical de esta versión corre con la ventaja de ser único, porque comparar aquel elenco perfecto y lo conciso y rotundo de sus gags resultaría cruel (el primero duraba exactos 88 minutos contra los 134 de ahora). Por supuesto, estas observaciones son conceptuales y no se trasladan a lo específico de la versión, que -según sus metas- es irreprochable.

Nathan Lane
(Max Bialystock), al igual de lo que ocurre en la versión Pinti-Francella con el primero, es el que domina la obra. El papel de su contraparte, el tímido contador Leo Bloom, de por sí menos favorecido por el libro, encuentra en Matthew Broderick a un actor que no llega a cubrir ese desnivel. La tarea de mantener a Bloom siempre en alto es muy complicada, ya que hay algunos rasgos, como el del pañuelo azul que le calma los nervios, que Mel Brooks escribió específicamente para el desorbitado y excéntrico Gene Wilder. En Broderick no es creíble ese detalle ni otros aunque, al igual que Lane, canta muy bien, y termina imponiéndose sobre el final.

Uma Thurman
, además de su natural magnetismo para llenar la pantalla, tiene facilidad para adaptarse a los papeles más disímiles, aunque en su caso deba resignarse a otro tipo de efecto. El papel de Ulla es el de una nórdica ingenua, laboriosa y muy sexy, cuyas dificultades para pronunciar el inglés, uno de sus involuntarios detalles de sex appeal, le hacían poner los ojos en blanco a Wilder. Thurman tiene físico de sobra, pero si hay algo que no da es para el papel de ingenua.

En cambio, Will Ferrell, como el ridículo dramaturgo filonazi Franz Liebkind, está extraordinario (una pena que haya desaparecido el personaje de la «concièrge»). Los exagerados y pintorescos personajes del director De Bris, su asistente y staff, considerados en su momento clichés gays (tanto, que algunos comentaristas de la época llegaron a hablar de «caricaturas discriminatorias» con foco en el ambiente de Broadway), revelan hoy, con su liviandad y gracia, una crítica más prejuiciosa que su mismo objeto.

Si usted gozó de la versión argentina de la obra, volver a verla ahora en cine no le representará más diferencia que oírla en inglés.

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