3 de enero 2006 - 00:00
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Acaba de
aparecer en
español la
nueva biografía
de Alfred
Hitchcock,
«Vida de
luces y
sombras», en
la que el
escritor
Patrick
McGilligan
escarba en
sus aspectos
indiscretos.
McGilligan es un biógrafo contumaz: ha escrito interesantes libros sobre George Cukor, Fritz Lang, James Cagney, Jack Nicholson o Clint Eastwood. La biografía de este último, «Clint: la vida y la leyenda», le supuso una demanda por parte del actor y director por develar zonas oscuras de su existencia.
McGilligan suele hablar de tres y hasta cuatro «hitchcocks», como si formaran una unidad. No es que todos fueran la misma persona, sino que Hitchcock, muy probablemente, no habría alcanzado sus cimas de popularidad y creación artística sin el concurso de otras personas, siempre próximas y leales. Tan próximas como, por ejemplo, su esposa y colaboradora, Alma Reville, con quien se casó el 2 de diciembre de 1926.
Hitchcock contaba sólo 26 años cuando su película muda titulada «The lodger», («El inquilino», 1927) lo convirtió en el joven prodigio del cine británico y en pieza codiciada de productores norteamericanos de primera línea, como Samuel Goldwyn, Walter Wanger y David O. Selznick, quien acabó llevándoselo.
Selznick estaba demasiado enfrascado en la posproducción de «Lo que el viento se llevó» (le pasó una bobina del film a Hitchcock y éste emitió un concienzudo y devastador informe sobre lo que había visto), así que dejó cierto margen de libertad a Hitchcock en la filmación de «Rebecca», su triunfal debut en el cine norteamericano.
En realidad, el primer proyecto hollywoodense del director británico debía ser «Titanic», y Hitchcock trabajó algún tiempo en su desarrollo. Como los censores eliminaron del guión de «Rebecca» cualquier sugerencia -como ocurría en la novela de Daphne du Maurier- sobre algún posible vínculo sentimental entre la señora Danvers y la primera señora De Winter, Hitchcock coló planos como el de Judith Anderson (Danvers) acariciando la lencería de Rebecca.
Aunque fiel a su restringido círculo de amigos y colaboradores, Hitchcock era temido por sus terribles bromas. Mc-Gilligan enumera muchas en su biografía. Porque «las bromas también eran una manera de estar por encima de los demás». Según su ayudante Michael Powell, luego ilustre cineasta («Peeping Tom») sería uno de sus títulos míticos, el día que acudió como fotógrafo al set y vio a Hitchcock, su impresión fue que «era el joven más gordo que había visto» (...) «Me miró de reojo, con esa mirada de cerdito hundida sobre sus regordetas mejillas. A Hitchcock se le escapaban pocas cosas con esa mirada de cerdito». Además, «le encantaba decir obscenidades. Era una forma de compensar un físico obeso y torpe».
Según McGilligan, a Hitchcock «le gustaba decir que sólo había practicado el sexo una vez, para concebir a Pat (su hija), y que la mecánica de éste le resultaba desagradable. ´¡Estaba tan gordo que tuve que concebir a mi hija con una carga de tinta!´: ésta era una broma que le encantaba hacer, incluso en presencia de su esposa Alma». Aludiendo a periodos anteriores, McGilligan dice que Hitchcock, «a los 23 años, aún seguía siendo virgen. Desconocía la mecánica del sexo». De hecho, el cineasta confesaría que (por entonces) «nunca había estado con una mujer y no tenía la más mínima idea de lo que debía hacer una mujer para tener un hijo».




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